(Artículo) El gesto. Libertad y limitaciones



En la novela que estuve escribiendo el pasado diciembre, las conversaciones eran pobres y los gestos, repetitivos. Hay una escena en concreto en la cual el protagonista camina por la calle. Es invierno. Decide subirse la cremallera del abrigo, y, en cuando lo hace, se oye el chasquido del metal al deslizarse hasta su cuello. Después se sacude las solapas. Podría parecer algo completamente banal, ¿verdad? Yo mismo lo pensaría si lo leyera, y no dejaría de tener razón, ya que no habrían pistas que me llevasen a pensar algo distinto. La cosa es que, al escribir sobre esa acción, pretendía que el lector se imaginase el chasquido de la cremallera como un chasquido que, en realidad, hace el protagonista. Da un aullido, uno de agudo, en otras palabras. Se protege con el abrigo de todo eso que lo rodea y, sacudiéndose las solapas, se defiende de lo que lo amenaza. Bien. Si al final, cuando publique la novela, mantengo esa escena, no creo que vaya a entenderse. A menos que antes se haya leído este artículo, claro. Pero no por ese motivo el doble sentido deja de estar ahí; algunos lectores lo leerán y, quizás, más por azar que por otra opción, descubrirán el verdadero significado de ese chasquido y esa sacudida.
No es fácil ser sutil. Las narraciones que no esconden nada, si se puede decir que existan narraciones de ese tipo, se mastican rápido, ¿y qué busca todo el mundo? Hacerlo todo rápido y con prisas, para pasar a otra tarea en dos minutos. Dicen que es por falta de tiempo, pero lo que realmente quieren decir es que no leen esos textos más sutiles por creer que son pérdidas de tiempo.
Entre la posibilidad de ser entendido y la de no serlo, prefiero no serlo y que yo mismo me comprenda a ser entendido por todos y que yo me haya perdido. Suena egoísta, pero no hay mucho más que eso. No veo mis narraciones como si fueran mis hijos. Un hijo acaba consiguiendo su plena independencia, mientras que una narración siempre será el retrato de la mente del autor en un momento concreto, en un sitio concreto, en una posición concreta.
Y si ahora dijera que todas las veces que describo gestos en mi novela estoy pensando en una lectura entre líneas, mentiría. Porque no es así, y porque no creo que todo deba tener más de un significado. Sería abrumador que un autor dijese que todo lo que ha escrito se puede leer entre líneas. De oírlo en boca de alguno de los escritores a los que leo, me sentiría culpable por no haberlos entendido completamente.
En muchas ocasiones, los gestos que describo son lo más cotidiano y a la vez indispensable. Si no los escribiera, la trama no se vería afectada directamente, pero todo cambiaría. Porque no solo se trata de captar eso esencial, sino de encontrar en lo espontáneo e instintivo de los personajes la esencia de toda historia. Hasta hay descripciones de gestos que da la sensación de que vaya repitiendo sin cambiar una sola letra. Y es porque la repetición del gesto es tan importante como el propio gesto descrito por primera vez. Es la reafirmación, el guiño que hace el autor para que el lector se dé cuenta de que allí hay algo más. Que cuando un personaje se lleva las manos a los bolsillos constantemente no es porque sí; esconde algo en esa prenda, entre pliegue y pliegue.
Escribir pensando sobre todo en los gestos es una operación de riesgo. Puede resultar falso, poco humano. Y qué tontería, creer en eso. Como si nos pasásemos día y noche hablando; nada más lejos de la realidad. Si en algún momento tengo la sensación de que mi narración está quedando poco natural por culpa de los gestos, todavía los fuerzo más. Ya no solo me imagino mentalmente los personajes. Paso a imaginármelos como actores de teatro interpretando a esos personajes. A lo que tienen que hacer se le suma la consciencia de estar haciéndolo, y, al escribir sobre ello, el resultado es de lo más raro. Nadie se identificaría con esos personajes; ah, y quizás era eso lo que intentaba conseguir. Los gestos se vuelven más evidentes, y esa es la línea que seguir para que el lector se dé cuenta del papel que juegan, de su importancia.
Tengo la impresión de que es en el teatro donde al gesto se le ha reconocido un mayor protagonismo. Haya texto o no, el gesto se convierte en un elemento indispensable. Se ha de exagerar para que hasta el público de las últimas filas sepa qué está ocurriendo. Me vienen a la cabeza obras habladas que, si se les sacara el texto, seguirían siendo tan excelentes como lo son con él. Debe ser por la magia de los focos, del telón, de ver cómo la piel de los actores, en vivo, se tuerce y arruga. Son pocas las obras de teatro que hacen realidad esa idea del gesto como sustituto de las palabras. Meses atrás, pude disfrutar de una, André y Dorine, llevada a los escenarios por la compañía Kulunka Teatro. A la dificultad de actuar sin decir palabra alguna se le sumaba la de llevar máscaras puestas. El resultado, bastante bueno. Y lo que más me interesa destacar sobre esta es que, en realidad, no había la necesidad de hacerla sin diálogos. Los protagonistas podrían hablar perfectamente; en ningún momento se plantea un problema de mudez. Lo que me lleva a preguntar: ¿Y qué si los protagonistas no son mudos, acaso todo se tiene que justificar? Ni el arte es la acción reprensible que un niño hace y de la que no sabe cómo excusarse, ni es una hipótesis científica para la que se busquen mil argumentaciones. Muchas veces las cosas son lo que son, sin más, y con más razón en el trabajo creativo. Si André y Dorine quieren estar callados a lo largo de toda la obra, ¿quién leches soy yo para decirles que el mundo no funciona así? Se entra en el campo del artista, quien se puede tomar tantas licencias como le apetezca. La mayoría de obras maestras tienen detalles que ni su autor podría explicar; son casi tan imprescindibles como los detalles que obligan a los personajes a tomar decisiones.
Y también cabe decir que hay personas que viven en el silencio. Sin exagerarlo lo más mínimo. Nada que reprocharles, en realidad. Los franceses comen callados, y, a medida que se va bajando hacia el sur, el volumen de las comidas se mueve in crescendo. Personalmente, prefiero a esos que cierran la boca y mastican en silencio. Nos queda toda la sobremesa para decir bobadas.
No tengo ninguna duda de que el gesto es mucho más reducido que el diálogo. Mientras en el segundo es posible todo aquello que pueda entenderse de la voz de una persona, el primero consiste en un abanico de expresiones que apenas utilizamos en nuestro día a día. Porque, normalmente, no tenemos ocasión de hablar sobre nuestras propias acciones.
Pero esa es una limitación a la que se puede dar la vuelta, sí. Visto de otra forma, el gesto da la posibilidad de dar cientos de interpretaciones. Desde las que aporta el mismo escritor hasta aquellas que surgen de los lectores. Se trata de una libertad interpretativa sin precedentes. Lo más cerca que se puede estar con el diálogo de esta libertad quizás sea con la dilogía. Por lo demás, el gesto sigue siendo el que nos hace sentir como extraños ante un misterio.

1 comentario:

  1. Yo entendí tus intenciones con el chasquido. Que lo expliques en este articulo me hizo sentir que tengo visión.

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