(Microcuento) Tres escritores desencadenados




Escritor 1 se levantó de su silla y se acercó a una de las ventanas. Desde esa sala de la biblioteca se veía el jardín del Ateneu, en la oscuridad del atardecer de invierno, solo desmejorada por unas farolas que, más que iluminar, sugerían una luz. Miraba las parterres con los labios apretados y las manos en los bolsillos. Parecía que quisiera averiguar algo que solo se podía descubrir desde las alturas, desde el plano cenital que conseguía en ese piso. Se llevaba una mano a la cara y, desde la barbilla hacia las mejillas, se la frotaba. Se rascaba como si los pelos de su barba estuvieran escritos en un braille que su propia piel se había inventado. No había reflexión en cómo miraba el jardín; quizás curiosidad, sí, pero no reflexión. No se fijaba en nada, sus ojos viajaban de la izquierda a la derecha y de arriba abajo.
Se giró hacia los pupitres de la biblioteca. A un lado del suyo, Escritor 2 leía un diario. No sabía dónde colocar las manos, y eso le ponía nervioso de veras. Cruzaba los brazos, los descruzaba, se ponía las manos en las rodillas, las sacaba de allí, se las llevaba al cuello, las bajaba. Se apartó un poco del respaldo de la silla y las dejó abiertas encima de la mesa, con las palmas hacia abajo. Las tenía arrugadas, con unos rasguños rojos. Esos días, el viento las había estado pelando. Su solución habría sido cubrírselas, pero no era un tío de guantes. Los guantes eran para esnobs junior, y él jugaba en otra liga, la de los esnobs séniors.
Al otro lado del pupitre de Escritor 1 estaba Escritor 3. Había ocupado toda su mesa con montones de libros. Gruesos, delgados, de bolsillo, de tapa dura. Lo único que les unía era que todos trataban sobre el colonialismo europeo, su gran obsesión.
—¿Qué decías?—preguntó Escritor 1, volviéndose a sentar.
—Nada, ¿qué quieres que diga?
Escritor 2 asentía mientras decía eso. Debía ser un gesto involuntario. Después de setenta años asintiendo allí donde iba, ya no podía evitarlo. Caminaba asintiendo, se movía asintiendo. Las veces en que se daba cuenta de que lo estaba haciendo e intentaba ponerle remedio, solo lo conseguía inclinando su cuello hasta el punto en que los huesos de su nuca se marcaban.

Cuatro asientos más allá de donde estaban sentados los escritores, una mujer acababa de llegar. Respiraba con rapidez, como si hubiera llegado hasta allí con prisas. Se sacó su gabán y lo dejó en uno de los apoyos de la silla. Se sentó y puso su bolso negro sobre la mesa. Empezó a hurgar dentro de él. Su desesperación se olía en el perfume que llevaba, con el que había apestado toda la biblioteca. Al fin, encontró lo que buscaba. Sus hombros se destensaron, y toda ella, aliviada, respiró hondo. Lo sacó. En dos frascos de cristal, tenía los cuerpecitos de unas mariposas. Sus alas, grandes y llamativas, se torcían por la forma tan estrecha de los frascos. Las sacó de los frascos con una pinza y las dejó sobre la madera de la mesa. Después, dejó los frascos en el bolso y lo dejó en el suelo.
Con el cuidado de un joyero, cogió la ala derecha de una de las dos mariposas. Cogió la ala izquierda de la otra. Cuando las hubo juntado, apretó con los dedos. Los tamaños de las alas coincidían a la perfección. Parecía que fuesen dos mariposas siamesas, unidas por una ala. Hizo tanta fuerza que una de las alas empezó a romperse. Entonces paró. Las mariposas cayeron sobre la mesa. Los colores granate y verde que tenía la ala de una de las mariposas había dejado su rastro en el azul y amarillo de la otra, de manera que los colores y formas se cruzaban entre ellas. La mujer sonreía, casi pataleaba de la ilusión que le hacía haber conseguido ese resultado.

Volviendo a los escritores, estos llevaban un buen rato observando a un tipo que, unas mesas más allá de las suyas, se dedicaba a hacer cálculos en una libreta. Trabajaba con un lápiz de mina muy blanda. Sus números eran alargados; los escribía en cadenas que solo se interrumpían cuando tenía que añadir algún símbolo de más.
Tenía la apariencia de un hombre de cincuenta años, pero sus labios, tan carnosos como rojos, solo podían ser de alguien más joven. Cuarenta y pico.
—¿No tendríamos que decirle algo?—susurró Escritor 1. Su rostro había cambiado de la indiferencia con la que observaba el jardín al cabreo.
—¿Como qué?
—No sé, darle una advertencia, un toque. Que sepa que aquí no puede hacerse eso.
Los otros dos escritores se quedaron pensando en lo que acababa de decir. No dejaban de mirar a ese extraño matemático. Escribía números sin parar. Se decía para sí algunas de las operaciones que estaba haciendo, y, para contar las más simples, se ayudaba con los dedos de las manos.
—Venga, vayamos.—resolvió Escritor 1. Los tres se levantaron de golpe y fueron hacia la mesa en la que estaba el hombre. Le dijo: —Disculpa, joven, no puedes hacer eso aquí.
—No entiendo a qué se refiere, señor.—contestó. La respuesta fue tan automática que parecía que se estuviera burlando de él.
—Cualquier cosa relacionada con las matemáticas no está permitida en esta biblioteca. Si quieres seguir mezclando todos esos números y líneas tendrás que salir de aquí.
Rió, pensando que debía ser una broma. Bajó la cabeza y siguió escribiendo. Escritor 1 continuó hablando:
—Bien. Si no piensas detenerte, te pido que te marches. Estás a tiempo de hacerlo por tu propia voluntad.
—Váyase a comer mierda, señor. Se lo digo con todo mi respeto.
Nuestro trío de escritores rodearon al matemático y le obligaron a levantarse.
Es una pena que las ventanas de la biblioteca sean tan fáciles de abrir. Si no, se habría podido evitar que ese pobre hombre cayera por una de ellas. No hubo rastros de sangre. La zona en la que había caído quedaba escondida por una de las palmeras del jardín.


'STILL LIFE WITH A FIGURE', DE BALTHUS.

1 comentario:

  1. Eso es la mafia de los escritores, odio entre letras y números aunque al final no dejan de ser símbolos, no se por que el 8 es así o la n si en un principio se hubieran escrito intercambiados pues 18 sería 1n y nuevo 8uevo y así sucesivamente jaja habría 8 mayúscula ja (@sergisegin)

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