(Microcuento) El piano y su músico



Aunque todas las ventanas estaban cerradas, la luz de las once de la mañana entraba por sus cristales. Daba la sensación de que lo que había en ese interior no era una sala de paredes y suelo blanco, sino un campo devastado por la cal.
En el centro, un piano negro, encajado en la moqueta. Lo habían colocado con tanta brutalidad que una de las patas se había hundido unos centímetros. La cubierta, que era la parte más brillante de todo el instrumento, temblaba. Ser observada por el lector le ponía los nervios de punta, pero eso era algo imperceptible para nosotros. Si nos hubiésemos fijado, también habríamos notado un ligero temblor en cada una de las patas, que sufrían al soportar todo el peso del piano. Eran los verdaderos Atlas de la música, los que cargaban con el trabajo duro y no recibían ningún reconocimiento a cambio. ¿Quién se fija en las patas de un piano? ¿Quién les dice nada? Cuando una de ellas baila, se coloca un trozo de papel debajo suyo y vuelve a olvidarse. Algún día, hartas, se irán por donde han venido, y todos los pianos del mundo caerán al suelo, y no habrá quien los toque desde ahí, no habrá dónde poner los pies al tocar su teclado.
Un músico, sentado delante del piano. Una de sus piernas estaba enderezada, y la otra la dejaba colgar por debajo de la silla. Había un librito abierto en el atril del piano. Con una mano, iba pasando sus páginas, llenas de líneas horizontales, puntos negros y notas en los márgenes.
Suspiraba. Dejaba quieto el pie que tenía debajo de la silla, y, a continuación, volvía a moverlo. En un vaivén, empujando, primero, la punta de su zapato hacia delante, y, después, empujando su talón hacia atrás. Volvía a suspirar; cerrando los ojos, ponía sus manos sobre el teclado del piano y las dejaba caer. Cada uno de sus dedos se hundió en el teclado, pero no se oyó nada. Dio un puñetazo al atril. Al momento se rompió, se partió en cuatro trozos de madera, que cayeron al suelo. El libro también lo hizo, abierto por la mitad.
Puso el pie izquierdo sobre uno de los pedales y lo pisó. Volvió a poner el pie sobre uno de los pedales, ahora el segundo. Y lo pisó. Hizo lo mismo con el tercero. Intentó, una vez más, tocar el teclado, pero seguía sin oírse ni una sola nota. Algo le había abandonado. En el aire se notaba la ausencia de ese ritmo que siempre le había acompañado, eso que lo había llevado a componer las piezas más bonitas, las más aplaudidas y las más aburridas.
Levantó la cabeza y murmuró algo. Cada pelo de su bigote descendía hasta su labio inferior, cuando decía esas cosas. Tal vez no estaba hablando, tal vez solo era que, cuando los pelos de su bigote pinchaban la carne del labio, automáticamente los separaba, pero no podía evitar volver a juntarlos. Esos pinchazos habían dejado unas manchas moradas en el tejido del labio. Pasó su lengua por encima de ellas y, con la saliva, desaparecieron.
Su mentón, fino y blando, se endureció. Se cruzó de brazos y piernas. Ya no había un muro que separaba al músico de su piano; el músico y el piano, sin poderse comprender, se habían convertido en muros, el uno para el otro. Y, por el espacio que quedaba entre los dos, la calma de esa mañana se escurría.  

4 comentarios:

  1. Es hermoso y me gustó. Pero sigo sin entender: por que el pupitre del piano es separado del mismo?Es decir, es una pieza del piano.

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    1. ¿Quieres decir a lo que llamo 'cubierta'? Con eso me refería al caparazón que cubre la parte escondida del piano, en el que hay las cuerdas y todo eso.

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  2. Xavi me encantas, sigue creando tu vales mucho, sergisergin

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    1. Muchas gracias, Sergisergin. Se me hace muy agradable recibir tus comentarios.

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