(Microcuento) Deber y más deber



Roman, vestido con su abrigo negro y una bufanda de mosaicos otoñales, caminaba con rapidez. Paseaba su mirada por los edificios que había a su alrededor y todos le parecían falsos. El mundo entero le parecía de juguete, como si los bloques de pisos fuesen de cartón y las personas, muñecas articuladas. No había nada de vida en lo que le rodeaba. Ni siquiera en esos árboles plataneros que, plantados en filas a banda y banda de la calzada, dejaban caer sus hojas.
Su manera de andar tenía algo desasosegado. Cerraba las manos y forzaba sus puños.
Una capa de polvo cubría todo su abrigo por la parte de detrás y, a cada paso que daba, unos granos blancos caían de la ropa al suelo. Al igual que su cabello, canoso y alborotado, que dejaba caer algunos pelos como si fuesen los pétalos de un cerezo. Su melena, en flor, seguía la misma dirección; todas las olas iban hacia atrás, reuniéndose en un moño bajo. En sus cejas, en cambio, no solo había blanco, sino que quedaba algún rastro negro de su juventud.
Llegó a la terraza de una cafetería. Una decena de mesas quedaban repartidas a lo largo de una avenida. Los sillones que las acompañaban, con cojines en sus respaldos, se esparcían por el espacio.
Buscó a alguien, antes de sentarse. Alzaba una ceja y entreabría los labios, un gesto de extrañeza que se veía muy forzado. Todo era teatral en él. Teatral y exagerado.
Levantó una mano. Sonrió. Iba a decir el nombre de la persona que acababa de ver, pero tan solo movió los labios. Se acercó a una mesa a la que se había sentado una mujer. Esta también llevaba su cabello recogido en un moño, algo por encima de la nuca. Su vestido escondía hasta el último centímetro de su piel, y su pose, muy recta y educada, daba pistas sobre qué clase de persona era.
—¿Me estabas esperando, Anna?—preguntó Roman.
—Habíamos quedado, ¿no es así?
Se quedó meditativo un segundo. Y dijo:
—Ah, yo solo estaba de paso. Pero, bueno, si es lo que quieres, me quedo un rato.
Un camarero fue hacia la mesa a la que se habían sentado. Tenía que caminar con mucho cuidado. Los sillones y mesas estaban tan juntas entre ellas que no se podía dar un paso al frente, tenía que ir en zigzag y de puntillas.
—Buenos días, señor. ¿Qué desea?
—Son las doce del mediodía, ¿verdad? Venga, tráigame el quinto café del día.
Anna iba a intervenir, pero se tapó la boca con un dedo. Roman se dio cuenta de ello, así que esperó a que el camarero se hubiera ido, y dijo:
—No quiero ni pensar en qué ibas a decir.
—En todo este tiempo, no has cambiado ni una pizca. Seguramente nunca me olvidaré de ti, no podría olvidarme de estas mentiras de poca importancia que cuentas a todo el mundo. En otra persona lo vería como una imbecilidad.
'Imbecilidad'. Roman se molestó.
—Podrías haber evitado esa palabra, Anna. No hay nada que sea imprescindible, pero, dentro de todo lo que es prescindible, las palabras subidas de tono son de lo que más.
—Cuando María Moliner murió, Gabriel García Márquez escribió un artículo en el que le rendía homenaje. La única cosa que le reprochó fue que, en el diccionario que escribió, las palabras subidas de tono, las 'malas palabras', los tacos, no tuvieran cabida. Y es que todas esas palabras son las que, aunque en ocasiones se escondan, hacen que el lenguaje sea explosivo e irregular. Esas palabras son las que hacen las curvas, las subidas y bajadas, de los discursos.
Roman, que había puesto sus manos sobre la mesa, se las quedó mirando.
—Debería haber pedido una Coca-cola, en realidad no me apetece tomar café ahora.
Algo ofendida por la indiferencia con que Roman había respondido a su comentario, Anna le preguntó por qué había querido que se encontrasen.
—Me he metido en un lío bastante gordo, no me andaré con rodeos al contártelo. Desde hace unas semanas, cada mañana, bajo a la estación de tren y me dedico a robar las maletas a los pasajeros despistados. El otro día, sin embargo, me llevé una maleta que no debería ni haber tocado.—Se tomó unos segundos. Respiró hondo. Cada vez que recordaba su error, la cabeza se le nublaba. Y continuó hablando.—En su interior había el manuscrito de una novela. Una obra bastante corta, no más de cien páginas. Inacabada. Los borradores y esbozos estaban dentro de un sobre, a parte. Y también había una caja con unos billetes de cincuenta, pero eso no importa. Lo que me preocupa es que, ahora que esa maleta es mía, me veo en el deber de seguir escribiendo la novela que encontré en ella. Ya sabes que siempre he tenido una sensibilidad artística muy especial, pero nunca creí que pudiera llegar a este extremo. He empezado a pensar que, si abandono la novela de nuevo, quizás no vuelva a ser quien soy. Alguna cosa se clavó en mí cuando cogí esa maleta y cargué con el peso de esa historia. No sé cómo librarme de ello, y por eso necesito que me des algún consejo.
Anna no sabía qué decir. Carraspeó un par de veces y se desabrochó un botón de su vestido. Mientras Roman le contaba qué le había pasado, 2043, de Alain Bashung, había empezado a sonar en la radio que tenían encendida dentro de la cafetería. Desde ese momento, Anna ya no lo había escuchado más.

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