(Microcuento) Puerto de Kélibia



Con la mano derecha sujetaba el cuaderno sobre su pierna. Con la izquierda, escribía en este. Cogía el lápiz por la punta de arriba, por lo que sus letras quedaban alargadas y, a veces, ilegibles.
Hacía que cada letra coincidiese con una celda de la cuadrícula. Entre frase y frase, levantaba la mina del lápiz y se la llevaba a la boca. Tenía la parte inferior de los labios cubierta por una capa de gris, que se mezclaba con su rosado. Con las piernas cruzadas, vestía de negro de arriba abajo. Sus zapatos de ante, dos anillos en sus dedos: uno de su primera comunión y una alianza. Ah, sí, y una cruz dorada en el cuello. Todos estos adornos colgaban de su piel, la de un hombre de sesenta años que, por no haber dejado de fumar en toda su vida, ahora tenía un tono entre bronceado y cenizo. Además de una voz más cercana a la de Serge Gainsbourg que a la de Brigitte Bardot.
En su cuaderno se leía:
«Marc, he tenido que irme a Túnez por unos días. Uno de los capataces de la plantación me avisó ayer por la mañana de que había sucedido un problema, y, entre lo que he tardado en sacar los billetes de viaje y preparar mi maleta, no he tenido tiempo de contactarte. Espero que esto no te haga enfadar. En cuando vuelva a Cadaqués nos veremos, y nos abrazaremos mientras nuestros amigos nos miren, y nos besaremos en nuestra intimidad. Te mando un beso desde el puerto de Kélibia. Hace un par de minutos que el barco ha atracado.»
Firmó en uno de los márgenes y arrancó la hoja del cuaderno. Alzó la mano, como avisando a alguien, y una mujer mucho más joven que él se acercó.
—Toma, pon esto en un sobre y envíalo a la dirección de Marc.
Ella sonrió, con algo de maldad.
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia, preciosa?—le preguntó.
—Cada vez tienes menos discreción, Màrius. Solo eso. El día en que tu exmujer se entere de que estás saliendo con un chico de veinte años se sentirá más que traicionada.
Màrius besó la alianza que llevaba puesta, con insolencia. Lo hizo con tanta naturalidad y humor que no hubo duda de qué quería decir: le importaba una mierda con quien había estado casado, y hasta se podría alargar el significado de ese gesto, y pensar que le importaba una mierda todo el mundo. Si no hablaba de su gran amor a sus colegas no era por pudor, sino porque siempre había preferido insinuar a decir las cosas tal y como eran.
Se levantó de la silla de mimbre y cruzó toda la cubierta del barco. Ya no quedaban casi nadie en él. Los últimos viajeros estaban descargando sus equipajes en las escaleras de entrada y salida.
Corría un viento terrible, que hacía la vida imposible a todo el que llevara un peinado largo y que levantaba faldas sin ningún reparo.
Màrius fue hasta la proa del barco y puso las manos sobre la barandilla. Miró hacia abajo y se encontró con las aguas moradas, espumosas del Mediterráneo. Cerró los ojos y se imaginó a él mismo tirándose al agua desde esa altura, en ese mismo momento. Aspiró aire. Se vio chocando contra las olas, rompiéndose en mil pedazos de carne, como quien cae en un pozo lleno de pedruscos.
Giró la cabeza y se encontró con un niño que le observaba divertido. No debía ser un viajero, iba vestido con prendas sucias. El hombre que tenía al lado le acarició los cabellos y le dijo:
—Voy a descargar unos paquetes. Espérame aquí, y en poco nos vamos a casa, ¿de acuerdo?
Seguramente era uno de los trabajadores del barco, y el niño su hijo.
Màrius no pudo evitar mirarlo. Sus ojos, del mismo negro que los puntos suspensivos, y la esponjosidad de sus cabellos, también negros, tenían algo que le parecía irresistible. En su mirada, esa curiosidad de los que aún no han llegado a la adolescencia.
Aunque, al principio, a Màrius no le había llamado la atención, cada segundo que pasaba observándolo hacía que su interés creciese. Deseaba saber más sobre él, oír su voz y conocer el cuerpo que se escondía debajo de esos harapos que llevaba por camisa.
Hacía tiempo que no sentía una necesidad tan grande de poseer algo. Sí, desde el día en que había entrado en una librería y había sentido que no podía salir de ella sin haberse comprado antes Cartas a un joven poeta. Creía que comprando libros que se solían leer cuando se es joven recuperaría todos esos años que había entre su edad de entonces y su adolescencia.
Cuando el padre del niño hubo desaparecido, Màrius empezó a acercarse. El chico ya no lo estaba mirando; se entretenía mordiéndose las uñas. Por cada paso que Màrius daba, la piel del niño se volvía más y más oscura. Sus huesos se marcaban más y el negro de sus ojos se volvía más rabioso.
Cuando estuvo justo delante del chico, carraspeó. Este levantó la cabeza y le hizo una mueca de asco. A Màrius no le sorprendió: su barriga prominente, el bastón de hierro con el que andaba, cada arruga de su cara... Todo eso, y más, debían haber asustado al muchacho. Sabía que no era atractivo, pero tampoco buscaba gustar a nadie. Tan solo quería añadir ese cuerpecito que acababa de descubrir a sus vitrinas de coleccionista. Al lado de una pieza de Lladró o entre dos muñecas de porcelana. Estaba decidido a que, en cuando el padre de ese niño volviera, intentaría negociar un precio por él. Daría lo que fuera por tenerlo entre sus brazos.
El niño se alejó de Màrius, pero este siguió insistiendo. Como un primer imán que persigue a un segundo. El niño acabó hartándose, y trató de irse. Sin embargo, eso no estaba en los planes de Màrius. Lo cogió por un brazo y, sacándose su abrigo negro, lo envolvió en él. El niño no opuso resistencia.
El viento dejó de soplar. El barco ya no se mecía. Màrius se acostó en el suelo, abrazando su propio abrigo, debajo del que un bulto lloraba. 


ANDRÉ GIDE AT JERSEY, DE THEO VAN RYSSELBERGHE

1 comentario:

  1. ¿Por qué no resulta repulsivo este pederasta? Tiene un aire bufonesco que deja de lado lo sórdido o lo macabro. La acción también es sutil. Mi enhorabuena.

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