(Microcuento) La piel en la mesa



En una sala inmensa, que en lugar de paredes tenía estanterías de libros gruesos y mesas esparcidas por todo su centro. En una sala de luces blancas y ventanas abiertas, por las que entraba una luz secundaria, ensombrecida por el gris del cielo. Las sillas de quienes iban a leer y estudiar a esa biblioteca chocaban entre ellas; unas de espaldas a otras, otras puestas en estricto orden delante de las mesas. No había movimiento, tan solo silencio de campo. Un finísimo ruido se oía de fondo: la cafetería que, al lado de la biblioteca, daba albergue a aburridos y cotillas. Un muro de piedra separaba un edificio del otro, y, aún así, el silencio de la biblioteca se metía en la cafetería, e incomodaba a sus clientes, y los murmullos de la cafetería entraban en la biblioteca, molestando a sus ratas.
Había una mesa empotrada contra una de las esquinas de la sala. Sentado en la silla que la rodeaba, un chico leía a Josep Pla. Tenía El cuaderno gris entre las manos. Lo sujetaba con miedo y admiración. Algo dormido, hojeaba sus páginas, pasándolas de dos en dos.
Una anciana entró en la biblioteca y se dirigió al apartado de filosofía. Decidida, arrancó un libro de una estantería y miró la contraportada. Sonrió, y, a continuación, buscó dónde sentarse; ese silencio tan pesado le cargaba sobre los hombros, hacía que una fuerza invisible la empujase contra el suelo. De vez en cuando, el silencio se interrumpía por algún comentario, y la mujer dejaba de notar esa presión.
Cogió una silla cualquiera y la acercó a la mesa a la que estaba sentado el chico. Se sentó y abrió su libro. Leyó la introducción con mucho cuidado, resiguiendo cada línea con sus uñas. Cuando la hubo terminado, levantó la cabeza y se topó con la mirada curiosa de su compañero de mesa. Puso la espalda recta, apretó los labios. Intentó adivinar qué debía estar pensando el chico y, cuando se dio por vencida, le habló:
—Es maravilloso que un joven me sepa mirar de esa forma. Me recuerdas a un idiota que se enamoró de mí cuando tenía tu edad. Su manera de espiarme, y de creerse que no me daba cuenta, era tan inocente como tú lo debes ser.
El joven no supo qué responder. Bajó la mirada hacia su libro y, como que, por más que le gustase, no le apetecía dedicarle más tiempo al autor catalán, se forzó a decir algo:
—No podía evitar mirarla. Reconozco a las personas solitarias desde lejos. Es una de mis pocas virtudes, vaya. Siempre me intereso por ellas, tengo cierta curiosidad en saber cómo viven ellas su soledad, y me gustar contar cómo vivo yo la mía.
Nuestra mujer le rió el comentario. Cerró su libro de filosofía y dejó las manos sobre la mesa. Tenía la piel seca, muy pecosa, demasiado pecosa. La piel de sus manos estaba cubierta de manchas marrones y negras que la salpicaban hasta los brazos. A partir de allí, se difuminaban.
El chico miró esos brazos con algo de calentón adolescente. Se imaginaba que, en su pecho, las manchas desaparecían, y que, en el vientre, ya no quedaba ninguna, solo el moreno del cuero viejo.
—¿Y cómo reconoces a un solitario?—le preguntó la mujer.
—Oh, es muy fácil.—Cogió una hoja de papel y un lápiz. Dibujó unas caderas. Luego, unas piernas de trazo nervioso.—Fíjate, todas las personas solitarias tienen una forma parecida de caminar. Lo hacen temblando, aunque a veces ni se les note. Tiemblan porque saben lo indefensas que son delante de las manadas. Dos personas suman más que una, y, por lo tanto, la vencen. Todo solitario sabe lo débil que es frente a otro, porque todo otro siempre está acompañado, y él, no.
—¿Tú crees? No sé qué pensar, la verdad.—Se llevó las manos al cabello y se deshizo el moño. Una melena gris cayó sobre su cuello. Calló diez segundos.—A mis sesenta años, he visto señores y señoras que, estando más solos que la una, ganaban todas sus guerras. Muchas veces la soledad va ligada con la ambición y el poder, ¿sabías? La calidez de las relaciones no pega con los que solo buscan el éxito. Ya te darás cuenta más adelante... o tal vez no. Sea como sea, se me hace difícil pensar en personas solitarias que no hayan aprendido a ser fuertes.
El chico, que se veía bastante decepcionado, contestó:
—Ah, en algo te tenías que equivocar. Te lo perdono, aunque no quieras que lo haga. ¿Qué te parece si salimos de aquí? Dejemos tiempo al escritor de este microcuento para suprima lo que ha escrito en boca tuya y lo sustituya por... no sé, alguna idea más ingeniosa. Los lectores no se merecen esa mierda.
Desde que había empezado a hablar, la mujer se había concentrado en el movimiento de su lengua. Una ola de carne que, ahogada por la saliva, se zarandeaba de arriba abajo. Cuando lo vio levantarse, supuso que quería que fuera con él, así que también se levantó. Salieron de allí. Los mocasines del chico, de suela de goma, hacían que el suelo gritase por cada paso que daba. Los de ella, que tenían una suela de madera, lo golpeaban como cajas chinas. 

2 comentarios:

  1. Excelente de principio a fin. El ruido de los zapatos al salir... increíble final.

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    1. Me alegro de que te haya gustado, Dafne. Muchas gracias y un saludo.

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