(Microcuento) La humildad despertándose (Continuación de Y mis manos, que señalan hacia allí)



Mi ser humano perfecto se sentó sobre una de mis piernas. Yo me había inclinado hacia atrás. El respaldo de la silla era de cuero, relleno de plumas o tal vez espuma. Relajé los hombros y pasé una de mis manos por su trasero, con tal de que no se cayera hacia atrás. Como que, en realidad, no algo físico, no hice un gran esfuerzo. Tan solo abrí la mano e hice como si estuviera agarrando alguna cosa.
Decidí ponerle un nombre. Salvador siempre me había parecido precioso, así que llamé así.
Mientras estaba ocupado acomodando mi pierna para Salvador, una madre y su hija entraron en la cafetería. Fueron hacia la punta de la sala opuesta a la que yo me encontraba. La madre recogió con fastidio las migajas que había encima de la mesa y las dos se sentaron. La niña, que cargaba con una pesada mochila, la dejó caer. Los libros que llevaba dentro golpearon la tarima. El resto de clientes la miraron de reojo, algo mosqueados. No había amabilidad en ninguno de ellos. Por ese motivo me habían empezado a caer bien.
La madre avisó a uno de los camareros, que se acercó con un bloc de notas en mano. Dijeron lo que querían y el camarero se retiró. Me había fijado en que, en el momento en que el camarero había sonreído a la niña, ella le había respondido ruborizándose y bajando la mirada al suelo. No debía ser muy pequeña; unos ocho o nueve años le eché.
El camarero entró en la cocina de la cafetería y volvió a salir con una bandeja. Sobre ella, una botella de leche, un vaso vacío y un cruasán. Puso ese dulce delante de la madre y el vaso de cristal delante de la niña. Sacó un trozo de metal del bolsillo, con el que abriría la botella de leche de la niña. Cuando iba a hacerlo, la niña interpuso su mano.
Yo lo veía todo desde mi mesa, expectante a partir de ese momento. Salvador, acurrucado en mi brazo, había cerrado los ojos y dormía con la misma elegancia que un gato persa.
La niña ya no estaba solo un poco sonrojada. Toda ella hervía. Pestañeaba sin parar, parecía nerviosa, ¿pero nerviosa por qué? Un giro argumental en esa escena que yo observaba y no acababa de entender. La chiquilla balbuceó. Creo que el camarero estaba más confuso que yo. Y su madre todavía más.
«Cariño, aparta la mano, si no el camarero no te podrá servir tu vaso de leche» le dijo su madre. «Pero no puedo, mamá. No quiero que este hombre me sirva nada. No me debe nada. No es mi esclavo. No tiene por qué someterse a mí.» Abrí los ojos lo más que pude. ¿Esa niña acababa de usar el verbo 'someter'?
—¿Has visto eso?—le comenté a Salvador. Él abrió los ojos y los dirigió hacia la niña.
La niña siguió empeñada en que el camarero no le sirviera la botella de leche. A esas alturas ya no sabía si se trataba de una niñería o si lo decía en serio. Si esa humildad de santa era posible en una niña, ¿por qué no en mí? Yo, que llevaba tanto tiempo intentando reeducarme, dar un trato igual a todo el mundo y responder siempre con modestia. Sí, es verdad que, cuando se es escritor, cuesta más de lo normal contestar con modestia a las preguntas.
Fuera como fuese, me convencí a mí mismo de que aquella niña estaba repitiendo lo que debía haber visto en la tele, o que debía haber leído en algún cómic sobre héroes socialistas. No estaba dispuesto a creer que esa humildad tan radical pudiese estar en la naturaleza de alguien. Era demasiado injusto para quienes habíamos nacido siendo unos creídos.

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