(Relato) La admiración



Pere estaba sentado en uno de los lados de su cama. Pese a que era una cama matrimonial, hacía años que no la compartía con nadie. Sus sesenta años le pesaban sobre esas sábanas tan finas, sin arrugas ni manchas. Tan solo en la zona en que él estaba se hundían, formando miles de pliegos. Se apoyó las manos en las rodillas y se impulsó. Hizo unos movimientos raros con los brazos; crujieron. Fue hacia la entrada de su piso. En un perchero había sus abrigos cubiertos de polvo y algunos sombreros. Cogió una boina negra y se la puso. Se miró en un espejo colgado en la pared. No se gustó, y se sacó la boina. Repitió el poner y quitarse la boina unas tres veces más, hasta que se convenció de que ya era suficientemente viejo sin ella.
Cogió las llaves que estaban en el cerrojo de la puerta y las hizo girar hacia la izquierda. Se abrió y él salió del piso. Daba unos pasos muy lentos, se movía a cámara lenta. Se hacía aburrido mirarle por más de diez segundos. Tenía una elegancia de señorito muy molesta. Siempre andaba con la cabeza alzada, como si tuviera un problema en el cuello, y con los labios en una mueca de asco.
La gente caminaba bastante dormida. No había una sola persona que dijera nada, se hacía un extraño silencio al haber tanta gente paseando y nadie hablando. Ya hacía una hora que había amanecido, pero hasta que el sol no saliera de entre los rascacielos de la ciudad las farolas seguirían encendidas.
Iba frotándose las manos. Con la izquierda cogía, uno a uno, los dedos de la derecha, y se chasqueaba los nudillos. Sus uñas, de un amarillo viejo y feo, habían crecido tanto que ya se le hacía imposible tocar lo que fuera sin rasguñarlo. Se notaban los nervios que tenía: en la forma en que ponía los pies, en lo mucho que se le inflaban los pulmones al respirar, al pestañear...
Había quedado con Francisco, un colega de la universidad. Y cuando hablo de los tiempos en que Francisco y Pere iban a la universidad me refiero a cuarenta años atrás. Cuando ni ellos estaban tan machacados ni la ciudad tenía tanto color.
Llevaba unas gafas de sol de montura redonda, muy gruesa, negra. Entró en la cafetería. Hizo una panorámica de todo lo que veía a través de ellas. Empezó desde su izquierda. A través de unos cristales enormes entraba la luz de la mañana. Llegaba hasta al último rincón de la cafetería. Las mesas, de una madera barnizada, brillaban. Y las tazas de cafés, que se amontonaban en ellas, también.
Cada mesa tenía un menú pegado a un servilletero. En una de las mesas de la derecha, al final de la cafetería, una mano iba sacando una a una las servilletas del servilletero. Se tomaba su tiempo: cogía una, la arrugaba, la tiraba al suelo. Pere siguió con la mirada esa mano, que seguía por un brazo peludo y viejo. A la altura del codo, se arremangaba una camisa gris. Y por esa dirección se llegaba a una melena blanca. La llevaba por los hombros, era femenina y seria a la vez.
Tal y como había pensado, era su colega. Con la mano que tenía libre, Francesc se sujetaba la cabeza por la barbilla. Parecía fatigado. Con los ojos entrecerrados, la boca medio abierta. Un grano de café se le había quedado en el labio inferior. Lo tenía muy rojo y carnoso, cubierto por una saliva pegajosa.
Cuando vio a Pere, se pasó la lengua por los labios y sonrió. Él se encogió de hombros y, sacándose el abrigo, se acercó. Pasaba entre las mesas, haciendo un zig-zag. Hasta que no se hubo sentado y dejado el abrigo en el respaldo de la silla no abrió la boca. Francesc tampoco, le estaba divirtiendo esa actitud tan juvenil con la que venía su amigo.
—En fin, aquí me tienes.—dijo, al fin, Pere. Se pasó una mano por el cabello y echó un ojo a lo que había encima de la mesa. Tres cafés, uno delante suyo y dos delante de Francesc.
—Me he tomado la cortesía de pedir por ti. Si quieres algo más, avisa esa camarera, y de paso pídele su número de mi parte.
Pere no se había dado cuenta de lo envejecido que estaba Francesc hasta entonces. Comparó esa imagen con la del Francesc de veinte años. Estaba tan desesperado como entonces, pero algo había cambiado en él. Bueno, en realidad todo había cambiado. Para empezar, el tono había cambiado. Ya no buscaba sexo, tan solo bromeaba. Si lo hubiese dicho en serio, a Pere le habría parecido bastante patético.
Pere pasó un dedo por el anillo de la taza de café. La cubrió con toda su mano y se la llevó a los labios. Olió el humo que salía de ella y, a continuación, le echó un trago. Dijo:
—Qué bien que hayas venido. ¿Cuánto hace de la última vez que nos vimos? ¿Dos, tres años? Te confesaré que, desde que me llamaste para pedirme que quedáramos hoy, he estado bastante impaciente. Durante todo este tiempo he estado leyendo los artículos que publicabas en los diarios, y también ese libro de poemas cortos que publicaste a finales del año pasado.
—¿Y te gustaron?
—Brillantes, como todo lo que escribes. Los leí en un abrir y cerrar de ojos. Y la edición, en esa tapa dura tan cuidada y con ese papel satinado... Oh, nunca había disfrutado tanto tocando un libro.—Se puso el dedo índice debajo del mentón. Reflexionó un segundo. Continuó hablando.—Me imagino que debiste tardar muchos meses en escribir esos poemas. Se nota que están cocidos a fuego lento, con mucha perf...
—Bah, no creas. Decidí dejar de escribir novelas porque cada vez me daba más pereza empezarlas. La poesía es diferente, con cinco líneas puedo llenar toda una página.
Esas palabras desilusionaron en parte a Pere. Aún así, seguía admirando a Francesc tanto como cuando habían entrado al café. Sus gestos no habían perdido su elegancia, aún hablaba con una voz grave y seductora. Nada había cambiado, en el fondo. Hasta se podría decir que, después de oír eso, Pere vio a Francesc no como a un impostor, sino como a alguien más sincero. Que no tenía miedo de contar todo eso, que no se andaría con pedanterías. Las cosas, tal y como eran. Así se las estaba explicando, y él más que encantado.
Se pasaron media hora hablando sobre temas que no vienen al caso. Llegó un momento en que, tanto el uno como el otro, se dieron cuenta de que ya no tenían nada más que decir. Empezaron a pronunciar cada palabra con más lentitud. Parecían estúpidos, alargando cada sílaba. Hasta que se hizo el silencio. Francesc intentó recuperar la conversación diciendo:
—Por cierto, ayer fui a la Filmoteca a ver Les 400 coups. Recuerdo que cuando éramos jóvenes la fuiste a ver al cine. Estuviste dos o tres días repitiendo lo mucho que te había gustado, describiendo cada escena. La explicaste con tanto detalle que hasta se me pasaron las ganas de verla.
—Me alegro de que la vieras. La sigo teniendo presente. De hecho, desde el día en que fui a verla al cine la he tenido presente. No suelen gustarme las películas con las que puedo sentirme identificado, pero esa es la excepción. El protagonista es tal y como yo era de niño. Un puto malcriado, travieso, la jaqueca de todo maestro. Y, además, pensé que era bellísima esa escena en que el chico aparecía fumando. Solo hay algo más bello que un menor fumando: dos menores fumando. Es su manzana prohibida, y esa forma de saltarse las normas siempre me ha puesto cachondo.
—Niños fumando. Sí, es una idea atractiva...—Francesc se recostó sobre su cadera. Se echó para atrás.—En realidad, todas esas ideas a las que se opondría una asociación de madres y padres son muy sugerentes.
—Sé de qué me estás hablando.—sonrió Pere.
Después de eso, estuvieron veinte minutos callados. El uno observando su propia taza de café, y el otro paseando la mirada por la sala. Francesc había dejado de preocuparse por no tener temas de los que hablar. Prefería ese silencio a una tontería. Cualquier otro de sus amigos habría intentado llenarlo diciendo alguna idiotez. Pere no era así, no buscaba dar esa impresión a los demás.
Rebuscó algo en el bolsillo de su abrigo. Sacó un puro y un mechero. Después de encenderlo, le dio un par de caladas.
—¿Sabes? Nunca he disfrutado al cien por cien de algo. Siempre había alguna cosa que lo estropeaba, antes de que llegase al punto más alto. Como si hiciera el amor con una chica y, antes de correrme, me diese cuenta de que está muerta. Dejaría de disfrutar. Siempre dejo de disfrutar. Y toda la culpa es mía, sí. Te pongo un ejemplo, uno de reciente: estaba bebiéndome este café y me he dado cuenta de todo lo que estaba sintiendo al hacerlo. He intentado retener el instante en que saboreaba un trago, pero no he podido, y el instante se ha deshecho antes de llegar a su punto más alto. Total, que no he podido disfrutar completamente del momento ni retenerlo. Ni lo uno ni lo otro. Me he quedado sin nada, y siempre pasa así.
Francesc se lo miró con algo de lástima. Aunque no lo entendía, suponía que lo que le estaba contando era algo triste por el tono en que lo decía. Dijo:
—Cambiando de tema, en la Filmoteca van a poner todas las películas de Pasolini el próximo mes. Creí que tenías que saberlo. Se lo estoy diciendo a todo con el que me encuentro, tengo ese deber con la humanidad.
—Qué se puede decir de Pasolini, chico, ¿qué se puede decir? Algo que observé hace mucho tiempo, cuando estuve viendo sus películas del tirón, fue que la sociedad se dividía en dos grupos. En el primer grupo, los moralistas a los que les gustaban las primeras pelis de Pasolini. En el segundo grupo, los curiosos que alucinaban con pelis como Salò o El decamerón. Yo siempre he estado en ese segundo grupo.
—Pues ahora que lo dices, quizás yo también esté en ese segundo grupo. Sea como sea, amo a Pasolini. Desde su primera obra hasta la última, desde las películas hasta las novelas cortas, todo Pasolini es tremendo.
Pere se fijó en algo que no había visto hasta entonces. Él admiraba a Francesc igual que él admiraba a Pasolini. A su vez, Pasolini debía admirar a alguien, cuando estaba vivo. Y ese alguien debía admirar a otro alguien. Se formaba como una especie de pirámide que a veces se desmontaba y convertía en círculo, otras veces no. Algo raro, en definitiva. 

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