(Microcuento) Y mis manos, que señalan hacia allí



Bajé los escalones del autobús y me llevé el maletín al hombro. Aunque en un principio había previsto que llegaría tarde, podía relajarme. El autobús se había dado prisas y ahora tenía todo el tiempo del mundo. Aún quedaba media hora para que la clase que tenía en el Ateneu empezase.
Eché a andar en la dirección opuesta a por la que debía ir. Tomarme un café sería una buena idea, me dije. Desde esa misma mañana me había bebido dos. Normalmente necesitaba tres a lo largo del día para estar al cien por cien. Me sorprendí a mí mismo aguantando despierto hasta esa hora con tan solo la taza de las siete AM y la del mediodía. Los ojos me escocían, el meñique de la mano izquierda no dejaba de temblarme. Era definitivo: o me bebía un capuchino o explotaba.
Entré en una cafetería de paredes decoradas con pósters de Ziggy Stardust y Depeche Mode. Espaciosa, invadida por los susurros de sus clientes. Una sola bombilla —pelada, que todo lo veía— la iluminaba. El amarillo de su luz llegaba hasta al último rincón de la sala. Las cafeteras, colocadas en fila detrás de una barra, emitían un pitido horrible. No era lo que suele llamarse un lugar acogedor, pero me podía conformar.
Busqué un rincón hasta el que no llegara la jodida calor de la calle y me puse cómodo. Mientras esperaba a que un camarero tomase nota de lo que quería, me dediqué a observar a los demás clientes. Una pareja de chicas conversando, una anciana echándole terrones de azúcar a su té...
Me quedé embobado mirando uno de los pósters de David Bowie, colgado en la pared del fondo. Distinguía el rojo de su cabello, el blanco de su piel. Cerré los ojos y me imaginé ese peinado del Bowie de los años setenta: eléctrico, de fuego y algo ridículo. A ese retrato del cantante que había visualizado le saqué la cara. Decidí ponerle la de otra persona. Se me vino a la cabeza los ojos de Francisco Umbral, así que se los puse. Peinado de Bowie, ojos de Umbral... Seguí con ese juego, sacando partes y añadiendo otras. Construyendo y destruyendo. Cuando no sabía qué poner miraba a los otros clientes y recortaba partes de sus cuerpos. Cuando hube terminado el collage me di cuenta de lo impresionante que era. No solo había creado una especie de Frankenstein, sino me había inventado el ser humano perfecto. Vaya, el que sería mi ser humano perfecto, si eso existiese.
Me imaginé a ese precioso monstruo delante mío, mirándome, y yo mirándole a él. Levanté una mano y señalé la nada en el aire. Una de las chicas que estaba charlando en la mesa de al lado se giró, extrañada. Fui hacia el lugar en el que me había imaginado ese collage vivo. Lo abracé. Pasé mis manos por detrás de su nuca, después los brazos. Nos hicimos un nudo, o más bien un lazo.
Le susurré al oído si quería que le invitase a tomar algo y me respondió el silencio. El silencio tiene más de afirmación que de negación, ¿verdad? Así lo creí. Volví a sentarme. Esta vez acompañado. Hacía cinco minutos que la clase del Ateneu debía haber empezado. Daba igual, yo ya había encontrado al maestro que buscaba.  

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