(Relato) El esclavo chino




Mientras su madre conducía, Carme iba comiendo un racimo de uvas en el asiento del copiloto. Saboreaba cada pieza de color rojo, cada gota de agua que salía de dentro.
Hacía dos días que habían empezado las vacaciones de Semana Santa, y su madre, su hermano mayor y ella habían decidido ir a pasar lo que quedaba de ellas en la montaña.
Su plan era alojarse en la casa rural que unos amigos tenían por los Pirineos del Berguedá, aunque a último minuto les fallaron, y tuvieron que pedir habitación en un hostal. En la familia de Carme, siempre que tenían tiempo, fuera mucho (para unas vacaciones largas) o poco (para una escapada de fin de semana), se iban a algún bosque, a encontrarse con la naturaleza de nuevo y disfrutar del silencio, la calma. El bullicio de las ciudades de costa, como Gerona (donde los tres vivían, y Carme y su hermano mayor estudiaban), era estresante y aburrido. No pasaba un día en que ella no deseara volver a la montaña, a los paseos sobre alfombras de hojas marrones y verdes. También es que era una adolescente bastante… repelente. Sí, esa sería la palabra. Repelente. Pero no de una repelencia cualquiera. Era la repelencia con la que se enfrontaba a los hombres. La torpeza de los chicos de su edad la ponía de los nervios. Prefería a las chicas, eso sin duda. Había algo en lo femenino, algo limpio y elegante, que, sin saberse el porqué, los hombres no podían tener. Como si los granos que los chicos tenían en la cara fueran más asquerosos de lo que pudieran ser los de las chicas o su sudor más apestoso o su sonrisa más babosa. Tenía una mala imagen de lo que era un chico, hombre o anciano. Por otro lado, admiraba las mujeres.
La madre de Carme no conducía muy rápido. Prefería ir lento y con precaución, y, ¿por qué no decirlo? No solía pasar mucho tiempo en compañía de sus dos hijos, por lo que, cuando encontraba un rato que compartir con ellos, lo exprimía hasta dejarlo seco. En este caso, tomaba los caminos más largos e iba a la velocidad más lenta para así saborear esas horas de silencio familiar.
Los paisajes catalanes, a su alrededor, fueron cambiando de un verde espeso y radiante a un dorado más propio del otoño que de la primavera. Pasaron de tener más hierbas y árboles pequeños (las montañas del Empordà o del Pla de l’Estany parecían ejércitos de guerreros vestidos con hojas de lo pobladas que estaban) a la oscuridad que hacían los pinos de la comarca de al lado, la Garrotxa. De allí, pasaron a Osona, la comarca que estaba más abajo, y, finalmente, entraron en el Berguedá.
La madre de Carme encendió la radio del coche para llenar el silencio. Hace menos de quince líneas he dicho que le gustaba pasar tiempo con sus hijos, pero no por ello le gustaba hablar con ellos. Se conformaba con sentirlos cerca.
Giró la rueda de la radio y la dejó en una emisora musical que recordaba canciones de los cincuenta, sesenta y setenta. Justamente estaban poniendo Sunday Mondays de Vanessa Paradis. Entonces, Carme dejó una pregunta en el aire:
­            —Espera, ¿esta no era de los años noventa?
Nadie respondió. Solo se oía el constante traqueteo que hacía el equipaje que llevaban en el maletero al golpear la puerta y el suave desliz de las ruedas sobre la carretera.
Carme abrió su ventana y sacó un brazo. Con los dedos de la mano marcaba el ritmo de la canción, divertida. El sol de mediodía había ido cayendo del cielo y ya estaba casi escondido. Debían ser las seis o siete de la tarde.
—Mil novecientos noventa y dos — dijo Pere, el hermano de Carme.
— ¿Qué?
—Mil novecientos noventa y dos. Es la respuesta a lo que decías. El año de lanzamiento de la canción.
Tenía un libro entre sus manos. Estaba enfrascado en la lectura de una novela de André Gide. El tomo era viejo, de tapa dura. Era una de esas ediciones que vendían en colecciones que iban con el periódico muchos años atrás. Pere las había rescatado de la biblioteca de sus abuelos, donde su padre las había dejado siniestramente ordenadas antes de esfumarse de la faz de la tierra llevándose consigo solamente una camisa de seda y unos gemelos negros.

Al llegar al hostal en el que iban a alojarse ya eran las nueve pasadas. La noche había caído sobre esos bosques como una capa negra que se extendía por kilómetros.
Aparcaron el coche en una explanada de suelo enfangado en la que ya había otros coches y motos, seguramente de los otros clientes del hostal. Cuando apagaron los faros del coche, después de cargar con las maletas, sus cuerpos se volvieron siluetas negras que se movían entre pinos más negros aún. El rojo de la melena de Carme se apagó, el castaño de Pere y de su madre se rompió. Caminaron unos treinta pasos por un camino lleno de zarzas y otros arbustos. Llevaban pantalones largos, y, aun así, las espinas de las becerras se enganchaban a sus piernas y bambas de montaña, como buscando abrazos.
En la hostería a la que fueron los recibió un botones medio adormilado, que parecía desear, con la mirada, que llegara el fin de su jornada laboral de una vez por todas. Además de recepcionista, hacía las veces de botones. Como luego les comentó, era el hijo del dueño del hostal, y llevaba trabajando allí desde que tenía diecisiete años. Entonces aparentaba unos veinticinco, restándole los que le añadían las ojeras.
Les entregó las llaves de una habitación del primer piso (lógico, no había segundo), mientras cargaba sus maletas en un carro porta-equipaje de barrotes dorados.
Carme aprovechó ese momento para hacer una llamada.
—Escucha, Arlet, todos estamos bien. Hacía mucho tiempo que no veía a madre conducir tan bien. — y se rio — Ya hemos llegado al hostal y…
El botones carraspeó y, en un susurro casi ininteligible, dijo:
—No es un hostal, es un complejo rural.
Carme se volvió a girar hacia un cuadro que estaba colgado en la pared del vestíbulo y siguió hablando. No soportaba que la corrigieran, y menos que lo hiciera un desconocido.
—Quiero que sepas que yo he hecho todo lo que he podido para que vinieras, y que si no lo has hecho, ha sido porque no has querido. Te lo digo para que luego… Ya ves, luego no me restriegues que yo hiciera este viaje y tú no.
Esperó a la respuesta de su interlocutora, que se oía entrecortada por la poca cobertura del lugar, y continuó:
—No, no… no me vengas con esas. Tú ya sabes que mi madre no tiene ningún problema con lo nuestro. Si tú te sientes incómoda con ella, es porque quieres. No pienso discutir más.
Y colgó. No fue hasta entonces cuando se dio cuenta de que, lentamente, había ido subiendo el volumen de la conversación, y que había acabado casi a gritos.
Se llevó las manos a la cabeza y frotó sus sienes. Sentía una jaqueca de la leche, una de esas que no se van ni descansando ni tomando nada.
Carme era así. Una muchacha débil, propensa a todo tipo de resfriados y dolores. Le gustaba usar la palabra ‘enfermiza’ para definirse a sí misma en ese aspecto.

Pere se despertó tarde. Habían llegado relativamente pronto al hostal. Sin embargo, estuvieron hasta las tres de la madrugada jugando con un tablero de ajedrez que se habían encontrado en un cajón de su habitación.
Habían decidido dar su aprobado al hostal. Tenía todas las paredes de los pasillos pintadas de rojo, recordando a esos cines viejos y oscuros a los que, ahora, a los modernos tanto les gusta ir. Eran pasillos parecidos a los de los cines Verdi.
Las habitaciones, por otro lado, eran más sencillas. La suya tenía una litera para Pere y Carme y una cama individual para su madre, aunque, como que a los dos hermanos les daba miedo dormir en la litera de abajo por si la de arriba se destornillaba y caía, su madre acabó durmiendo allí.
Por la ventana del cuarto se veía un majestuoso paisaje. Carme se quedó embobada mirándolo cuando se levantó. La llovizna que esa mañana estaba cayendo sobre el Berguedá no podía ser más mágica. Barnizaba los árboles con cristal y la luz de un sol que, entre nubes grises, se colaba.
Como en el hostal no había restaurante, y el más cercano se encontraba en un pueblo (Berga, la capital de comarca), se tuvieron que conformar con unos cafés de máquina y unos hojaldres que habían comprado para el trayecto de ida.
A las doce del mediodía, Pere y Carme salieron de paseo por el bosque. Su madre había preferido quedarse. Conducir la mareaba, y, pese a que hacía diez horas que habían abandonado el Land Rover, aún sentía que su cabeza le daba vueltas.
Los hermanos fueron caminando por el borde de la carretera de al lado del hostal. Habían planeado desviarse en cuando llegasen a la primera curva y seguir explorando el bosque. No se puede decir que conocieran ese lugar como la palma de sus mano, pero tenían una vaga idea de cómo era y de cómo podían volver al hostal si se perdían.
Fueron deambulando por los caminos que las hojas caídas de los árboles dibujaban, como caminos de grava. Lo hacían en silencio. No hacían falta más sonidos que los que hacían sus pies al pisar el suelo. Eran la familia del silencio: siempre que podían prescindir de usar la voz, más que mejor. Alguien podría decir que se trataba de personas ‘reservadas’, pero no era así. Creían que, como todo lo que podían decirse ya se lo habían dicho, cualquier palabra, cualquier comentario, en cualquier momento, estaría de más.
— ¿Has estado trabajando en algo? — le preguntó Carme.
—La universidad me tiene muy ocupado. Es algo contradictorio: quieren que expresemos nuestra creatividad, y luego no nos dejan tiempo ni para iniciar pequeños proyectos
—Las personas relacionadas con el cine siempre habéis sido un poco así, ¿no? Contradictorias, digo.
Pere reflexionó unos segundos, y dijo:
—Sí, bueno… Siempre he pensado que el cine, al necesitar menos justificaciones que, por ejemplo… no sé, la literatura, la gente se tomaba menos en serio el tema de ser o no ser absurdo.
— ¿Crees que eres uno de ellos, uno de los que no les importa ser absurdos?
—Tengo miedo de caer en lo absurdo.
—Hm… puedes estar tranquilo. Serás un director de cine genial.
A Carme le gustaba tranquilizar a la gente. Le gustaba silbar canciones suaves, acariciar el cabello de sus personas queridas y susurrar halagos. Cuando las personas de su alrededor se sentían cómodas, ella también lo hacía.
A la una del mediodía todavía estaban paseando por el bosque. La lluvia los pilló allí mismo, entre plantas y claroscuros. Se refugiaron debajo de un pino rojo, y esperaron a que cesara. Miraban el agua de la lluvia caer como si fuera una performance: fascinados. Los ojos marrones y abiertos de Carme, fijos en el suelo, y los avellana de Pere, inclinados hacia el cielo. Así pasaron una hora, hasta que paró de llover y reemprendieron la marcha.
—Quisiera proponerte un proyecto, Carme. Ya te digo que está relacionado con el mundo del cine. ¿Te interesa?
—Estoy pensando en centrarme en las letras, para cuando empiece la carrera de Estudios literarios en la universidad.
—No te mentiré diciéndote que es un proyecto pequeño. En realidad necesitaría mucha dedicación por tu parte.
—Además, ya sabes qué opino de tu forma de hacer cine…
Los dos se callaron. Tal vez Carme había ido demasiado lejos. Sin querer, había hurgado en el pasado crudo que los dos compartían.
El verano antes de acceder a la universidad a estudiar cine, Pere quiso grabar su primer largometraje. Hasta entonces, a sus diecisiete años, había ido filmando pequeños cortometrajes protagonizados por amigos suyos y editados por él mismo. Era la primera vez que iba a embarcarse en un proyecto largo, y, sin embargo, las cosas no fueron como él quería que fuesen.
—Nadie te pidió que te presentaras al casting de mi película — le recriminó, de repente, Pere.
—Ni nadie te obligó a escribir en el guion que, en una escena, mi personaje se desnudaba.
—Oh, ¿quieres que volvamos a la discusión de siempre?
Carme asintió con la cabeza, aunque, en realidad, no quería discutir de nuevo. Ese asunto ya había sido muy tratado, muy manoseado. Pere dijo:
            —Veamos. Yo era el director de esa película… el director y el guionista, para ser exactos. Si quería sacar un desnudo en ella era porque encontraba que estaba completamente justificado. ¿Qué querías? ¿Aparecer dándote una ducha con un vestido puesto?
            —No, claro que no, pero podrías haber… obviado esa escena. Me refiero a que no era necesaria, que sin ella la película seguía funcionando, y al argumento seguía sin faltarle nada.
            —Mira, decir todo esto ahora ya no sirve de nada. Me jodiste el proyecto… Bueno, tú y madre. No os guardo rencor porque somos familia, pero, ¿sabes lo que me está costando pedirte que estés, otra vez, en uno de mis proyectos? Lo normal habría sido que no volviera a contar contigo para nada.
Carme prefirió no responder. Siguieron con su paseo sin comentar nada más.
Pere recogió una rama de árbol que había en el suelo y empezó a sacudirla en el aire, como si fuera una espada. Al moverla muy rápidamente hacía sonidos como de látigo, que se sobreponían al del viento cuando pasaba entre los árboles. Carme se había cruzado de brazos, y andaba enfurruñada. No le importaba tener o no tener la razón, pero le habría gustado dejar las cosas tal y como estaban antes y no remover las tierras de esa experiencia que vivieron juntos.
            —Sea como sea… después de lo de la película, me quedó una duda…
            —Ve con cuidado.
Carme le lanzó una mirada de loba feroz y escuchó lo que le tuviera que decir.
            — ¿Realmente, encontrabas mal que te grabara desnuda? Es decir… no acabo de entender por qué debería preocuparte salir con o sin ropa.
            — ¡Claro que me importaba! — Giró su cabeza hacia otro lado, tomó un suspiro, y continuó hablando. — No sé… Me preocupaba lo que fueran a decir quienes vieran la película. Ya sabes: nuestros amigos, conocidos, familiares…— Puso especial énfasis en este último grupo. — Supongo que no me sentía preparada para hacer algo así.
            — ¿Así, cómo? ¿Te preocupara que la gente te viera desnuda? Eso es algo que nunca he entendido. De cuerpo todos tenemos uno, y algunos de muy bonitos. Sin embargo, parece que nos esforzamos en ocultar algunas de sus partes, como si mostrarlas fuera pecado. ¿No es más infantil prohibir un desnudo porque en este se ve con toda su claridad una verga o un coño que permitirlo?
—Sí, quizás sea como dices. Tampoco pensé demasiado en el asunto. El otro día, una amiga me envió la foto que un compañero de clase se había hecho desnudo en el baño. Al parecer, la tía a la que le había enviado la foto la pasó a sus amigas, y ellas se encargaron de que todo el mundo la viera. La mayoría de personas de mi curso están… como… consternadas. He oído comentarios como: ‘no volveré a mirar a este chico a la cara’, ‘ha arruinado su vida dejando que su foto se difundiera’…
            — ¿Te das cuenta? ¡El mundo entero se avergüenza de lo que es! ¡Casi toda la gente cree en esa filosofía del tabú, de que, los cuerpos, siendo secretos, están mejor!
Carme volvió a reflexionar, pero esta vez no contestó. Caminaron un poco más, y, al cabo de un rato, Pere preguntó:
            —Me gustaría conocer a tu novia.
            —Y a ella le gustaría conocerte a ti.
            —Entonces, ¿por qué no ha venido al viaje?
            —Porque le caes mal.
Volvieron a callarse. Solo que, esta vez, no recuperaron la conversación.

La mañana siguiente, Carme se despertó pronto, a las siete de la mañana.
Salió a airearse con un cartón de café entre las manos. Hacía un frío cortante, del que hiela la sangre y estanca la saliva bajo la lengua.
Había cogido su maletín. Dentro llevaba un libro de Boris Vian, su cámara de carrete y un bocadillo que se acababa de hacer con pan seco, jamón serrano y tomate. Todo imprescindible, todo útil para alguien como ella.
Se fue alejando del hostal en dirección a la ciudad de Berga, aunque no tenía la intención de llegar. Quería averiguar si la pradera a la que iba a jugar cuando era pequeña todavía existía. La recordaba llena de arbustos, por lo que lo más seguro era que nadie hubiera tenido cuidado de ella y hubieran crecido hasta tocar el cielo.
Cuando llegó, se llevó una grata sorpresa. Seguía existiendo, y se encontraba tal y como la recordaba.
Creyó haber visto un rebeco, aunque, tal vez, solo había sido una ilusión. El sol pegaba fuerte, y era difícil mirar a la lejanía sin entrecerrar un poco los ojos.
Se arrodilló, dejó su maletín de ante marrón a un lado y se estiró.
Cerró los ojos y se concentró en los ruidos que sonaban a su alrededor. Era como una sinfonía extraña y experimental, entre novedosa y fatigosa. Habría pagado por oír algo como aquello en la ciudad, sobre todo en los días en que echaba de menos el bosque, la naturaleza, y todo ese otro mundo.
—Mi locus amoenus…— susurró. O tal vez lo dijo para sí misma.
Se pasó dos horas leyendo la novela que había traído con ella, y luego se comió su bocadillo. Las piernas le pesaban. Sus rodillas eran como bolas de jugar a la petanca. No quería levantarse. Ni siquiera quería moverse para rascarse la nariz, que le picaba por la alergia. No sentía la necesidad de sorberse los mocos (algo muy raro en ella) ni de volver a hacerse la cola del cabello, que se le había empezado a deshacer.
Desaprendió todo lo que nunca se debe desaprender, y a poco estuvo de olvidar cómo respirar.
Oyó el ruido de unas ramas rompiéndose, y miró hacia su izquierda. Un pájaro debía haber aterrizado. Miró hacia su derecha, y descubrió a alguien que trataba de esconderse detrás de un arbusto. Su sombra se reflejaba en el suelo.
            —Perdona, ¿te conozco? —dijo Carme, en un hilo de voz. El corazón le había dejado de latir al darse cuenta de que un desconocido la estaba observando.
El hombre o mujer no le respondió. Volvió a hablar:
            —Puedo verte a través del arbusto. Sal de ahí.
Seguía inmóvil. Y ella, cada vez estaba más pálida.
            — ¿Eres un asesino, o algo así? — Pese a que sonase un poco gracioso, ella lo decía con total seriedad. — ¿Leatherface? ¿Eres tú? ¿Michael Myers?
Por encima del arbusto sobresalió una cola de caballo negra, tan negra como el carbón, y que parecía artificial. Luego, una frente humana. Una frente muy larga que no acababa nunca de salir. Después, una mirada negra y achinada se posó sobre Carme. Dio un respingo. No avanzaron más, ni el uno ni el otro. Se quedaron cinco minutos quietos, en silencio, hasta que él no pudo mantener más el equilibrio de rodillas y cayó de culo. Carme, presa del pánico, se abalanzó sobre el arbusto.
Se tiró encima del extraño y lo inmovilizó con una llave que había aprendido haciendo judo, cuando tenía trece años.
Clavó sus rodillas en el suelo, abrazándola con las piernas, por la cintura. Cogió sus manos entre las suyas y las apretó, como si quisiera atarlas.
Se dio cuenta de que estaba desnudo. Su cuerpo no era tan blanco como su cara. Tenía varios moratones en el pecho y en las piernas y sus pies estaban sangrando. Al verlo, Carme se compadeció. «Sin saber ni quién es ni qué quiere de mí me he tirado encima de él, como una salvaje. Soy estúpida» pensó, y dejó de presionar con las manos y las piernas. Él se escurrió de entre sus piernas y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba a tres metros de ella, en posición defensiva, más asustado de lo que debería estar.
            —Perdona, perdona…—se excusó Carme— he reaccionado como no debía. Perdóname, por favor. ¿Cómo te llamas? ¿Eres extranjero?
Ella habría dicho que era chino, pero sus pómulos eran más bien occidentales, y casi toda su fisonomía era demasiado tropical como para ser de allí.
Aún la miraba con una mezcla de terror y rabia. Carme comprendió que no debía hablar castellano. No debía conocer el idioma. Probó a preguntarle en catalán y en inglés, pero nada. En un último intento, se apañó con sus pocos conocimientos de francés y tampoco resultó.
Se siguieron mirando el uno al otro en silencio por mucho rato. Cada vez estaban menos tensos, se sentían con más confianza.
Pasada una hora, Carme le enfriaba los moratones a su nuevo amigo con el jamón de su bocadillo.
            —Una amiga de clase me lo enseñó. El embutido es mano de santo para heridas y moratones. ¿Te importa si te llamo Norman? Es el nombre del asesino de Psicosis.
Carme disfrutaba sabiendo que ese tipo no podía entenderla. Se veía capaz de decir cualquier cosa, todo lo que nunca se hubiera atrevido a decir. Habría una oreja que la oiría (que no escucharía), y la trataría sin prejuicios.
Cuando se acercaba el mediodía, Carme decidió volver al hostal. Debían estar buscándola, ya que no había dejado ninguna nota antes de irse.
Cogió de la mano al desconocido medio chino, medio sin identificar y se lo llevó con ella.
Desaparecieron de allí, y en el aire quedó, como si fuera el aroma de un perfume fuerte, la sensación de cuando se sorprende a un intruso.

Carme, su madre y Norman estaban en el porche de la entrada del hostal. Estaba a punto de anochecer y los tres miraban hacia el horizonte, por donde se iba el sol.
La madre de Carme no había tenido ningún inconveniente en pagarle una habitación del hostal a Norman. No acababa de entender su situación (¿y quién sí?), pero, aun así, había sabido leer en su mirada el sufrimiento por el que había pasado antes de llegar allí. La imagen de sus pies magullados, sus rodillas peladas y las cicatrices que tenía por el cuello y los brazos le había sorprendido, al llegar de la mano de su hija menor ese mismo mediodía. «Mira a quién he encontrado por el bosque. Su nombre es Norman. Yo le he bautizado así.» le había dicho Carme al llegar.
Norman no había abierto la boca ni siquiera para bostezar. Parecía una estatua con piernas y brazos articulados. Le habían dejado una camisa blanca y unos pantalones tejanos que Pere se había llevado de Gerona por si necesitaba recambio. También unas botas de montaña.
Pere había ido a pasar el día en Berga, la ciudad que estaba a pocos kilómetros. Le gustaba el ambiente de pueblo que se cocía, y algunos de sus amigos de infancia vivían allí.
            —Mamá, ¿qué opinas de Norman? — le preguntó Carme.
            —Hay algo extraño en él, Carme. Cuando lo trajiste desnudo, vi que su cuerpo estaba muy demacrado. Mucho más de lo que estaría el de una persona normal. Y… no sé cómo decirte esto…
Tomó un respiro. Siempre le costaba hablar con Carme de temas íntimos.
            —Su pene estaba en carne viva, muy rojo. Encaja con el perfil que tenemos en el hospital de personas maltratadas, chaperos…
Sabía de lo que hablaba. Cuando su marido se fue, la madre de Carme dejó su trabajo de funcionaria y se puso a estudiar Medicina, una carrera que siempre le había interesado. Una vez la hubo terminado, encontró trabajo fácilmente en un hospital de la zona.
            —No sé, mamá. Yo lo veo muy inocente
Entonces, Norman pareció querer decir algo, pero rápidamente se rindió. Bajó la cabeza y la dejó fija, de nuevo, en el suelo.
Carme y su madre se lo quedaron mirando, como intentando averiguar qué había querido decir.
A las ocho de la tarde, cuando Pere volvió, se los encontró aún en el porche. Se sentó con ellos y, los cuatro, se quedaron mirando el paisaje ya oscurecido.
El botones del hotel había encendido desde dentro las dos farolas que había en la puerta y que iluminaban todo el lugar.
Pere encendió un cigarrillo y empezó a fumar. Lo hacía todos los días antes de cenar. Era su única obsesión y debilidad. Por lo demás, era un tío trabajador, constante, amable… Cualquier madre lo habría deseado como hijo.
            —Pere, este es Norman. Norman, este es Pere, mi hermano.
Pere le tendió la mano, pero él la rehusó. Le echó una mirada de arriba abajo y luego se giró. Debía haber algo en él que no le gustaba.
Pere no le dio mayor importancia de la que merecía, y fue a lo suyo.
            — ¿Os ha ido bien el día? — preguntó, sin poner mucho interés.
            —Y tanto. He hecho un nuevo amigo. — e inclinó la cabeza hacia Norman.
            —Hay algo que no entiendo…— dio una calada a su cigarrillo. — ¿Por qué lleva una camisa mía puesta? ¿Y unos pantalones?
            —Cuando me lo encontré en un prado estaba desnudo. Lo he tenido que vestir yo misma.
            — ¿Estáis seguras de que no es peligroso o que no está implicado en algo?
            —No nos ha dicho nada, absolutamente nada. Imposible saberlo.
La madre de los chicos se había ido a la habitación mientras hablaban, sin despedirse.

Era su último día. Al mediodía, saldrían de vuelta a Gerona.
Habían decidido que irían a pasarlo en un lago que había por los alrededores, al que solían ir a tomarse fotografías y montar picnics cuando Carme y Pere eran niños.
Antes de ir al sitio, bajaron a Berga, en coche, a buscar unos platos precocinados, y aprovecharon la ocasión para pasear un poco por las calles de la ciudad. Compraron una cazuela de sepia con limones y volvieron al bosque.
Al llegar al lago, se llevaron una sorpresa. A diferencia de la pradera en que Carme había encontrado a Norman hacía unos días, de ese sitio nadie se había encargado. Las plantas habían ido creciendo hasta invadir las aguas del lago, y solo quedaban unos pequeños charcos entre hojas y barro.
            —Ah, yo ya estoy hambrienta — dijo Carme al llegar. Eran solo las once. Aun así, almorzaron. Creían que se debía comer cuando a uno le picara el gusanillo, y no cuando el reloj lo decidiera.
La madre de Carme y Pere sirvió la sepia que habían comprado en unos platos de plástico. A Carme le puso un trozo, a Pere otro trozo y a Norman le llenó el plato hasta los bordes.
            —Tenemos que tratar bien a nuestros invitados— dijo la madre cuando Carme protestó porque en su plato había menos que en el de Norman.
Como no se habían llevado cubiertos, comieron con las manos.
Una vez Pere y Carmen hubieron terminado, se estiraron en el césped. Norman seguía apurando su plato, lamiendo el jugo de los limones. Cogió uno y lo mordió. Automáticamente, frunció el ceño por la acidez del limón. Carme lo había visto y no había podido evitar reírse. Entonces, ella también cogió un limón de su plato y se lo llevó a la boca. Lo mordió y, un segundo más tarde, escupió sobre el césped. Rieron juntos, como si en realidad entendieran lo que estaban haciendo.

Habían empacado todo en maletas y bolsas. El coche ya estaba en marcha y la madre de los chicos se estaba despidiendo, a la puerta del hostal, del botones que los había atendido desde el primer día.
Norman se negaba a subir al coche. Tenía los ojos rojos, y respiraba con mucha rapidez. Se debía sentir asfixiado.
Carmen no lo comprendía. Querían llevárselo a Gerona para que algún médico curase sus heridas y para intentar identificarlo.
Al final, lo convencieron. Subió al asiento de detrás, al lado de Pere.

Carme abrió los ojos, y notó que no podía mover ni las manos ni los brazos. Veía la luz del patio de su casa colarse por una puerta e iluminar todo el pasillo.
Sabía que estaba en su habitación, en su cama, y, sin embargo, se veía incapaz de moverse. Se retorció entre las sábanas blancas y entonces notó el tacto áspero de una soga en sus manos. Alguien la había atado.
            — ¡Mamá! — gritó, pero nadie respondió. Miró hacia el reloj que colgaba de la pared de su cuarto y vio que eran las doce pasadas del mediodía.
    ¡Pere! — volvió a gritar.
Intentó hacer memoria: «Ayer llegamos tarde, a las nueve o diez de la noche. Cenamos una pizza que habíamos encargado y nos fuimos a dormir. Improvisamos una cama para Norman juntando el sofá del comedor con una mesa y una almohada y…».
            — ¿Norman? — Esta vez lo dijo con un tono de voz más flojo, como si, en realidad, no quisiera que nadie la escuchara. Tampoco respondió.
Se giró hacia la ventana y vio al canario que le habían regalado por su décimo cumpleaños canturrear, indiferente. Oyó la bocina de un coche que venía de la calle. Y ella quería volver a su pradera.

10 comentarios:

  1. Qué doloroso es sentirse atrapado en la corrección, en la resolución de los problemas. Desde aquí se disfruta el confort y el aprendizaje posterior, pero cómo duele haber perdido la inocencia que constituían el lío (el defecto si cabe) y el estrés.

    Cuando la vejez es una aceptación, qué sentir.

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    1. Hm... no sé hasta qué punto se podría decir que la vejez está presente en mi relato. Más que la vejez, con el personaje de Carme (no sé tampoco si te refieres a este con tu comentario) quería representar la madurez, una adolescente casi adulta que, al volver a un lugar en el que fue feliz durante su infancia, la revive, con toda su inocencia.

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    2. https://www.youtube.com/watch?v=VGKVD5jYKLg

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  2. La historia es curiosa el final queda abierto como si el lector tuviera que terminarla, cosa que puede ser interesante,pero que dada la amplitud de opciónes es un poco desconcertante. La historia es buena con puntos brillantes como lo que dejó el padre o con lo que se fue, y la discusión por el vídeo, pero tras avanzar despacio y entretejer una trama que promete todo, quizá por falta de una idea de final clara o por prisa la rematas apresuradamente. Me gusta como escribes eres bueno sigue creo que tenemos algo grande en tus dedos (que chiste fácil mas tonto) un abrazo y sigue @sergisergin

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Sergi. La verdad es que tenía varios finales en la cabeza, y he acabado decantándome por este (más abierto y súbito que los otros) porque creía que iba mejor con la idea que quería representar con el relato. No sé si he conseguido el efecto que quería conseguir, si te soy sincero. Tal vez es verdad que debería haber alargado un poco el final, depurarlo más, como fuera.

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  3. Fóllame, Xirés. Folláme.

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    1. Estoy demasiado ocupado escribiendo mis mierdecillas. :(

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  4. Muy buen relato, te felicito por tu trabajo, sos un g e n i o .

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  5. Que bueno que eres Sirés! Te has planteado hacerlo de forma profesional o escribir un libro?

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  6. Editoreeeees leed esto por favor!!! A que eperais!! Que se os esta escapando un genio!!

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