(Relato) Arnau prefiere no competir



En el piso subterráneo del hotel había una coctelería. Admitamos que lo último que servían eran cócteles. Allí, la gente iba a tomarse un café, a relajarse, a hacer crujir los dedos de los pies. Esa era la semana más transitada del año. La ciudad celebraba su festival de cine anual, en el que grandes nombres de la industria cinematográfica competían para ver quién tenía el ego más grande y quién había conseguido brillar. Los periodistas se mezclaban con los equipos de las películas. Se entrevistaban y reían y hacían como si todos fueran cómplices de algo.
En la barra, iluminada por un foco de luz amarilla, las espaldas de una decena críticos. Revisaban sus notas mientras picaban algo, entre proyección y proyección. Una de las críticas que estaba sentada allí comía cacahuetes de un cuenco de papel. Tenía una mancha de tinta en la blusa, otra en uno de sus mocasines y una tercera en la comisura de los labios. En un cuaderno iba anotando lo que parecían ser preguntas. Era regordeta, de peinado corto y vestía una americana azul que se inmovilizaba los brazos.
— ¿También estás aquí por Fauttruf? — le preguntó la chica que estaba a su lado. Su acento era francés, aunque tal vez solo tenía la lengua dormida.
—El maldito Arnau Fauttruf.
—¿Es la primera vez que vienes a entrevistarle?
—Sí.
—Es de los que se hacen de rogar. Por eso los periodistas lo suelen dejar de vuelta y media en sus reportajes. Tiene suerte de que su cine venda de por sí solo, porque no será por titulares favorecedores…
—Su cine es muy bueno, sí.
—¿De parte de qué revista vienes?
—No, no es una revista. Vengo de un periódico italiano. No lo conocerás. Es local.
La desconocida sonrió y dio un trago a su vaso de agua. No había respuesta para eso.
—Que te vaya bien, entonces — dijo. Se levantó del taburete y se fue, lentamente, hacia la puerta. En un último segundo se giró y le miró el culo a la crítica de diario pequeño. «Mercancía italiana. Sí, señor.» pensó.
Valeria, que es como se llamaba la que seguía en la barra, apuró su cuenco y también se fue. Allí quedaron el trozo de papel con restos de cacahuete y el vaso de la desconocida.

A Toni Fauttruf el corazón le latía como una locomotora. Fumaba un cigarrillo para acabar con los nervios. Su padre, Arnau, tenía que presentar su última película en ese festival. Él iba en calidad de invitado. Sin embargo, hacía media hora que Arnau se había encerrado en su habitación y se negaba a salir. Decía que no valía la pena, que su cine ya no era el mismo de cuando era joven.
            —Toda la vida metido en la industria del cine y aún con esos miedos a decepcionar a la crítica. ¡Manda cojones!
Toni tiró su colilla sobre la moqueta y dejó que se quemara. Luego, con la suela del zapato, tapó el trocito de brasa que se había encendido.
Dos periodistas franceses y Valeria estaban también allí, delante de la puerta.
            —Lo siento. Siento que tengan que presenciar una escena como esta— les dijo Toni. Juntó sus manos, disculpándose. Su padre era muy dado a dar ese tipo de espectáculos, algo que nunca había soportado.
            —Señor Fauttruf, ¿quiere que nos vayamos? — probó Valeria, picando a la puerta con los nudillos. Ella sí que sabía tratar con situaciones como esa. Había vivido durante toda su juventud con un hermano pintor, que entraba en crisis existenciales cada lunes y viernes. Entendía cómo se sentía Arnau. Después de haber triunfado tantas veces, siendo una persona sensible, era normal sentirse presionado. El peso de la responsabilidad.
Arnau no respondió. Se oyó el sonido de unos cristales y todos temieron lo peor.
Llamaron a la puerta frenéticamente, hasta que la voz de Arnau volvió a hablar.
—¡Que estoy bien! ¡Solo me estoy sirviendo un vino! — gritó desde dentro.
            —Lo que faltaba… —susurró su hijo. — ¿Por qué le gusta tanto degradarse?
Al decir esa última pregunta bajó el volumen de su voz hasta dejarlo en un hilito.
Valeria lo miraba con los mismos ojos con los que se mira el aparador de una bombonería. O pastelería. O agencia de viajes. Toni la atraía. Tenía los mismos ojos que su padre —de halcón, pequeños y azules— y una melena que se peinaba como un tupé. Eso sí, a diferencia de su padre, estaba en forma. A Arnau, en cambio, los cincuenta años le habían caído como kilos, y ya no sabía a qué sastre ir para disimular su barriga hitcockiana. Había llegado al extremo de inventar la talla XXXXXL. «Ropa ancha para personas con mentes… desbordadas » les decía a los periodistas cuando le preguntaban.
Gaspar, el otro hijo de Arnau, apareció por el pasillo del hotel. Avanzó casi corriendo hacia la puerta de la habitación, cabreado. Todos se apartaron un poco. Al llegar, inspiró y exhaló aire. Volvió a hacerlo. Lo hizo dos veces más. Dijo el nombre de su padre.
            —¿Gaspar? —respondió él.
            —¿Puedes abrirme la puerta?
Arnau calló. Todos hicieron lo mismo. Quedaron en silencio. Solo se oía la respiración acatarrada de Valeria.
            —No.
            —Padre, deja de hacer el idiota. Abre la maldita puerta.
Gaspar hablaba con palabras agresivas, pero lo hacía en un tono tranquilo. Como uno de esos cerezos de colores potentes pero movimientos suaves.
Miró a Valeria, con las mejillas rojas de vergüenza, y le preguntó que qué opinaba de lo que estaba pasando. Hasta entonces no le había dirigido la palabra. De hecho, Valeria creía que no sabía ni que estaba allí.
            —Los genios se hacen esperar… ¿no? — dijo.
            —¿En serio? —volvió a bajar la voz— Si mi padre es el genio que todos creen que es, no sé por qué siempre me ha sido tan difícil creerlo.
De los comentarios que Valeria no se esperaba oír en ese momento, ese era el que menos. Además, no estaba de acuerdo. Aunque lo que más le gustaba era entrevistar a directores cuyas películas no le hubieran gustado, en esa ocasión había deseado de corazón encontrarse con Arnau. Había descubierto su cine cuando todavía era una adolescente y desde entonces había visto, rebobinado y visto hasta una decena de veces toda su filmografía. El minimalismo de los argumentos, la sencillez del paisaje… Arnau sabía cómo crear un mundo y Valeria se había dado cuenta de ello desde el principio. «Es adictivo y hechizante y misterioso y mágico. Y brillante y maravilloso y natural y fluido (a veces). Y…» Se deshacía en halagos por él.

Arnau se fue acercando a la puerta. La tarima se quejaba a cada paso que daba.
Se rascó la cabeza, se arregló la camisa e hizo girar el pomo. Antes de acabar de abrir, puso un pie delante, para que nadie pudiera pasar de golpe.
            —Que solo entre Gaspar — dijo. Oyó algún susurro y vio la sombra de su hijo acercarse por una de las paredes.
Gaspar sacó la nariz por la puerta, luego la cabeza entera y examinó la habitación. Al ver a su padre apoyado contra la puerta se sorprendió.
Estaban en la oscuridad. Tampoco necesitaban luz para hablar.
Las ventanas estaban abiertas y las cortinas corridas, pero, como que justo entonces anochecía, daba igual.
            —¿Qué representa lo que estás haciendo?
            —Gaspar, ¿es que solo existo para ti cuando lanzo una nueva película? Hace meses que no nos vemos.
            —Esta no es la recibida que me esperaba.
            —Estoy cansado…—y se sentó en una butaca —Pero no hablo de ahora, hablo en general. Esta última película… Bah, ¿qué importa?
            —No, no, di—insistió.
Gaspar se fue a servir de la licorera que había al lado de la mesita de noche.
            —Pues que esta película la he creado desde el cansancio. Me di cuenta durante el rodaje, durante el montaje, pero ha sido ahora cuando me he dado cuenta de que no puedo presentar al mundo algo así. No me atrevo.
Gaspar no sabía qué contestar a eso. No había visto la película que iba a presentar. Solo fragmentos cortos que le había enseñado uno de los productores unos días antes.
            —Seguro que no está tan mal… No sé, ¿por qué lo ves así? Has trabajado con tus actores de siempre, el guion a mí me pareció bastante interesante cuando lo leí y tampoco creo que pudiera haber ocurrido ningún problema de otro estilo…
            —No lo entiendes, Gaspar, pero tampoco lo puedes entender. Tú siempre has sido mi hijo de mundo real, no de los mundos fantasiosos del arte, el cine, la literatura… Te lo explicaría si supiera que puedes comprender lo que… —dejó de hablar al ver que estaba hiriendo a su hijo.
            —Sí, padre. Nunca he tenido esa sensibilidad, pero vivo en el mismo planeta que tú, le pese a quien le pese.
Arnau se le acercó por la espalda y le puso una mano sobre el hombro.
            —Perdóname eso último, Gaspar. Estoy nervioso e irritado. Necesito dormir horas, días.
Gaspar miró de reojo su reloj y vio que eran las ocho pasadas. La presentación era a las nueve y media. No podían tardar mucho más.
            —Tráeme a Lena, por favor—le pidió, entonces, Arnau.
Lena era otra directora de cine que estaba en la competición oficial de ese festival. Arnau y ella se conocían desde hacía más de una década y, aunque nunca hubieran llevado bien, disfrutaban estando juntos. La compañía del otro. Tenían la misma edad y habían nacido en la misma ciudad. Compartían un lazo que decía algo así como: «Ver a alguien de tu generación te recuerda quién realmente eres». Lena le ablandaba.

Lena se sentó en el pie de la cama y escuchó a Gaspar. Le contó qué había pasado, qué estaba pasando y qué pasaría si Arnau no accedía a ir a la presentación. Por empezar, la película no podía proyectarse si Arnau se negaba en rotundo a que se proyectara. La responsabilidad era suya y de nadie más… Bueno, sí. También de los productores y otros miembros del equipo, pero sin Arnau eso no iba a funcionar. Era la pieza que no podía faltar de ninguna de las maneras.

Lena entró. Se había traído una copita de licor de su habitación. Gaspard le dijo:
            —Gracias por venir, Lena. No sé qué hacer o decir. Hacía tiempo que no veía a mi padre tan… derrotado.
            —Cariño, para estar derrotado se tiene que haber luchado antes. Arnau es un sentimentaloide, en sus películas y fuera de ellas. Por eso nunca nos hemos llevado bien. Déjame a solas con él. Solucionaré esto.
Tenía una melena blanca y larga (a la altura de la cadera) que imponía. También por su actitud. Una mujer poderosa, directa.
            —¡Arnau!—exclamó cuando Gaspar hubo salido. Había estado hasta entonces sentado a un lado de la cama, de espaldas a ellos. Estaba ocupado con su vino.
Lena se le acercó por un lado y brindó golpeando su copita con la de Arnau.
            —¡Chin-chin!
            —Lena, ¿estás aquí?
            —Eso espero…
Le pasó un brazo por el cuello, para abrazarlo, y él se apartó. Reacio al tacto. Lo veía como una serpiente gorda y de ojos saltones que solo quería llorar en soledad.
            —Mira, no entiendo tu postura. Has ganado más de una vez en este festival. Yo, si fuera tú, me sentiría como en casa. Si hoy la cagaras, no sería la primera vez. Y, es más, creo que tu última película, la anterior a esta, de lo mala que es, también es insuperable.
La cosa no iba bien. Arnau había acabado de hundir sus espaldas. Parecía un jorobado.
Una de las costuras del traje que llevaba puesto se rompió.
            —Soy un fracasado. Y necesito beber. Dame algo.
            —Te lo daría, pero prefiero quedármelo para mí. Dártelo sería un derroche. Con vino bueno, barato o agua. No mereces nada. Lo que me sorprende es que no te hubieras dado cuenta antes.
            —Te quiero tanto, bomboncito…
            —¡Cállate, maldito carcamal!—se levantó de la cama. Sacó una caja de cigarrillos del bolsillo de su pantalón. Cogió uno y se lo tendió. Cuando Arnau alzó el brazo para cogerlo, Lena lo tiró al suelo. Le escupió en el pantalón del traje.
            —‘Ex-enfant terrible, futuro clásico’, ‘genio’… ¿Tú crees que te mereces ser llamado de esas formas? ¿Los aplausos que has recibido hasta ahora, qué valor tienen? Hay una cosa en la que siempre has sido bueno, sí… ¡En rodearte de lameculos!
Arnau estalló. Lloró mientras Lena reía. Esa clase de torturas eran las que solía echar de menos.
            —Deberías haber triunfado tanto como yo, Lena. Tú te mereces mi triunfo, tú. Tú te mereces mis premios.
            —No cabe duda.
Se fue, pero una de sus malvadas carcajadas quedó en el aire.  

Cuando Gaspar volvió, encontró a Arnau recostado contra un armario. Tenía las mejillas húmedas y los ojos rojos.
            —¿Por qué lloras?—le preguntó.
            —No lloro.
            —¿Por qué no lloras?
            —Porque eso no me devolvería mi lucidez.
Valeria podía entrever la escena desde la puerta. Gaspar, al darse cuenta de ello, la cerró. De paso encendió un interruptor. Habían estado hasta entonces a oscuras.
            —Hagamos una cosa, padre. Tú te vienes conmigo. Vamos a la presentación, haces el papel y luego regresamos. Los dos habremos cumplido. Te aseguro que no habrá ni abucheos ni cosas por el estilo. —Gesticulaba mucho al hablar. —Confía en mí. Soy tu hijo. Eso significa que te he decepcionado tantas veces que ya no puede haber ni una más.
            —Lo siento, pero no.
            —Entonces, si no quieres que tu película salga a la luz, ¿qué vamos a proyectar?
            —¡Nadie va a proyectar nada! —gritó. Parecía hasta ofendido. —¡El cine, conmigo, se ha acabado!
Apuró la copa de vino que había ido rellenando a medida que se deprimía más y más y dijo:
            —Sin mis obras, es cuestión de tiempo que el mundo se quede en ruinas. 


DE FRANCIS BACON.

7 comentarios:

  1. Muy bien retratado ese micromundo festivalero y de egos...


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  2. Esta bien la imagen de la derrota del hastío, del hasta aquí he podido nadar pero no doy una brazada más y ejerzo mi derecho a ahogarme,eso si ante la incomprensión de todos. Eres bueno Sires, gracias y sigue dando a la tecla que lo mejor está por venir.
    @sergisergin

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  3. Está genial. Me imagino la escena y los personajes vívamente!

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    1. Siempre intento ser lo más visual posible y que, así, los personajes insinúen sus intenciones y sentimientos, no los ataquen directamente. Muchas gracias.

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  4. Molt visual, Xavier, bon retrat de personatges i de la lluita d egos, molt acurat sense caure en la reiteració…segueix!

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