(Relato) Los terrenos



1992
                                                  
La estación de tren estaba abarrotada. Era sábado por la mañana, casi mediodía, y el eco del paso del trabajo al fin de semana todavía resonaba por aquellas paredes de ladrillos.
Una niebla muy fina inundaba el techo del lugar, volviendo borrosos los frescos que algún artista freelance había pintado allí. Representaban el universo, las estrellas y los dioses griegos. Parecía el decorado de uno de esos programas trasnochados de televidentes; azul y violeta salpicados por el blanco de la luna
Quentin, príncipe de unos terrenos sin nombre, esperaba en el andén. Iba a dejar atrás el paraíso en el que había vivido hasta entonces y viajaría a Barcelona, donde se pondría a estudiar la carrera que más deseaba: filología y literatura francesa.  
No era un príncipe muy extravagante, ni con demasiado ego. Por miedo a acabar pareciéndose a su padre se obligaba a vestir de manera más o menos sencilla y responder siempre con palabras modestas.
Aún así la gente se lo quedaba mirando, sorprendida, allí donde iba. Su porte le delataba. Vestía una capa marrón que le llegaba por los tobillos, medio cerrada. Adelantaba un pie y, con este, su pierna. Mocasines de punta afilada y medias en lugar de pantalones. El otro pie lo dejaba descansar. Debía ser agotador vestir trajes de marca.
Su piel era de un tono entre porcelana y azul alienígena. Había solamente un fallo en su rostro: una gran peca en la mejilla izquierda… Perdón, ¿he dicho fallo? La verdad es que no acababa de ser un defecto. Le daba ese toque de naturalidad que tantas putas y divas intentan conseguir pintándose puntos de color negro por toda la cara. Era un tipo brillante, y yo… Y yo estaba enamorado de él, de su actitud, de su frases y de los poemas que escribía en su cuaderno cuando viajábamos juntos.
A veces me venían unas ganas irrefrenables de morderle la nariz, esa maldita nariz de rata que tenía y que me volvía loco. Casi no podía frenarme. «Déjalo, idiota. Eres su criado, su empleado. Estás a su servicio. No puedes hacer eso.» me iba repitiendo a mí mismo. ¡Qué difícil se me hacía ver a diario a algo tan guapo y no poder tenerlo, poseerlo, montarlo y dominarlo!
Yo venía de Holanda, un país mágico del que en ningún momento había querido irme y del cual no tenía ni un recuerdo. Llegué en tren, cubierto de polvo y de una capa de ceniza que se me había caído encima al cruzar unas chimeneas. Tenía diez años, o tal vez doce. Viajaba con mi madre, la mujer más italiana y dramática que jamás he conocido. No necesitaba a nadie más. Mi padre y mi hermano prefirieron quedarse en Ámsterdam, así que no los volví a ver. Tampoco tuve nunca la esperanza de hacerlo. Hasta la muerte de mi madre no supe por qué nos habíamos mudado de casa, país y familia. Fui sacando mis hipótesis hasta que mi madre me descubrió la realidad en su lecho de muerte, deshaciendo todas las ideas que me había montado en la cabeza.
A los pocos días de instalarlos en Gerona mi madre conoció un hombre que tenía la mitad de su edad. Él era estudiante de medicina y ella una abogada hecha y derecha con debilidad por la carne joven. Pasó el resto de sus días con él… Ah, sí, y conmigo, solo que mi papel en su vida, a partir de entonces, fue más secundario. Aprendí a no confiar en la palabra ‘familia’, y que los amigos podían ser el refugio ideal en las épocas de dolor y los momentos duros.
A los dieciocho años entré al servicio de la familia de Quentin. Él no tenía más que nueve años, pero ya entonces me ponía cachondo. Sus rizos dorados le llegaban por los hombros, y le conferían un aspecto afeminado, andrógino hasta cierto punto. A los doce su madre le presentó a su fiel peluquera, y esta no tardó en acabar con sus preciosos rizos. No he visto nunca a nadie tan obsesionado con dar cambios radicales a los demás como los peluqueros. Quentin nunca más cambió de peinado. Me comentó una vez: «El día en que me cortaron mi melena me deprimí. Todos esos mechones tan largos y bonitos me servían para ocultar la fealdad que había heredado de mi padre. Al irse, me dejaron solo con la realidad de mi genética.» Era un gran estúpido. Nunca conseguí verlo tan feo como él decía que era. Estaba demasiado fascinado por cada uno de sus detalles.
Siempre creía que su madre, al observarme, conseguía ver más allá del verde de mis ojos y que entendía mis intenciones. Sus miradas de asco me desarmaban. Cuando tenía que decirle algo, desde una pregunta hasta una escueta noticia, me ponía muy nervioso y empezaba a balbucear. Ella disfrutaba viéndome incómodo, sintiendo mi miedo.
Quentin solía pedirme consejo sobre los textos que escribía. Los martes por la tarde nos perdíamos en las hectáreas de jardín que rodeaban su castillo y nos llevábamos sus escritos para revisarlos entre las flores y los arbustos. Fingía leerlos. Lo que  en realidad hacía era mirarle de reojo mientras él creía que estaba corrigiendo palabra por palabra lo que había escrito. Fijaba sus ojos en el paisaje que nos rodeaba, con su sonrisa bobalicona y las cejas arqueadas. Yo no sabía mucho de literatura, pero una vez le expliqué que mi padre había sido alumno de Machado. Él creía que se le habría pegado algo de su talento, y ese ‘algo de su talento’ yo lo habría heredado.
Cuando cumplió quince años llevó, por primera vez, un chico al castillo de sus padres. Ellos se habían ido de viaje a Madrid, por lo que la casa quedaba a su plena disposición, y los criados también. Creo recordar que éramos cinco: el cocinero, la ama de llaves, su profesora particular, el chófer, y, en último lugar, yo. El lugar tenía una sonoridad impresionante en todas y cada una de sus salas, de manera que lo que se gritara en el cuarto de Quentin (en el ala oeste de la casa) podía oírse en la capilla que su abuela había mandado construir en la dirección este, cien metros más allá. Esa misma tarde la dediqué, de tres a siete, a estar en la capilla, y no porque fuera menos ateo de lo que ahora soy, ni porque me apeteciese rezarle a la nada, no… Desde allí, podía oír los jadeos que dejaban escapar Quentin y su acompañante. Llegué a correrme hasta ocho veces delante de la imagen inmaculada de la Moreneta.
A sus dieciséis años, es decir, un año más tarde, me atreví a poner mi mano sobre su pierna mientras revisaba uno de sus poemas. Un año después, cuando ya tenía diecisiete, tuve el placer de ser el segundo hombre que lo penetraba. Tocar su piel fue maravilloso.
A partir de entonces no pude rendirme más que a los adolescentes y a los jóvenes que conservaban caras y cuerpos más bien de niño.
El día con el que empecé este relato, sesenta después de nuestro encuentro, Quentin no sabía mirarme más que con desprecio, y no lo culpaba. Le di razones más que suficientes al confesarle a la ama de llaves del castillo lo que había pasado entre nosotros. No tuve en cuenta que era la única con quien la madre de Quentin tenía cierta confianza, por lo que, al encontrarse con ella, cantó como un pajarito. No fui despedido, ni siquiera me dio una advertencia. Habló con un par de sus contactos y decidió concederle a su hijo lo que siempre había deseado: libertad, libertad para estudiar y libertad para hacer el amor con quien quisiera. Lo expulsó del castillo, no sin antes pedirle que no volviera. No supo nunca qué reacción había tenido su padre al enterarse de lo sucedido. Lo único de lo que se enteró era que estaba de acuerdo en que abandonara el castillo y se fuera lejos, cuanto más mejor. Cada mes su madre iba a enviarle una pensión mínima con la que sobrevivir y pagarse la carrera. Con el tiempo esa pensión iría estrechándose hasta desaparecer, pero eso ya se vería más adelante.
El tren al que esperábamos llegó con una puntualidad que no me dejó tiempo para improvisar una disculpa. No habría servido para que me perdonase, pero, por lo menos, sabría que me sentía avergonzado y arrepentido.
Le di una propina al chico que nos subió las maletas a la cabina en la que íbamos a viajar y cerré la puerta del compartimento. Me quedé a solas, finalmente, con Quentin. No entendía cómo podía ser que su madre me hubiese encargado que me mudara con él a Barcelona. No le pedí explicaciones, cualquier palabra por mi parte habría sido mal recibida. Que no volvería a recibir ningún sueldo era algo que daba por supuesto, así que no estaba seguro de de qué me servía seguir allí, atrapado en la telaraña de esa familia de ricos y extraños. Me sentía en compromiso con ellos, o tal vez tenía demasiado miedo como para dar ningún paso.
Llegamos a Barcelona a las ocho de la tarde. Lo único de lo que habíamos hablado durante el trayecto era de que esos primeros días nos hospedaríamos en algún hotel, mientras buscábamos un piso con dos habitaciones, dos baños y grandes ventanas.
Dimos un paseo en taxi por la ciudad, para inspirarnos. El silencio que se alargaba de su sombra a la mía me empezaba a poner nervioso. ¿Todos los días iban a ser así? ¿Tendría que soportar un curso, de principio a fin, en silencio?
Esa misma noche supe que no. Salimos a cenar a un restaurante que nos había recomendado un amigo de Quentin, y, entre plato principal y postre, exclamó:
            ― No quiero seguir sin hablarte, pero tampoco creo que deba hacerlo. Has demostrado ser un gran imbécil que no sabe tener el pico cerrado.
Su expresión y lo que me estaba explicando se contradecían. Mantenía su serenidad de siempre, su elegante innata, pero, sin embargo, sus palabras me ofendían más de lo que creía que pudieran hacer.
Sacó del bolsillo de su abrigo un racimo de uvas y mordió un par. La tercera la dejó que bailara entre sus dientes. Luego, la partió con los colmillos. Una pequeña gota se despegó de las entrañas de la uva y fue a parar sobre mi plato, aún vacío.
            ― Estás exagerando. Tampoco es tan terrible lo que ha pasado. ¿No querías estudiar lejos de tus padres? Ahora podrás hacerlo tanto tiempo como quieras ― me atreví a decir. Seguramente si hubiese reflexionado dos veces sobre ello no habría dicho ni la mitad de las palabras. Me miró con frialdad. Una chispa azul se encendió en sus ojos.
A continuación, se puso a llorar. Siempre había creído que cuando alguien lloraba delante de mí quedaba completamente desnudo, sin coraza ni casco con el que protegerse de la espada que, de repente, se blandía en mi mano. Esa vez no fue así. Con cada lágrima suya me sentía más culpable, un poco más miserable. Era consciente de que la culpa no era mía, pero, sin saber por qué, me sentía como el monje verdugo que acaba de matar a Dios.
Alargué mi mano y acaricié su húmeda mejilla, temiendo que me la apartase con la desconfianza de los desconocidos.
Dos horas más tarde salíamos del restaurante. Nuestra reconciliación no habría sido posible si no hubiese pedido al camarero que dejase la botella de Moët & Chandon al traerla.
Nos habíamos instalado en una suite de dos camas en el Majestic, pero solo usamos una. Esa fue mejor que la primera vez, sí… definitivamente sí.
Al despertarme, la mañana siguiente, lo encontré babeando al otro lado de la cama. Tenía un trocito de mierda en la comisura de los labios. Confirmé que habíamos hecho el amor. Cuando lo hago suelo dejar los preliminares para el final, para cuando la tensión se ha cortado. Se podría decir que es una de las características de mi sexo.
No me costó recordar todo lo que había pasado la noche anterior, y es que yo, más que borracho por el vino, me había emborrachado de entusiasmo al verle a él beber, tan alegre. Me daba igual que fuese el alcohol lo que le volviera feliz. Los tres días en que lo había visto triste y furioso por la decisión de sus padres se me habían hecho horrorosos.

1998

Era un salón muy grande, de unos cuarenta metros cuadrados. Las paredes, blancas. El suelo, de mármol, con el mosaico de un minotauro llevando a cuestas un diamante en el centro. No había nada salvo un escritorio en el medio y un hogar encendido en uno de los lados. Yo, Quentin, aún estaba demasiado confundido como para entender qué pintaba allí. Un hombre gordo de cabello blanco entró en la sala y se dirigió al escritorio. Andaba con pasos torpes, los pasos de alguien con los pies magullados de tanto trabajar. No creo que fuese el caso.
Se sentó y tras echarme un ojo de arriba abajo abrió el cuaderno que llevaba debajo el brazo. Anotó mi nombre, mi edad y algo más que ahora mismo no recuerdo. Después, en completo silencio, alargó una hoja impresa a mis padres, quienes me acompañaban. Yo estaba en el medio, entre el uno y el otro. Quería estrangularlos a los dos, pero mi odio era tan grande que me dejaba todos los músculos paralizados… ¿Por qué negarlo? También la enfermedad me impedía moverme ni hacer el mínimo esfuerzo. Como que no sabía donde mirar bajaba la mirada y daba con mis manos: pieles muertas que se arrugaban, uñas azules y heladas, y el temblor de los nervios.  Me debía encontrar en un estado horrible, aunque yo no podía saberlo. Llevaba meses sin mirarme en ningún espejo por miedo a encontrar alguien irreconocible.
Mis padres se enteraron por unos amigos barceloneses de dónde me había estado metiendo. En realidad nunca habían dejado de vigilarme. Me habían visto caer en la peor de las decadencias de la vida bohemia y hasta entonces no habían movido ni un dedo por mí. Meterme en un manicomio tampoco era un gesto demasiado amable por su parte, pero era algo. Yo mismo quería huir del estilo de vida entre fiestas, enfermedades y vinos que estaba teniendo en la gran capital. El problema estaba en que no sabía cómo escapar de allí. Me sentía en una espiral en la que nadie se preocupaba por mí y en la que rodaba solo, pese estar rodeado de gente. Tuvieron que venir esos padres a los que guardaba tanto rencor a rescatarme para que consiguiera salir del agujero.
¿Te preguntas por ese maldito criado del que me enamoré? Ese pedazo de porquería se escapó con el rabo entre las piernas a las dos semanas de llegar a Barcelona. No me dejó ni una carta en la que explicase las razones por las que se iba de mi lado, simplemente, se fue, dejándome conmigo mismo. En un primer momento no me importó. Tenía mi grupo de amigos, con el que salía de copas todas las noches y con el que llevaba unos días de excesos. Lo malo pasó cuando empecé a enfermar cada vez más, con más frecuencia, y no encontraba a nadie que quisiera hacerse cargo de mí. Dejé que mi cuerpo se destruyese, me daba demasiado miedo ir al médico por lo que pudiera decirme. Perdí el sentido de la dignidad, de la vergüenza, de todo. Salía a correr en bolas por las Ramblas a cambio de una moneda, tuviese estampado el número que fuese.
El manicomio no era la solución. Mis padres no querían una solución, solo querían deshacerse de mí. Me quedó muy claro que enrollarme con alguien del servicio había sido la razón de mi condena. Lo leí en los ojos de mi padre al verlo entrar en la buhardilla en la que estaba enterrado. Como que no estaba convencido de lo que había visto miré a mi madre, que venía detrás suyo. En sus ojos llorosos lo confirmé.
No había tenido la oportunidad de contactar con ninguno de los dos en seis años, ni siquiera en fechas especiales, como Navidades. Su visita fue una sorpresa tan grande que dejé que me arrastraran hasta el coche en el que iban a traerme aquí. Igualmente estaba inmovilizado. Igualmente me salía espuma por la boca sin querer. Igualmente mis mocos se mezclaban con esa espuma. Igualmente… ¡Nada! ¡Igualmente nada!
Eso era lo que quedaba, a fin de cuentas. Nada. N-a-d-a. Con todas sus letras.
Había sido manoseado por mi familia, por un criado, por la sociedad barcelonesa… ¡Era tan débil, y todos ellos tan crueles…!
En cuando mis padres hubieron acabado de firmar los papeles de mi ingreso en ese manicomio desaparecieron. Oí el ruido que hacía su Rolls-Royce mientras se alejaba. Cuando tenía seis años jugaba a conducir una reproducción en pequeño de ese coche por la finca del castillo. Nunca había echado tanto de menos mi infancia. Mejor dicho: echaba de menos cualquier momento anterior a mi ida del castillo. 
Por cierto, en la universidad solo duré tres meses. Me expulsaron por mear en los zapatos de un catedrático durante una de sus exposiciones. Los veía muy sucios.
Me llevaron a una sala de espera en la que estuve cerca de dos horas, sin nadie que me dijese qué ocurría ni qué iban a hacer conmigo. Luego, me entregaron una caja con una bata gris de hospital y unas zapatillas de pelo también gris. Sabía que no merecía la pena oponer resistencia, así que me dejé llevar. Si la cosa fluía seguramente conseguiría morir sin demasiado sufrimiento, o esa era la idea en la que me refugiaba.
Un tipo que iba vestido como un portero se me acercó y me ofreció unas manillas. Dije que no las necesitaba, que no era de esa clase de locos. «Yo soy de los que no arman mucho alboroto», bromeé. Entreví una sonrisa en sus labios que rápidamente cayó. A él le daba igual. Me las puso en un plis-plas, sin que me diese cuenta
Me cogió por un brazo, con una suavidad que me sorprendió, y me llevó al patio trasero de aquél edificio. Allí esperaba un coche que tenía de funerario lo que también tenía de elegante. El interior, sin embargo, no era muy bonito. Alguien había clavado las uñas en los asientos de atrás, y alguien otro había terminado la tarea, sacando del todo la espuma que había dentro del cuero. En los cristales (tintados, por supuesto) habían gotas de polvo. ¡Qué asco me daba todo eso! ¡Yo estaba acostumbrado a la limpieza y perfección de la vida real! ¡La vida de una familia real, gobernadora de unos terrenos sin nombre!
El trayecto fue demasiado largo para mi gusto, aunque mi gusto ya poco importaba. Los paisajes por los que pasaba me servían de distracción. Si en ese momento hubiese reflexionado sobre lo que estaba pasando seguramente habría preferido dar un empujón al chófer y dejar que el coche se estampara contra algún árbol de los alrededores.
Cuando el coche se detuvo ya había anochecido. El chófer cogió el último cigarro de la cajita metálica que tenía puesta sobre un cenicero. Abrió la puerta y la volvió a cerrar, sin decirme absolutamente nada, como si no fuera más que un trasto que se descuidaba en el asiento trasero. No había tenido la oportunidad de entablar conversación con él. Quedarme callado era lo mejor que podía hacer.
 Giré la cabeza hacia la ventanilla y vi una enfermera que me saludaba desde fuera. Su expresión era severa, y debo decir que la sonrisa que fingía con tan poco arte me parecía muy siniestra.
Bajé la ventanilla, para así verla mejor, y en un abrir y cerrar de ojos me encontré sus ojos a un metro de mí. «Bienvenido al centro de descanso y recuperación del Berguedá, señor», dijo, alargando su fea sonrisa. Me había parecido reconocer algunas montañas de camino a allí, pero no me había atrevido a preguntarle al conductor. Era como suponía. Estaba en el Berguedá, la comarca a la que mi familia iba a veranear cuando era un niño. Cerca de allí debía estar la mansión rural en la que pasé los agostos y julios de mi tiernísima infancia. Tan tierna que al cocinarse se había chamuscado un poco por encima.
Se entraba al edificio por una grandísima puerta enmarcada con flores de roble. Por las paredes de los pasillos todo eran cuadros modernistas. Lo malo, lo horroroso, empezaba unos pasos más allá. Al cruzar la segunda puerta uno dejaba las pinturas atrás para toparse de frente con la realidad del lugar: chalados caminando como zombis, gritos que traspasaban los muros y enfermeras de aquí para allá. El movimiento no acababa hasta que el timbre de las ocho sonaba y a todos los internos se los obligaba a volver a sus habitaciones. Eso es algo de lo que enteré más adelante. Por entonces lo único que sabía era que a esa cuadra de caballos idos de cabeza la tenía que llamar «hogar».
— El mal rollo puede cortarse con un cuchillo, ¿eh? — me comentó la enfermera, que había estado encima mío desde que había entrado. Tal vez no era tan estúpida como parecía.
Me enseñó el cuarto en el que iba a vivir (o mejor dicho: dormir. Se prohibía a los internos pasar los días en sus habitaciones, para así evitar que se recluyeran en sí mismos) y también algunas de las instalaciones. Las que ‘se olvidó’ de mostrarme eran las que nadie quería visitar, aunque todos acababan haciéndolo. Las celdas de aislamiento para los que crearan problemas, la cocina, los baños comunes…
Los primeros días fueron en los que más sufrí y me aburrí. No había nada que hacer, ni tampoco nadie a quien ayudar. No había terapias en grupo, juegos que estimularan los sentidos de los internos, actividades a las que pudieran apuntarse… En poco tiempo deduje que lo que allí hacían era encerrar a las personas, no buscarles una cura. Y es que era bastante lógico. Si hay locos, ellos los cuidan y cobran. Si no hay locos, ellos no tienen de quién encargarse y no reciben nada. Se podría decir que esos tarados sostenían la economía de unas cuantas enfermeras, enfermeros y psicólogos del tres al cuatro.
Pasó enero y ni siquiera me di cuenta. En todo ese mes nadie había ido a visitarme, ni había recibido noticias de mis padres. Durante esos treinta días (en realidad fueron veintitantos, ya que había llegado días después de Año Nuevo) no hubo momento en que dejase de pensar en el exterior. Lo añoraba tanto… Deseaba con tantas ganas volar de vuelta al pasado…
Al octavo día la misma enfermera que me había dado la bienvenida me obligó a salir de la habitación en la que me había quedado día y noche. No sabía cómo malgastar mi tiempo, y por ello prefería pasarlo estirado en la incómoda cama que me habían dado.
Fui a los jardines. Todo mi cuerpo me rogaba que tomara aire fresco, pero me había negado a hacerlo. Tenía el presentimiento de que algo malo ocurriría si lo hacía. Que algún interno me atacaría, o que me desmayaría… no sé. Con el tiempo me di cuenta de que las personas que estaban allí eran inofensivas. Molestas, sí, pero incapaces de acabar ni con una mosca.
En el patio delantero había un banco despintado en el que nadie se sentaba nunca. Los muros de protección del manicomio escondían el paisaje, pero si se levantaba mucho la vista hacia arriba podían llegarse a adivinar las puntas de las montañas cubiertas de nieve. Me solía subir a ese banco y ponerme de puntillas. La única manera de ver la libertad. Tan cerca y tan inalcanzable.
Tuvieron que pasar dos semanas más para que empezara a relacionarme con los locos que también vivían allí. El primero que conocí fue J., un tipo calvo, sin cejas, que babeaba constantemente y se tiraba pedos aún más constantemente. Creo que era el único con el que se podía conversar por lo menos hasta que le daba uno de sus brotes de ansiedad.
La segunda persona que conocí fue a Jean, un francés con muy mala leche que aparentemente no tenía ningún problema. No me atreví a preguntarle por los motivos que le habían llevado allí en ningún momento. Era tan frío y atractivo que… que se me helaba la sangre al hablar con él. Tenía muchísimo carisma, y parecía bastante sano. Tal vez su tez era más blanca de lo común, pero eso no tenía mucha importancia. Lo compensaba con una figura atlética y sexy. Me contó que él venía de París, por eso su acento sonaba tan extraño. Había aprendido catalán en los tres años que llevaba viviendo en el manicomio y ya lo dominaba más que yo. También me explicó que él tenía sus amistades allí dentro.  «Josep, Eduard y André. Te los presentaré esta misma tarde, si te apetece. Josep es el que ha estado aquí más tiempo.» me dijo.
Quedamos en encontrarnos bajo uno de los olmos del jardín trasero en cuando el sol quedase detrás de los muros grises y las farolas se encendiesen. Como que no había relojes nos teníamos que guiar por hechos como la encendida de luces, el amanecer, o las horas de cena, almuerzo y desayuno.
Josep era un chico guapísimo de cabello rizado, rubio y esponjoso. Le caía por los hombros y le servía para ocultar sus orejas de elefante.
Eduard, por otro lado, no era demasiado apuesto, pero su voz tenía un no-sé-qué grave y cálido que la hacía mágica. Una particularidad que me hacía mucha gracia de él era que cuando no sabía con qué comparar algo, decía: «como… como… como una ninfa de color azul travestida». No tenía ningún sentido, pero lo decía tantas veces y en tantas ocasiones que acababa por parecerme lo más tronchante del universo.
Por último, André era el mayor. Debía tener unos treinta y cinco años, aunque aparentaba más por lo canoso de su melena y las horribles bolsas que habían caído bajo sus ojos. Eso sí, tenía unos labios brasileños, hinchados, de esos que parecen almohadones para animalitos y que tienen que saber tan, tan bien.
 Todos llevaban la misma bata gris de hospital que yo. Como que no llevaban nada debajo (ni yo tampoco), al girarse se les veían la espalda, las piernas, y todo lo que pudiera verse. Oh, hay algo que me olvidado de mencionar y que es bastante importante. Los cuatro llevaban los ojos vendados con unas cintas gruesas y blancas, atadas por la parte de detrás. Por ese motivo caminaban con un poco de torpeza, guiándose con unos bastones marrones de empuñadura de madera. Me comentaron que pidieron a la dirección unos bastones con empuñadura de oro, pero se negaron a comprárselos. Una vez, pensando en el por qué debían llevar esas cintas, les dije:
    Tiene que ser muy jodido ver siempre en negro, ¿no?
    No vemos en negro. — me respondió Jean.
    ¿En serio? ¿Entonces, qué veis?
    Rojo.
    ¿Rojo? ¿El color rojo? — y entonces esbocé una sonrisita burlona.
    No, el rojo no es un color. Para nosotros no lo es. Es la sangre del color blanco.
Parecían cuerdos, por lo menos tanto como cualquier persona que se pudiera encontrar por la calle. ¿Raros? Yo no los llamaría raros. Eran más bien… poéticos.
Toda la siguiente semana la pasé en su compañía. Hablábamos de nuestras vidas fuera de allí, de nuestras aficiones y nuestras vocaciones. Jugábamos a imitar acentos y al ajedrez, con un tablero al que le faltaban la mitad de las piezas. Teníamos que echarle imaginación.
Eduard me explicó que ‘en la realidad’ él era miembro de una editorial francesa llamada Gallimard. Le hablé de mis poemas y mis relatos, y le recité unos cuantos que me sabía de memoria. Le encantaron. Empezamos a hacer planes para cuando saliéramos de allí: que si una tirada de doscientos ejemplares, que si entrevistas en las revues más de moda… Éramos conscientes de que nunca saldríamos de allí, sí, pero se tiene que admitir que era más divertido pasar el tiempo creando fantasías y soñando que hundido en la realidad.
Me fue más fácil aprender a convivir en ese mundo estando con ellos.
Sin embargo, había sabido en todo momento que algo que ocultaban. Se les veía en las intenciones, su forma de tratarme, las veces que desaparecían sin dejar rastro y volvían como si nada al cabo de unas horas…
Tuve que demostrarles mi confianza contando secretos que nunca había contado a nadie y dedicándoles todo mi carisma, cabeza y actitud. Se ponían de mal humor cuando no les escuchaba o parecía despistado mientras hablaban.
En marzo, llegó el día en que decidieron contarme su verdadera historia, la que tenían en común y que tanto temían que se supiera.
 «Quentin, ¿te hemos explicado ya nuestra historia?», me dijo Jean, fingiendo sorpresa. Negué con la cabeza. Continuó hablando Josep: «Bien. Entonces creo que yo debería explicártela, ya que soy el más dado de los cuatro a contar historias.
¿Sabes algo de brujería, Quentin? ¿No? Pues deberías. Me sería más fácil explicártelo. Sea como sea, no te culpo. Solo un cero coma muchos otros ceros por ciento de la población sabe de brujería. Nosotros cuatro llegamos a este sitio por caminos distintos, ya lo sabes. Antes de entrar en este sitio no nos conocíamos. Pero tampoco profundizaremos sobre eso ahora, que el pasado no nos interesa. La cuestión es que cuando nos conocimos nos dimos cuenta de que teníamos algo en común: éramos los más cuerdos del lugar. Éramos los únicos capaces de pensar sin babear, poner los ojos en blanco o sufrir un ataque de ansiedad. Coincidimos en que éramos los más cuerdos y en que estábamos dispuestos a amarnos. » En este punto los cuatro cruzaron sus miradas, con una complicidad que me mosqueó. Siguió Eduard: «Un día, en la biblioteca del manicomio, encontramos unos libros que alguien había escondido dentro de otros tomos. Eran muy delgados, como fascículos, pero, entre todos, debían reunir unas cuatrocientas páginas. En esos libros se contaba la verdad sobre la brujería… O tal vez no era la verdad, no sé. Nunca tuvimos la oportunidad de demostrarlo. En esos libros se decía que la verdadera brujería, la que tenía que ser tomada en serio, solo podía practicarse siendo consciente de que se estaba practicando la ‘verdadera brujería’. Puede sonar un poco confuso. También a nosotros nos lo pareció. Nada de escobas, nada de aquelarres, nada de esas historias que los artistas y escritores han alimentado. Uno se convierte en brujo cuando es consciente de que se está convirtiendo en un brujo, cuando es consciente de que la verdadera brujería existe y conoce lo que en esos libros se cuenta. La raíz es muy filosófica. Repito por última vez, por si no me has acabado de entender: si eres consciente de que eres un brujo, serás un brujo. Si eres consciente de que puedes transformarte en el árbol que estás mirando fijamente, lo harás.» Esta última parte no acababa de quedarme clara, pero me negaba a pedirle algo más detallado. Me había estado tratando como a un tonto desde que había empezado a hablar. Eduard era con quien menos había congeniado hasta entonces. «Eso es todo. Si quieres convertirte en algo, sea algo vivo, muerto o inanimado, tienes que ser consciente de que eres un brujo, y, luego, ser también consciente de que puedes hacerlo. Ahora que te lo hemos contado tienes tres opciones: creértelo, no creértelo o no creértelo e ir a la cocina a por una manzana. » Preferí creérmelo a quedarme sin ningún amigo. Hasta entonces esos cuatro chicos eran los únicos que no me habían abandonado en ningún momento. Sentía que no podían mentirme. Además, hablaban con tanta seguridad, parecían tan convencidos de lo que decían… « ¿Por qué dudar de ellos? » me dije. «Hasta ahora no te han demostrado ser unos idiotas. »
Ahora que sabía un poco más de ellos estaba en mejor sintonía con sus cabezas, pensamientos e ideas. Ya no tenían por qué esconderse de mí durante horas para hablar de sus asuntos X. Había pasado a formar parte de su grupo. A partir de entonces, para definirme a mí mismo, utilizaría tres palabras: poeta, fracasado, brujo.
Solíamos escondernos en la capilla del manicomio, detrás del gran retablo del fondo. Esta me recordaba a la del castillo de mis padres. Tan grande, tan mágica… Era la única sala en la que me sentía realmente yo. En todas las otras era como un extraño invitado al que sus anfitriones habían secuestrado.
En el fondo de la capilla, detrás del retablo en el que nos escondíamos, había un genial vitral con piezas azules, naranjas y blancas. La capilla había sido construida en la última planta del edificio, por lo que desde allí podía ver los campos y bosques que rodeaban el recinto. Si miraba por los trozos azules todo cobraba un color más enfermizo (siempre me había llamado a mí mismo ‘el primer fan de Picasso que se llama a sí mismo fan de Picasso’), y si miraba por los naranjas todo se volvía cálido y amistoso. Tocaba esos vidrios con las manos. No eran muy gruesos, con un puñetazo bastante flojo podrían romperse… Pero no podía hacerlo. Nunca actuaba por impulsos. Habría sido demasiado estúpido hacerlo.
Las enfermeras nunca entraban en la capilla. Estaban demasiado ocupadas como para hacerlo ni para revisar que nadie se escondiera allí, como nosotros. Era nuestro lugar sagrado. Allí conversábamos, discutíamos y nos besábamos.
Ellos tenían un defecto, y es que eran muy envidiosos. Tal vez las personas más envidiosas que jamás había conocido. Cuando un enfermo le saludaba a uno, pongamos por ejemplo… Pongamos por ejemplo que Jean y Eduard iban paseando por el patio y un interno saludaba a Jean y a Eduard no. Eduard, inmediatamente, se enfadaba, y, aunque no exteriorizase su enfado, se volvía hostil y desagradable con Jean. Esa actitud le podía durar días, y no me equivoco al decir que pasaba lo mismo con todos. Si alguna vez discutí seriamente con alguno de ellos fue por esa envidia tan descontrolada que en el momento menos pensado les atacaba. Josep llegó a cruzarme la cara por haberle dado dos besos seguidos a André y solo uno a él. Era algo ridículo, pero podía soportarse.
Las estaciones pasaban con una rapidez que me parecía sorprendente. Había dejado de estar enfadado, ya no guardaba ningún rencor a nadie, no necesitaba odiar. Tenía una nueva familia, la que nunca antes había podido tener.
Un día de marzo, en 1999, es decir, cuando ya hacía más de un año que estaba allí, una de las enfermeras me anunció que se estaba considerando el darme el alta. Brinqué de alegría por no echarme a llorar. Sí, quería irme, pero, a la vez, no quería abandonar a esos chicos, los únicos que me habían amado con sinceridad. Era una contradicción en todos sus términos, y yo estaba atrapado en ella.
Preferí no comentarles nada del tema. Como que la decisión aún no estaba tomada cabía la posibilidad de que acabase quedándome allí.
Al cabo de unos días me confirmaron que iban a darme el alta. Era oficial.
Empaqué mis trastos en un visto y no visto. Podría irme al día siguiente por la mañana. No sabía dónde iría, pero eso daba igual. Tenía que salir. Estar fuera cuanto antes posible. No había dejado de querer a esos chicos ni una pizca, pero valoraba más mi libertad que la amistad que tenía con ellos.
Estaba acabando de cerrar una de mis maletas cuando Jean entró en mi habitación. De un salto se echó sobre la cama, sin fijarse en lo que estaba haciendo. Al darse cuenta de que estaba preparando mis cosas los ojos se le abrieron como naranjas. Me preguntó que qué estaba haciendo. « ¿Van a trasladarte de cuarto?», me preguntó, aunque creo que ya intuía la que iba a ser mi respuesta. «No, no es eso», le dije «Es que van a darme el alta. Me lo han anunciado hoy mismo. ¡Estoy ilusionadísimo!». Lo último claramente sobraba, pero lo había dicho sin pensarlo dos veces.
La vena que tenía en el lado derecho de la frente se le fue hinchando. Llevábamos unos veinte segundos en silencio, que se me habían hecho eternos. No me atrevía a mover ni un músculo. La tensión entre los dos se había ido acumulando, y ahora pesaba tanto como debe pesar una de esas nubes grises de tormenta. Se le llenaron las vendas de los ojos de lágrimas y, justo en el momento en que cerró las pestañas y las lágrimas cayeron sobre la moqueta, se abalanzó sobre mí. Me abrazó como nunca antes me habían abrazado. Fue dulce, muy dulce, realmente dulce.
Cuando iba a separarme de él noté que hacía más fuerza de lo normal, como si no quisiera dejarme. Forcejeé unas cuantas veces, pero no se apartaba. Entonces me di cuenta de que el abrazo había pasado a otro nivel. Estaba tratando de asfixiarme. Sin que me hubiese dado cuenta había llevado sus manos a mis brazos, y de allí había pasado a mi cuello. Entonces lo apretaba con la rabia de un asesino en serie. Sus labios ya no eran nada tiernos, ni sus respiraciones, ni nada. Traté de mentalizarme de que ya no estaba delante de un amigo, un hermano o un padre: estaba delante de un loco en pleno ataque de ira. En menos de medio segundo metí mi mano por debajo de su bata y, al notar sus testículos, tiré de ellos. Gritó. Yo también lo hice, pero con un tono más agudo y femenino.
Me giré, esperando encontrarme la puerta abierta, pero me equivocaba. André estaba allí, espiando la escena con esa sonrisa que me sacaba de quicio. Estaba entre lo sarcástico y lo amable, y por eso no me gustaba. Me confundía. No sabía si se estaba riendo de mí o si estaba intentando ser amistoso.
Desde que le vi supe que sus intenciones no serían buenas. Se le veía a venir.
Yo era el que había llegado último al grupo. Supuse que en ningún momento había dejado de ser el intruso que se había entrometido en sus asuntos, aunque en realidad fuese Jean quien me introdujo en su mundo.
A continuación entró Eduard, que había estado escuchando lo que ocurría desde su habitación (estaba a la izquierda de la mía). Era el que más disfrutaba con aquello. Se le notaba.
Me arrinconé en una esquina, en posición defensiva. Estaba perdido. Iban a matarme, lo sabía, y, en cuando lo hicieran, me partirían en trocitos y los esparcirían por los rincones menos pensados del manicomio. No me conocía sus métodos, pero aún así eran muy previsibles. La locura que nunca había visto en ellos ahora brillaba, como si siempre hubiese estado allí, y yo, tan tonto, ni la hubiese visto.
Lógicamente ellos no podían verme. Se guiaban por los ruidos que oían, lo que su olfato les decía y lo que alcanzaban con las manos. Encima de mi cabeza había una estantería con un radiocasete averiado, dos libros y una caja de bombones que había robado a una de las internas que recibían visitas unos días antes. Cogí un bombón sin dejar de mirar a mis adversarios y me lo llevé a la boca. Lo mastiqué tres veces, y entonces lo escupí contra el suelo, lejos de mí. Los cuatro se lanzaron sobre el escupitajo y, aprovechando la ocasión, cogí el radiocasete y se lo lancé a la cabeza a Jean, que era el que tenía más cerca. Mala suerte, cegato.
Eché a correr por los pasillos del manicomio, sin saber a dónde iba a esconderme. Poco después oí los pasos de esos cuatro tarados a mis espaldas. Mis dientes crujieron de rabia. ¡Debería haberlos encerrado en la habitación, en lugar de dejar la puerta abierta!
Aceleré la marcha, y ellos hicieron lo mismo. Al oír nuestras fuertes pisadas sobre la tarima de los pasillos los internos salían de sus habitaciones, extrañados, y al vernos correr reían, gritaban y se entusiasmaban. « ¡La persecución del año!», exclamó uno.
Fue un milagro que no me cruzase con ninguna enfermera, ni ningún encargado. A las cinco de la tarde todos estaban o bien en el patio haciendo ejercicios de aeróbic (los habían incorporado al programa del centro hacía unas semanas) o bien en la secretaria, rellenando formularios y organizando el papeleo.
Subí por las escaleras centrales al tercer piso, es decir, el último. Allí solo había el trastero, la capilla, y las celdas de los que peor se comportaban.
Oía lamentos, gritos, lloros, y, entre todos ellos, los jadeos de los cuatro brujos que iban a por mí. Traté de entrar en la capilla sin que ellos me viesen, pero me fue imposible. Creo que nunca había corrido tanto como entonces.
Crucé toda la capilla, pasando entre los bancos, por debajo del altar, para terminar llegando delante del vitral. No lo pensé dos veces. Adelanté la cabeza y lo crucé, haciendo estallar unos fuegos artificiales hechos solo con cristales de colores…
Creo que estuve una hora en suspensión, tal vez más. Los siete segundos que pasé en el aire fueron lentos, maravillosos. Llegué a creer que, en cuando estuviese a punto de tocar el suelo, unas alas se desplegarían de mis espaldas y me harían volar. No fue así, pero tampoco fue para tanto. Caí sobre un arbusto, me arrastré y, en cuando pude, me incorporé. Al levantar la cabeza vi que delante de mí había la parte exterior del muro. ¡Estaba afuera! ¡Había conseguido salir! ¡Nunca la libertad había tenido tantos cortes como los que los cristales me habían abierto en la piel!
Un bosque grande y por el que cientos de pinos habían crecido se extendía delante de mí. Solo me faltaba correr algo más en la dirección contraria al manicomio y lo habría logrado. No tenía ni dinero, ni mis maletas, ni nada, pero, después de haber vivido tal experiencia, era capaz de sobrevivir sin todos esos ‘lujos’.
Flexioné mis piernas para comprobar que todo estaba en su sitio, y en ese momento oí cómo un bulto, detrás de mí, caía desde el tercer piso, el mismo que yo.
André no fue tan afortunado como yo lo había sido. Cayó sobre el suelo, duro y real. Empecé a correr antes de que los otros tres también bajaran. Estaban demasiado confusos como para ir por separado, así que se esperarían los unos a los otros. Sin embargo, no me sirvió de mucho. Ellos eran mucho más atléticos, y en dos minutos me hubieron alcanzado. Pronto me di cuenta de que para encontrar el fin de aquel bosque seguramente tardaría cerca de medio día al paso que iba. No había tenido en cuenta que el manicomio estaba completamente aislado. El pueblo más cercano suponía que era Berga, la capital de comarca. Ese era mi objetivo, ese precioso pueblo rural en el que había jugado tanto en los veranos de mi infancia. Después, cuando llegase, tomaría un bus a Girona, y, en cuando estuviese allí, iría al encuentro de un buen amigo que vivía en la ciudad. Trabajaba como pintor y tenía muy buena reputación por Cataluña, así que lo más seguro es que no tuviera problema en alojarme por unos días. Todo esto lo iba pensando mientras corría. Lo planeaba entonces para no pensar en lo cansado que estaba.
Llegué a un punto en el que me vi incapaz de seguir. Tenía un pino delante, y no creí que pudiera esquivarlo. Me tiré al suelo, agotado, y, con los ojos entrecerrados, vi cómo Josep, Jean, André y Eduard se acercaban. Uno de ellos (no conseguía distinguir quién era) llevaba un martillo en la mano, otro, una piedra, y, los dos que quedaban, trozos grandes de los cristales del vitral. Estaban a cinco pasos de mí cuando decidí probar algo. Cerré los ojos y me dije a mí mismo: «Soy consciente de que soy un brujo, un brujo de verdad… Y es más, también soy consciente de que ahora soy consciente. Soy consciente, también, de que puedo convertirme en lo que veo, y, por lo tanto, quiero convertirme en lo que vea al abrir los ojos. Soy consciente de todo ello, y, al serlo, me hago más poderoso de lo que sería al ser consciente de ser un simple humano.» Y entonces, abrí los ojos. Eduard, delante de mí, dibujó una maléfica sonrisa en su rostro. Lo siguiente que noté fue un duro golpe metálico en mi sien. Había sido seco y preciso. Los brazos me flaquearon y quedé tumbado en el suelo.
Me vi a mí mismo muerto, con la cara cada vez más azul y el cuerpo encogido. No entendía cómo podía estarme viendo a mí mismo. Me di cuenta en ese momento de que todo ese rollo de la brujería había sido un cuento chino, y que me habían engañado desde el principio como… como… como a una ninfa de color azul travestida. 




OBRA DEL ALEMÁN LOVIS CORINTH.

4 comentarios:

  1. Molt bó Xavier! ets un artista, continua així

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  2. Me he reído, aburrido, alegrado, entristecido y excitado con éste relato. ¡Eres el mejor!

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  3. Me ha gustado mucho este relato. Me encanta leer historias en las que no te esperas lo que va a pasar.Sigue así!

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