viernes, 11 de octubre de 2013

(Relato ficticio) Barco que pierde el norte



I: El sueño

El cielo aparecía con el mismo azul que las olas del océano. Debían ser las siete de la mañana, o todavía más pronto. A través de uno de los ojos de buey veía el puerto de la ciudad. Parecía Delft pintada por un Vermeer al que los colores claros se le habían agotado y se había visto obligado a recurrir a los más marinos que quedaban, incrustados, en su paleta. Se oían, en la lejanía, unos golpes metálicos que anunciaban la entrada del barco, dentro del que Niño Éluard viajaba.
El paisaje se convertía, por la suciedad del cristal, en la acuarela hecha por algún artista de pinceladas bruscas. Las casas que rodeaban el agua habían sido coloreadas con blancos y castaños, cremas y anaranjados de lápiz pastel.
A Éluard le excitaba el balanceo del barco, y si a esto se le añadían la calma y las suaves luces de la mañana más madrugadora puedo asegurar que estaba empalmado.
Giró la cabeza y observó detenidamente el camarote en el que se encontraba. A primera vista se diría que tenía algo de peculiar, pero se tardaban unos pocos segundos en distinguirse. Las paredes eran de blanco marfil y el suelo, una tarima muy oscura. En la sala no había nada, absolutamente nada, excepto una bañera de mármol. Estaba en el centro del cuarto y el movimiento del barco hacía que la leche y la espuma que había dentro se fueran colmando.
De su interior asomaba una cabeza. Una calva con manchas marrones, azules y algún que otro pelo blanco. Era su abuelo, un anciano alto y atlético, de piel oscura, consecuencia de haber pasado horas y horas debajo del sol a lo largo de setenta años. Cuando se dio cuenta de que su nieto lo estaba observando le invitó a acompañarle. « ¿Por qué no? Si hasta ahora no ha habido casos de abuelos pederastas, dudo que el mío vaya a ser el primero», pensó, y se desnudo en menos de veinte segundos.
La leche estaba aún caliente. El roce de sus piernas con las peludas de su abuelo le gustaba, le hacía sentir como si una criatura abultada y con flagelos lo acariciara. 
De repente, entró por la puerta una bandada de ciclistas. Vestían trajes plateados y muy ajustados, plastificando, así, sus cuerpos.
Niño Éluard cogió el palo de golf que había anclado a una de las patas de la bañera y atacó los ciclistas, a bastonazos.
Tiró a unos cuantos al suelo, jodió las bicicletas de tantos otros, y también llegó a golpear la cabeza de algún desafortunado. Mientras tanto iba gritando algo: « ¡Malditos ciclistas! ¡Siempre molestando! ¡Sois unos pesados!», y es que, ¿a quién no le molestan los ciclistas, salvo a ellos mismos? Con esa vanidad atlética que ocultan detrás de sus gafas de sol… Creídos e inútiles. He visto ovejas con más gracia que esos tipos.
Volvió a estirarse. Cerró los ojos y pensó en lo que había hecho. Imaginó a los que había herido y se sintió satisfecho como nunca lo había estado.
Desde la puerta de la habitación dos sombras habían visto toda la escena. Eran una pareja de andróginos pálidos, los dos vestidos con camisones de color terracota. Sus caras no mostraban asco, más bien parecían divertidos, hasta cierto punto deseosos de unirse a la escena que representaban él y el padre de su padre. Una esponja flotaba en la leche. Alguien tenía que cogerla y lavar su espalda con ella, pero nadie lo hacía. Que deje de leer quien no quiera comprender la importancia de ese nadador, bebedor de leche inanimado.
Al abrir los ojos de nuevo se dio cuenta de que ya no estaba en su sitio, sino en el de su abuelo y que, delante suyo, no había nadie. Notó sus manos más arrugadas de lo que deberían estar y se las miró. Estaban llenas de pecas y pelos, al igual que sus brazos. Sus pechos estaban más caídos que de costumbre, y, en general, sentía todo su cuerpo mucho más pesado. Al mirar hacia el cristal del ojo de buey del camarote gritó. Se había convertido en su propio abuelo.
Empezó a respirar más y más rápido. Parpadeaba también con mayor rapidez. Todos sus huesos, ahora entumecidos, le temblaban. Reflexionó un momento y pensó en que, quizás, se había dormido, y que eso era parte de su sueño, un sueño lúcido de esos sobre los que había leído alguna novela o ensayo.
Pero no, los horrores no han acabado, la historia sigue y, con ella, la irreal tensión en la que ha seguido durante líneas, párrafos, comas y adverbios.
Iba a darse una bofetada en la mejilla, para ver si así despertaba, cuando se atravesó a sí mismo. La mano traspasó la piel, las dientes, y salió por el lado contrario. Podía dejar de preocuparse, ya no era su abuelo, ahora solo era un holograma de su abuelo metido en una bañera de leche, espuma y mármol.

II: El texto

Habrá idiotas que insulten el relato y a su autor. No han entendido nada.
Antes de escribir el texto decidí dejarme empapar por el surrealismo. Abrí los agujeros de mis orejas y escuché al subconsciente.
Lo que he narrado es un sueño que tuve a principios de otoño. Cuando desperté me emocioné: había conseguido la materia prima para una obra surrealista, algo a lo que André Bretón o Louis Aragon pudieran dar su aprobado.
También me planteé escribirlo con el método de la escritura automática (es decir, pegar en el papel todo lo que me viniera a la mente, sin pensar en si era algo inmoral, ofensivo…), pero no tuve el valor suficiente para hacerlo. Para mí, rectificar un texto literario es necesario para que se convierta en algo puro.
Me encantaría saber la opinión de Sigmund Freud acerca del relato, así que si tú, lector, mueres pronto, encárgate de buscarlo por los pasillos celestiales y, cuando lo encuentres, ruégale que baje a la tierra y me comente el qué. Por favor.





Retrato de VICTOR HUGO hecho por LEÓN BONNAT, conservado
en el PALACIO DE VERSAILLES.