(Poema) Hojarasca blanca con carboncillo




Un mechón castaño se clavaba en su ojo,
las lágrimas se mezclaban con el cabello
y su mirada, roja y vacía, ya no gritaba,
tampoco se ilusionaba, ni guardaba esperanzas.

La estampa que se veía a través de la ventana
era hecha con lápices blandos en una hoja,
con duros para la textura delgada de la llovizna
que ni se iba ni venía, estaba solo de camino.

El agua los empapaba, destruía,
y, sin embargo, su dibujante no podía hacer nada
salvo esperar a que el cielo pronto amainara
y esos bocetos, chamuscados con gotas,
le sirvieran como recuerdo de lo que un día
fue genial, y raro, y maravilloso.

Pensaba en el mediodía que había precedido
a esa tarde tan terrible de otoño.
Su musa, su prometida, le había inspirado
al descubrirse los pechos delante de él.
Luego, todo había venido como en fotogramas;
el artista boquiabierto se coloca su boina,
sale al exterior con su estuche y papeles
y se masturba sobre estos últimos, con maestría.

Ahora el artista se maldecía a sí mismo
por lo poco precavido que había sido con
todas las ideas que quedaban allí,
esparcidas en el mármol.

Si no se hubiera olvidado de ellas,
si realmente hubieran sido tan importantes,
si su descuido no hubiera coincidido con…
¡Ya da igual qué se diga! ¡Está hecho!

La lluvia se detuvo, por fin, al anochecer,
y él salió al jardín de rosas morenas, abatido.
Se desnudaba y lloraba delirantemente en el suelo,
por poco que ya le sirviese hacerlo.

Cogió con una mano un trozo de papel,
temblando con la sutileza del romántico.
Despegó sus labios y nos enseñó sus dientes,
y, entonces, devolvió la hermosa creación
a su interior, el lugar del que nunca debería
haber salido. 







AUTORRETRATO DE GEORGE RICHMOND, 1840.

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