lunes, 7 de octubre de 2013

(Microcuento) Paseantes parisinos



Pateaban los bulevares de la ciudad sin dirección ni intenciones. Llevaban abrigos marrones de piel, zapatos de punta afilada, bigotes minuciosamente recortados. Detrás de ellos venían sus caniches, animales más limpios que quienes les dan de comer. Mientras caminaban iban comentando las últimas novedades del surrealismo. Era este el movimiento al que estos dos artistas de la palabra en verso se aferraban, como el niño a la pierna de su madre.
Sus sombreros les tapaban la frente, y los gruesos puros que fumaban acababan de ocultarlos en un halo de humo gris. Yo los veía desde mi banco, con el carboncillo y la libreta entre las manos. Les oía criticar a Buñuel y añorar el dadaísmo. Uno le decía al otro que había oído algo sobre un nuevo cortometraje del cineasta aragonés. Al recibir la noticia el segundo se tiraba por el río. Prefería morir a vivir en un mundo en que su querido surrealismo fuera atacado por el séptimo arte. Sin lugar a dudas, era un alumno de la escuela del diecinueve.





OBRA DE PABLO PICASSO, EN EL MUSEO PICASSO DE BARNA.