(Relato autobiográfico) Un cuerpo cayendo



Apenas debía tener nueve años. En aquel entonces era difícil diferenciarme de los demás chicos de mi edad, todos éramos clones, todos con rasgos tanto físicos como espirituales poco definidos, sin idea alguna de qué pintábamos en el mundo, que se nos antojaba absurdo. Todavía no tengo respuestas para ello, pero tengo la certeza de que, algún día, van a aparecerse delante de mí. Y yo, como hago cuando la inspiración cruza la puerta, me arrodillaré delante de ellas y las escucharé atentamente.
Un crío gordo, estúpido, asexual y asexuado, como los niños a esa edad deberían ser, como los ángeles seguramente son. Recuerdo el peso que sentía continuamente, los sofocos, la bola de carne que se me había pegado y no me dejaba en paz. Era bastante ridículo verme caminar, parecía que fuera a perder el equilibrio en el momento menos esperado. El chico de barriga enorme, dientes salientes, como de castor, y actitud más bien alegre, ¡menudas risas sonaban a mi alrededor! Pero yo no me enteraba, iba distraído, pensando casi siempre en el mundo imaginario que Alicia y yo habíamos creado haciendo acopio de toda la imaginación que teníamos.  
En las tardes de verano solía encontrarme con Josep, Helena y alguien más. Íbamos a jugar a un parque, el más amplio y hermoso de la ciudad. Nos perdíamos por sus caminos y escondíamos nuestras sonrisas detrás de los árboles. Nos sentíamos como en una jungla habitada por la fauna más dispar de todas: la que forma la especie humana. No paseaba mucha gente por allí, pero la poca que había era fácil de ignorar, que, en definitiva, era lo importante, evadirse de la terrible realidad. Además, a veces nos servía de entretenimiento, pues, cuando empezábamos a aburrirnos, nos metíamos debajo de algún matorral y observábamos a las parejas de jóvenes que iban allí a besuquearse. Contábamos los segundos que tardaba el muchacho en despegar sus labios de los de la chica, besos que casi siempre se alargaban hasta los cinco o siete minutos, para cuando nosotros ya nos habíamos vuelto a aburrir.
Ahora, cinco años después, puedo decir que mi infancia no fue desperdiciada, sino todo al contrario, aunque no lo creyera así entonces. Me sentía muy preocupado por la muerte y la manera en que había sorprendido a algunos de mis conocidos.
Crecí entre las montañas y el poco verde de las ciudades, por lo que la palabra ‘naturaleza’ siempre había sido muy sugerente para mí. Podría decir que en ella baso parte de mi estilo, una ‘naturaleza teatralizada, surrealista y simbolista’. No en lo barroco, cargado y artificial, sino en las flores de ropa que fingen estar vivas, necesitar agua para no morir. Habrá un día en que los bosques formarán parte del decorado de leyendas o mitos, y el mundo deberá hacer, como digo, fingirlos, recrearlos, coger una superficie de hormigón y, tras rociarla de verde, llenarla con atrezo bucólico y animales mecánicos. ¡Oh, claro! Si lo miras por otro lado, quizás solo son tonterías, demasiado imposibles como para pensar en ellas. Creamos eso, ¿de acuerdo?
Durante una de estas tardes veraniegas, estaba con los otros niños jugando cuando se me ocurrió una idea brillante. En el fondo de un estanque habían las monedas que los ilusos de ciudad solían arrojar, y si nosotros nos encargábamos de recogerlas reuniríamos una bonita fortuna. Así pues, desde ese día tuvimos una nueva diversión. Con cañas intentábamos sacarlas del agua, aunque nunca lo lográbamos, siempre resbalaban y volvían a caer al agua, hasta que, cierta vez, decidí cruzar la valla que la encerraba. Teniendo los pies sujetos al hierro me fui yendo lentamente hacia delante. Iba buscando con la mirada las monedas que parecían más valiosas. Al agarrar el palo de bambú con el que iba a cogerlas me desequilibré y, entre el grito ahogado de Helena y un segundo de tensión, caí directo al agua.
Suciedad, vert, algo pastoso, polvo mojado. Todo eso entrando por mi boca mientras intentaba no ahogarme. Ellos, al borde del llanto, asustadísimos.
Cuando creía haber logrado levantarme resbalé y volví a caer. Noté las monedas acariciar mis brazos y piernas, unas cuantas colarse en mis pantalones. Abrí los ojos estando allí abajo y vi cómo el sol se reía de mí. El cielo teñido de verde y surcado por pequeñas olas. Volví a salir a flote y nadé hasta alcanzar la caña que los chicos me tendían. No podía sentirme peor. Notaba la porquería del estanque removiéndose dentro de mí.
 Pasé las tres siguientes semanas enfermo, acostado todo el tiempo. Esos fueron unos días de tristeza y dolor que no desearía ni al peor de mis enemigos… Oh, tal vez me estoy precipitando… sí, a mis enemigos sí que les desearía, a todos ellos, desde el primero hasta el último, quisiera verlos sufrir.
El doctor que me visitaba a diario había recomendado que las ventanas estuviesen siempre bajadas, para que así conciliara el sueño con más facilidad. Las pastillas que me recetaron eran asquerosas y me ponían de un humor muy negro. La piel se me escamoteó a su efecto, y entre esto y la palidez que había ido adquiriendo parecía un reptil raro.
El menú de comidas se estrechó, solo se me permitía comer arroz hervido, puré y, puntualmente, algún que otro tipo de pasta. No estaba convencido de que todas esas cosas estuvieran ayudando a mi recuperación, pero era tan consciente de la preocupación de mi madre que no me atrevía a protestar.
Las visitas se fueron reduciendo y, a la semana y media, solamente mi niñera y mi madre entraban en la habitación. No había ninguna forma de entretenerme, por lo que, en realidad, era como si estuviera en una celda de aislamiento. Si por lo menos tuviera un cuarto grande… Pero no, donde dormía era la sala más pequeña de la casa, antiguo trastero. Inconvenientes de ser el hijo menor siempre había, y no miento al decir que aún siguen habiendo.  
Para evitar que siguiera tan deprimido como estaba, mi padre me prestó tres libros que había leído en su juventud. En un principio me extrañé, no era un aficionado a la lectura, ni me había despertado el mínimo interés nunca. Le dije que los leería, para que así me dejara en paz, aunque sabía bien que no iba a hacerlo. ‘El guardián entre el centeno’, ‘El vientre de París’ y ‘Drácula’ me esperaban encima de un escritorio cubierto de polvo. Tras leer los nombres de los autores desde la cama me dormí. El guardián entre el centeno, Zola, Stoker. Salinger, El vientre de París, Stoker. Salinger, Zola, Drácula…
A los diecisiete o dieciocho días el sufrimiento se volvió excesivo. No me veía capaz de soportarlo por más tiempo. Eran los últimos días de enfermedad y, por lo tanto, también los más agudos de todos. Las noches, sobre todo, se hacían terribles. Me levantaba empapado en sudor de madrugada y por más que tratase de cagar o vomitar nada salía de dentro de mí. Estaba de parto y la criatura no quería nacer, la malaltia se había acomodado al sofá de mis pulmones y se negaba a irse por las buenas. En una de estas ocasiones la cosa llegó a tal punto que me vi obligado a buscar alguna distracción para no pensar en los duendes que me estaban perforando los muebles del cuerpo. Entonces, allí estaban, tres libros de los que me había aburrido con solo leer el título, iluminados por la lámpara de mesa. Sagrados. Viejos.
Tomé el que estaba sobre los otros. No sé qué Salinger. Desconocía la palabra ‘centeno’. Un ejemplar forrado de color verde. ¡Urgh! ¡Qué color más feo!, pensé. Tras leer con paciencia las primeras páginas empecé a acelerar la marcha, y pasé de leer media página cada minuto a dos, luego tres y cuando iba a batir mi  propia marca las hojas emblanquecieron. Me lo había pulido en pocas horas, y hasta había olvidado el malestar y las lágrimas.
Leí los otros libros con mayor avidez, sin darme cuenta de que amanecía, el día trascurría y, finalmente, llegaba la tarde. ¿Todos los libros son así? ¿Tan… originales? ¿Tan absorbentes? ¿Tan jodidos? ¿Tan reales? No me lo creía.
El sueño que tuve ese día fue más dulce que los demás. Azúcar onírico esparcido por mi cerebro. En él, me encontraba a las puertas de algo, no sé el qué, pero algo. Haciendo de centinela, un ángel con papel en lugar de piel y  vestido con una capa de ante blanca murmuraba algo que no entendía.
Hoy deduzco que lo que intentaba era darme la bienvenida, saludarme e invitarme a cruzar esas puertas, en cuyo interior estaba esperando mi Yo Lector. El Yo Escritor solo sería el reflejo de este, un reflejo alimentado por la necesidad de crear y la de dejar un trozo de XS en el suelo del planeta putrefacto. 





MALE NUDE, de ANIELLO FALCONE

7 comentarios:

  1. Que mezcla de sentimientos más hermosa me as hecho sentir

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  2. Si esos tres libros fueron los que le transmitieron el gusto por la lectura,y posteriormente por la escritura, no es de extrañar que escriba así de bien. He dado con su blog de casualidad, pero me ha gustado mucho todo lo que he leído. Mi más sincera enhorabuena.

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    1. La casualidad nos pega todos con todos, ¿no es verdad? Gracias por tu comentario.

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  3. Bellísimo!
    Seguro que volveré muchas veces...

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