(Relato autobiográfico) Gerona



Llegué a la capital del Gironès  a las seis en punto, por la mañana. No era la primera vez que visitaba la ciudad, pero iba con tanta poca frecuencia que en cuando regresaba me creaba una nueva impresión. Tal vez era esto lo que me tenía fascinado de sus calles y plazas, que, tras ser olvidadas, se me volvían a aparecer, año tras año, en todas las ocasiones el día uno de noviembre. Castañas, boniatos, algún vómito de la noche del treinta y uno en el suelo forrado de hojas caídas, así se repetía el primero de cada noviembre.
Me sería imposible describir en una página todo lo que sentía al pasear por Gerona y ver sus paisajes, era mi Afrodita convertida en ciudad, con unos pechos desbordados de agua y una imponente catedral. Mi visita anual coincidía con las fires i festes, en las que, por unos cuantos días, el lugar se convertía en el Montmartre de las tierras catalanas. No se podía dar un solo paso sin toparse con la parada de algún artista desconocido, o el puesto de venta de jabones marselleses de jóvenes vestidas con estropajos.
Atravesar los puentes que unían los dos lados de la ciudad me encantaba. Iba de una punta a otra, de izquierda a derecha y a la inversa, hasta rendirme.
Las casas colgantes sobre el río Oñar, que partía el terreno como la bala de plomo un trozo de carne, me despertaban el deseo más vivo que jamás había sentido. Al verlas todo lo demás desaparecía, y me daba cuenta de que lo que quería con más ganas era vivir en una de ellas. Eso sí, los tendederos que adornaban sus fachadas deberían arder en una hoguera delante de la emblemática leona de piedra.
Las aguas del río eran de las más sucias que había visto, pero, sin embargo, no por ello los peces dejaban de nadar en ellas, ni los pájaros de chapotear, mientras las sobrevolaban. Por su color marrón parecía que levantasen arena del desierto en lugar de agua. Recuerdo la vez que, mirándolas embobado, fantaseé con la idea de tirarme, tocarlas con las manos, los pies y el culo. Esta se repitió en San Petersburgo, donde, si no hubiera sido por una pesada mano que me agarraba por detrás, seguramente habría muerto al caer en su río. Ahogué la fantasía arrojando en el ruso uno de mis poemas, por si Neptuno podía concederme la fama que otros dioses se habían negado a darme.
Todos los años acababa mi visita con dos o tres cuadros bajo el brazo, destinados a coger polvo en el trastero de la casa de mis abuelos. En mi habitación ya no cabían. Un único clavo más en la pared habría sido suficiente para que todo se viniera abajo. Síndrome de Diógenes del delirio artístico y la recolección propia de las hormigas, para cuando llegue el invierno, el mal tiempo de los museos.
Aquel día por la ciudad se alargaba la sombra de una mañana aún no empezada, oyéndose los susurros de los viejos que salían de sus casas, yendo a buscar el pan, y de los ocells que hacían crujir sus alas para estrenar el nuevo día. Saqué los pies del coche y los ensucié en el barro sobre el que había sido aparcado. Los refregué todavía más, para que pareciera que había pisado alguna mierda, que me habían comentado que hacerlo traía buena suerte.
Luego, perdiendo a mis padres de vista, eché a andar por el camino de grava que se dirigía hacia el centro. No podía aguantar ni un segundo más sin pisar las baldosas de las que llevaba años enamorado.
La fachada principal de la catedral me dejó tan sorprendido como lo habían hecho las obras del Prado en dos mil ocho. No había cambiado, seguía tan gótico, hermoso, un poco románico. Los rosetones me recordaban a los canapés de caviar que había visto comer unos días atrás, en una fiesta, a una pareja de mujeres, de esas que te maravillan con la elegancia de su pose.
Me quedé observando el monumento durante una hora entera, sin moverme de uno de los peldaños de la escalera de la entrada. Entre la belleza de ese decorado y la música que sonaba por los auriculares que llevaba puestos, el universo se reducía a mí y a la catedral. Ah, sí, y a la voz de Edith Piaf.
A mediados de ese momento que compartí con la arquitectura gerundense tuve una visión. La catedral siendo bombardeada desde zeppelines en el nombre de los contrarios a la religión cristiana. Seguidamente, lo absurdo de toda creación de mi imaginación: hombres estampándose contra la torre adosada, pintándola con su propia sangre. Mientras tanto, en la realidad, una pareja de palomas blancas estaban follando, o tal vez peleándose, delante de esa escalera.
Cuando volví a ser consciente de dónde estaba y con quién no estaba eché a llorar. Por más que amara esa ciudad no la conocía en absoluto, y ni mis padres ni mi hermano mayor estaban allí para guiarme. ¿Dónde se habían metido? ¿O dónde me había metido yo?
Ojeé mi alrededor, pero allí no había más que vendedores de anticuario montando sus expositores y vitrinas de objetos vintage.
Decidí ir andando en dirección al ayuntamiento, donde me esperaría hasta que ellos pasaran, presos del pánico por haber perdido la joya oxidada de la familia.
Caminaba con miedo por las calles. Los adultos me parecían más horribles y grandes que de costumbre. Las caras de los paseantes se volvieron máscaras feas que reían y trataban de asustarme.
En cuando llegué a la plaça del Vi busqué refugio en el interior del ayuntamiento, donde se guardaban los gegants y una especie de drac con cuernos y cabezas de pantera a lo largo de su cuerpo.
Acaricié los vestidos de estas figuras de cartón y de inmediato me relajé. Ya no había prisas, estaba disfrutando con el tacto de esas telas verdes, rojas y doradas. Los gigantes siempre me habían parecido seres muy amables, dispuestos a defenderme. Su aspecto medieval me tranquilizaba. Si alguien me atacaba ellos desenfundarían sus espadas y cortarían cuellos.
Me apoyé en la arcada que había a la derecha del ayuntamiento y cerré los ojos, con la esperanza de que al abrirlos estuviera de vuelta a Barcelona, y que lo vivido hasta entonces hubiera sido un sueño de trayecto largo en la carretera.
A las diez menos cuarto el movimiento aún no se notaba. Las nubes de la noche no habían desaparecido, sino que se habían transformado en las grises de un día lluvioso. De pronto, oí unos pasos metálicos que se acercaban. Un hombre, vestido con un camisón blanco y maquillado con el mismo blanco que las geishas, caminaba en dirección al río. Llevaba una peluca de melena lisa, castaña, que le llevaba por las rodillas. Su forma de caminar me hechizó. Él, el andrógino que regresaba a casa después de una noche de frenesí juvenil, no era más que un cuerpo difuminado que caminaba como si la gravedad fuera mínima. Daba igual lo exagerada que fuese su pose, tenía un halo encantador que la libraba de todo defecto. Fue así como empezó mi afición por los travestís y andróginos, criaturas emborrachadas con purpurina. Tenían en sus figuras la explosión multicolor que el marrón, negro y terracota de mis jerséis odiaba. Representaban la alegría que en mis novelas nunca podría haber, un estuche de acuarelas en el que solo quedaban los colores más llamativos. Yo, inconscientemente, había sido su creador. Quizás a ti, lector, te suene como algo absurdo, ¿verdad? Que no te sorprenda que acabe este relato aquí, nada tiene un sentido ni claro ni complicado. 





 OLD WOMAN READING A BIBLE, por GERRIT DOU

5 comentarios:

  1. Me acabo de dar cuenta ahora de que te sigo en twitter y tú también me sigues, supongo que porque serás una de estas cuentas a las que seguí cuando me registré y al poco olvidé porque ni siquiera les presté atención.
    Bueno, me he dado cuenta porque he visto tu tuit sobre esta misma entrada. Y vaya, me ha sorprendido mucho. Me ha parecido realmente original, teniendo en cuenta que la originalidad es algo que hoy en día está en peligro de extinción. Sigue así, si lo haces, fijo acabarás triunfando.

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    1. La originalidad suele infravalorarse. Tres cuartos de mundo prefiere leer lo mismo una y otra vez que lo nunca escrito. Muchas gracias por tu halago, Marina.

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  2. Mira Xavier , si tienes un sueño en este mundo de mierda donde todo la gente va a pisotearte hagas lo que hagas, lucha por él .
    Yo tenia uno hace tres años , y el año que viene hara dos que lo consegui. Ahora lucho todos los dias por mantenerlo y te aseguro que si luchas con humildad y tienes fe en ti, tarde o temprano lo tuyo se vera iluminado.
    Que collons, endavant , noi !!

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    1. Tu comentario es muy motivador. Gracias, Xavi.

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