domingo, 22 de septiembre de 2013

(Microcuento) El estudio del artista



Sobre una colina, confundida con la nieve de los Pirineos, aislada de toda mirada humana, una mansión de tejado en punta se levantaba, y yo, un peregrino perdido, me acercaba a ella. La puerta estaba entreabierta, por lo que me atreví a entrar sin llamar al timbre ni avisar. Seguramente si hubiera gritado nadie me habría oído. Recorrí un largísimo pasillo de paredes pintadas de amarillo viejo sin saber en concreto qué buscaba. En el caso de que me encontrara con alguien le pediría que me dejara dormir allí por un par de noches, mientras la tormenta que andaba sacudiendo los alrededores durara.  Lo único que vi durante el primer cuarto de hora fueron goteras, manchas de humedad y mierdas de animales repartidas por el suelo. Me extrañaba que no hubiera ningún tipo de decoración. Era como un túnel interminable, sin final.
Al mismo tiempo que empezaba a cansarme de tanto caminar vi una luz al final del pasillo, por lo que eché a correr antes de que la oscuridad que se arrastraba detrás de mí me alcanzase. Finalmente, llegué a un jardín lleno de verde y cubierto por una cúpula de cristal agrietado. Temía que  pudiera venirse abajo en cualquier momento, pues a las desgracias les da por ocurrir en momentos tan negros como ese. El sitio había sido adornado con farolas del siglo diecinueve y esculturas en mármol blanco de mujeres, desnudas y puras. Tenían una peculiaridad, y es que el escultor había trabajado una flor que se abría en la vagina de cada figura, siguiendo la ley del Nunca ser Evidente, Siempre Insinuar. En el otro lado del jardín había un cobertizo. A través de sus ventanas se veían trastos y más trastos arrinconados e iluminados por alguna lámpara. Piqué con los nudillos dos veces, pero nadie respondió. Al abrir la puerta una nube de polvo se me echó encima. Retrocedí al momento, creyendo que alguien me estaba atacando, pero no, no era así. Cuando volví a abrir los ojos me di cuenta de que estaba completamente solo, y de que esa luz tal vez llevaba encendida años. También me fijé en que ese no era un cobertizo normal y corriente, sino el estudio de algún artista. En una esquina había un escritorio sobre el que una hoja y una pluma estilográfica echaban de menos a su dueño. En la esquina opuesta, un caballete con el retrato de cintura para arriba de una joven a quien unas manos robustas (seguramente las del mismo pintor) le recogían los pechos por detrás. Era una obra inacabada, muchas partes sin pintar, pero su creador ya la había firmado, como si supiera que le iba a ser imposible retomarla. Todo lo demás eran estanterías llenas de libros, cajas sobre más cajas y una silla que alguien había roto estampándola contra la tarima.
Dejé que la puerta se cerrara a mis espaldas y me acosté en el suelo. No tenía ninguna duda, ese lugar había estado esperándome. Sweet home.





PORTRAIT OF ANDRÉ GIDE, por JACQUES-EMILE BLANCHE