(Relato ficticio) El busto del ensayista



Sería absurdo negar que el escritor del que estamos hablando fue un hombre ampliamente respetado por sus contemporáneos y admirado por los adolescentes que iban a coger su relieve en el arte de la escritura en cuanto él muriese.
Cuando esto último ocurrió, con la intención de rendirle tributo, sus más allegados camaradas encargaron a uno de los escultores que trabajaban en la ciudad la construcción de un busto que le representase con todo lujo de detalles.
No escatimarían en gastos, ya que sacarían el dinero del fondo de la fundación  homónima que se había apresurado a crear semanas antes de su fallecimiento, y a la que dejó un elevado tanto por ciento de la fortuna millonaria que había acumulado en vida.  Sí, la idea de morir y ser olvidado a la salida de su enterramiento era algo que le horrorizaba, por lo que necesitaba su propia corte de seguidores a sueldo que enalteciesen su nombre a pesar de que, en esos precisos instantes, su cadáver se estuviera empezando a enfriar y su cerebro a descomponer.
El escultor que contrataron empezó a moldear lo que iba a ser una de sus creaciones más importantes la misma mañana en que recibió una parte del pago por adelantado. Indudablemente esa podría ser su obra maestra, la que le catapultase en la pirámide del arte a nivel provincial de la categoría más baja —la de desgraciado desconocido—a la segunda: conocido de oídas.
Tomó el cuchillo más largo del interior de un estuche de cuero y comenzó a trazar la forma de la cabeza muy superficialmente, sin demorarse demasiado. Una vez esto estuvo hecho cogió otra herramienta y con ella planificó sobre la arcilla la posición de todos los elementos faciales. De este modo fue transcurriendo su mañana con un radiante sol sacudiendo cada rincón del estudio, que pronto detuvo su actuación en el cielo para dar lugar a la negrura nocturna. Sin embargo, el escultor estaba tan encabezado en su tarea que no paró ni para descansar un solo segundo, su intención con tal era no retrasar su faena, como solía hacer. En verdad él era un grandísimo holgazán, algo sabido por todo el mundo, y pretendía quitarse esa mala fama de encima, puesto que se olía que aquello perjudicaba su negocio y echaba atrás a los posibles clientes.
Su talento fue descubierto por su propio padre a la tierna edad de doce años, cuando le pilló reproduciendo un óleo de Rembrandt en figura  de arcilla barata con una excepcional destreza. Ello contrastaba bruscamente con los pocos esfuerzos que aplicaba a lo que hacía y su conducta tan pasiva, deseando siempre que llegase la hora de irse a dormir para huir de aquel lugar en el que se aburría sumamente. Esta mezcla de contrariedades lo condujo a la ruina, de la que su abuelo ricachón lo rescató cuando se tambaleaba por el borde de la miseria.
Terminó su trabajo cuando el amanecer se hacía un hueco en la urbe tarragonesa, sintiéndose agotado y su saliva sabiendo amarga. Aún así, siguió perfeccionando la obra hasta que el ruido quejumbroso de sus intestinos se hizo insoportable. Salió a airearse un rato, boina en cabeza y periódico en mano. Sería difícil exigir tanto de uno mismo como él lo hizo aquella jornada. Había comprendido que a partir de entonces todo debía reducirse a una constante de trabajo intensivo y voluntad ilimitada hasta que contase con el dinero suficiente como para ganarse una jubilación anticipada, tranquila,  envidiable.
En una cafetería del centro desayunó un cruasán relleno de dulcísimo chocolate y una taza de café ardiendo, tal y como a él le gustaba.
Una vez hubo saciado el hambre que le llevaba corroyendo desde hacía unas cuantas horas regresó a su estudio particular, reprendiendo el quehacer del ceramista donde lo había abandonado treinta minutos atrás.
Lucía unas ojeras oscuras y gruesas, que parecían el reflejo de sus cejas, y también la postura de abatimiento que había tomado su cuerpo después de tal cantidad de horas sin dormir era bastante lastimosa.
Tanto esfuerzo mereció la pena, y antes de que las campanas que anunciaban las doce del mediodía se oyesen repiquetear a lo lejos él había dado por acabada la escultura.
Seguidamente la contempló dos, tres, cuatro y cinco veces, desde un ángulo y desde otro, desde arriba y desde el suelo, había creado la mismísima perfección, el ideal en piedra de lo que tantos habían buscado y nadie encontrado.
Deseó mostrársela al mundo, demostrar a cada escéptico del universo que él podía superar a los mayores del Renacimiento y a los genios contemporáneos.
Hurgó entre los estantes de la sala hasta encontrar su libreta de garabatos y bocetos, forrada con piel. A continuación, anotó en ella lo primero que se le vino a la mente sobre su creación: le regaló una decena de adjetivos y luego la esbozó minuciosamente, por si algún día desaparecía que por lo menos le quedara el recuerdo impreso sobre papel.
Durmió en el estudio improvisando una cama con dos mantas una encima de la otra. Separarse de la escultura significaría que cualquier ladrón podría usurpársela mientras él no estuviera presente.
            Aquella misma noche, cuando la aguja enana de su reloj de pared rozaba el tres en numeración romana, la ventana del estudio se abrió de par en par súbitamente, dejando acceder el helado viento de las calles. A través de ella una deforme criatura cubierta de sangre penetró en la estancia, emitiendo un terrible chillido que alertó al artista.
Este despegó los ojos y, en cuando lo vio, se escondió debajo de las mantas de angora. Mientras tanto, el ser se había colocado, encogido, sobre el alféizar. Observaba con su mirada felina al escultor, que sollozaba descontroladamente.
Era una criatura fea, grotesca y espeluznante. A la luz de la luna le resplandecían unos dientes amarillentos y afilados que asustarían hasta al más valiente de los hombres. Por otro lado estaba su cuerpo, con la misma forma del de un simio pero plagado de escamas rojas que acababan al llegar al cuello, donde un pelaje de gato persa daba comienzo y se extendía hasta la nuca, escondiendo la boca, las orejas elfáticas y la nariz angulosa pero descubriéndose en la zona de los ojos, que brillaban por un burdeos sediento de carne humana.
Después de inspeccionar el lugar, el animal demoníaco se fijó en el busto, que lo esperaba en la mesa de trabajo.
Se le acercó con pasos poco firmes y un poco desequilibrados, como si fueran los primeros, y al hallarse enfrente de la figura la acarició con sus garras desde la frente, recorriendo las sienes y acabando en la nuez.
Tosió con un tono dragontino, nada grave, para dar lugar a su discurso sobre la escultura.
— ¡Hermosísimo retrato! Ese peinado largo iniciado con un flequillo recto con matas de pelo a los lados que llegan a su fin a la altura de los hombros… Esos ojos indescifrables y llenos de enigma sin descubrir, del mismo rojo que mis vestiduras naturales… Esa nariz respingona con amplios orificios, ¡propios de los grandes catadores de vino! Esos labios sinuosos, con unos bigotes muy cargados encima… No hay duda alguna, es él, es el ensayista que murió a causa de una pulmonía y del que yo leí alguna obra. Ha creado usted una escultura magistral, de mayor calidad que las de los virtuosos de antaño, sí, sí y sí. ¡Fantástico! ¡Sublime! ¡Catastrófico…! Sin embargo, ¿cree que el mundo está preparado para tal explosión de genialidad? Vamos a ser realistas por una vez: los mediocres del negocio le envidiarán, y por ello querrán destruir su magnífica creación, y los que no son tan mediocres se verán opacados por vuestro talento, por lo que intentarán evitarle y cortar las raíces crecientes de su futura popularidad. No tiene escapatoria, señor, debe acabar con su busto.
            Ese juez convertido en demonio tenía bastante razón, pero era demasiado tarde como para tomar decisiones al respecto.
El escultor cayó al suelo, desmayado, mientras lo veía salir por donde había entrado, desplegando unas alas oscuras y raquíticas y echándose a volar por los aires de la ciudad de noche.
Le despertó una voz que cantaba a través de un gramófono que nadie había encendido, cerca de las ocho de la mañana.
   Deeeeestinoo, my heart was sad and lonely… decía la canción, que tan familiar le resultaba.
El puño cerrado y un impulso hacia delante. Hizo estallar su busto en mil pedazos minúsculos, que se escamparon por el suelo, metamorfoseándose en cucarachas grasientas y verdes, que dejaron de arrastrarse al cabo de unos pasos para caer rendidas y convertirse en gusanos cubiertos completamente por telarañas que, a su vez, se abrieron y de ellas nacieron mariposas rojas y granates, doradas y celestes. Se escaparon por la puerta de entrada, que el escultor había descuidado días atrás.
   Deeeeestinoo, seguía. I know you are my deeeestinoo
Se sentó en su taburete destartalado y volvió a comenzar. La herramienta larga como una varita mágica para moldear el contorno, la otra para los rasgos faciales… Y así, un día más se sumaba, creando con las manos embadurnadas de arcilla, definiendo las pestañas con agujas, redondeando los iris con las uñas.
El anochecer, el preludio de la penumbra más pulida, regresó puntualmente, y junto con él vino la criatura que el lector ha aprendido a amar tanto por su aspecto como por sus elocuentes palabras.
            —Buenas noches, escultor, ¿qué tienes hoy para mí?
Su aparición sorprendió de nuevo al artista, que se escondió otra vez debajo de los mantos en los que lloraría por el miedo a ser engullido.
El ser demoníaco parecía no inmutarse por ese temeroso comportamiento, él hacía su observación para, a continuación, marcharse.
            — ¡Dios mío! ¡¿Qué representa esto?! No tiene ninguna base de proporción. Los pómulos están situados donde deberían estar las orejas, y los ojos en el lugar en que una nariz tendría que ser encarnada. Deshazte de esto inmediatamente, es espantoso.
            Tras expresar su disgusto, salió de la escena, para regresar al día siguiente y toparse con una situación igual.
            — ¡Sigue siendo una chapuza! ¡En las cejas los trazos son demasiado gruesos y los labios excesivamente carnosos! —vociferó en la quinta ocasión.
            Nuestro querido escultor trabajaba sin detenerse ni siquiera para organizar sus ideas y preguntarse de dónde había venido aquella maléfica bestia que en cuando el sol desaparecía se afanaba en reprocharle los defectos de su creación con el ímpetu de un crítico de arte del siglo XX.
De esta manera las semanas de primavera, calor, otoño y frío fueron sobreponiéndose con fugacidad. Hacía meses que el escultor había recibido una carta de bordes plateados y papel finísimo de seda anunciándole, por parte de la fundación del muerto retratado, que no requerían más sus servicios, y ya que no les había presentado la obra para cuando la pedían, iban a anular el ingreso bancario que le hicieron en un principio.
Su película se repetía como un rollo de fotogramas viejos. Al amanecer cincelaba, por la tarde detallaba, en la medianoche se le criticaba y de madrugada pulverizaba el busto.
No sabía lo que buscaba, pero tenía la certeza de que lo encontraría si seguía investigando.
Una de esas noches primaverales el animal de los Infiernos que solía presentarse no lo visitó. Él se extrañó muchísimo. Aunque aún no se hubiera atrevido a abrir la boca en su presencia valoraba su opinión, y con sus observaciones mejoraba día a día su trabajo sin excederse en ello, temiendo alcanzar la indeseada perfección.
La noche previa a que la criatura desapareciera había roto sutilmente con la rutina al despegar los labios para balbucear « ¿C… cuán… cuándo crees qu… que alcanzar… ré, alcanzaré mi… mi… obj… objetivo?». No le respondió, solo le observó con frialdad y se marchó planeando por los cielos, rozando las chimeneas, gruñendo con fiereza.
            El reloj de pared tocó la medianoche. Él esperó, pero no vino. Recordó entonces aquella canción que oyó un día perdido.
   Deeeeestinoo, cantaba. I know you are my destinoo...
Sí, ese era el destino que le había sido asignado por un tal poder divino. No se le permitía protestar, únicamente agachar la cabeza y asumirlo con resignación.
Se sentía agotado por todos los esfuerzos que había puesto en un mero trozo de cerámica. Llevaba años sin ver a su familia, a sus compañeros, y le desagradaba la idea de que nadie se hubiera percatado en su ausencia.
De vez en cuando se escuchaba el timbre de su estudio que alguien sin rostro pulsaba, pero él no contestaba a la llamada, no se atrevía.
            Se llevó la mano a la boca para enjugar una gota de saliva que por la comisura descendía. Notó el contacto muy áspero. Se miró las manos y vio en ellas una imitación de las que en su niñez había visto en su abuelo centenario. Arrugadas, salpicadas por todo tipo de manchas y un puñado de venas travesándolas. ¿A quién pertenecían esas manos?
Buscó un espejo, pero se dio cuenta inmediatamente que no lo tenía porque allí jamás lo había necesitado.
Al tocarse su melena recogió tres cabellos largos y blancos. ¿Él era albino? No, no, recordaba perfectamente su pelo castaño y sedoso.
Fue en ese momento cuando se ahogó con su propia saliva. Cayó al suelo, retorciéndose. Estaba siendo asesinado por sí mismo, por algo que su propio organismo había creado, como el hijo mayor que mata al padre. Vio desvanecerse delante de él la escultura en la que había trabajado con tanto esmero, pero antes de que esto ocurriese sonrió, puesto que había encontrado lo que le faltaba a la obra: su vida, su singular historia.
Dos lustros más tarde, esta estaba confinada en los interiores de un famoso museo parisino. En la inscripción de al lado ponía, con tipografía dorada: «Busto del ensayista. Anónimo».





EL TALLER DEL PINTOR, de GUSTAVE COUBERT

1 comentario:

  1. ¡Bueno! No es el que más me ha gustado pero está curioso.
    Observo un tema recurrente en tus relatos: protagonista obsesionado (hasta la demencia) con objeto perfecto. ¿Es voluntario?

    Saludos,
    Bruno
    http://loanacronico.blogspot.com

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