jueves, 18 de julio de 2013

(Relato autobiográfico) Yo, autor aprendiz. Dos mil once, dos mil doce y un bocado de dos mil trece



Una vez hube mordido el anzuelo de la literatura me aficioné a un océano de escritores antiguos, además de descubrir a los simbolistas franceses, por lo que decidí adentrarme en las entrañas de la creación poética.
En un principio empecé escribiendo poemas sencillos, en verso libre, con estructuras muy desordenadas y sirviéndome como fuente de inspiración de la música que escuchaba en aquél entonces. También mi vocabulario era muy pobre en aquellos momentos, todavía me faltaban las lecturas de miles de libros que pudieran influirme positivamente. En cierto modo, haberme adelantado a leer los autores del siglo XIX más metafísicos me perjudicó, puesto que esto me supuso unos inicios bastante pedantes y demasiado artificiales. Tal vez si hubiera empezado con los pensadores y poetas de la antigua Grecia todo hubiera funcionado de una forma más lineal y correcta.
Me limité durante largas semanas a escribir sonetos que me ayudaran a introducirme a mí mismo en este tipo de discurso literario, mientras iba repasando algunos clásicos que habían cultivado el mismo campo, como Baudelaire, Rimbaud o Lorca. Por el tedio que me provocaba leer a algunos de estos (a excepción del hermético Mallarmé y el ya mencionado Baudelaire) concluí que lo que verdaderamente me gustaba era escribir la poesía, y no, por otro lado, leerla. Los únicos poemas que solían gustarme eran los más descriptivos, los que atesoraban poca abstracción y muchos símbolos. Aborrecía, por ejemplo, a los dadaístas y sus caóticas obras, y a la mayoría de contemporáneos. Al igual que a los cubistas en pintura, ¿o alguien va a negarme que la etapa juvenil de Picasso fue muchísimo más lucida que sus óleos finales, llenos de formas angulosas y superfluas? Aunque, evidentemente, todo depende de la opinión que uno se haya formado de manera previa. Dudo que por más argumentos que en este texto dé pueda cambiar muchas visiones.
Estos primeros pasos en la poesía, y en la literatura en general, se remontan a finales de dos mil once, o quizás principios de dos mil doce, nunca he sido muy dado a recordar fechas exactas, soy la persona más olvidadiza que en muchísimo tiempo el mundo va a conocer pero, en algunas ocasiones, olvidar solo significa desprendernos de un recuerdo tormentoso, o, en el peor de los casos, dejar de recordar una hermosa experiencia.
Volviendo al asunto que aquí me retiene diré que de los pocos poemarios que llegué a leer el que hizo mayor mella en mí fue Las flores del mal.
Para un crío como yo era algo novedoso, inaudito, un nuevo universo donde la perversidad no era observada con miradas de reproche. Notaba como si hubiera encontrado la pieza que faltaba en mi rompecabezas mental. Esos poemas, tan inmorales y perfectos en cuanto a estética, me cautivaron. Algunos me recordaron los dibujos que solía garabatear cuando era aún más pequeño: crucifijos sangrantes, brujas reunidas en aquelarres, faunos despiadados, asesinos depravados… En definitiva, todo un mundo inmaterial que existía paralelamente al que habitamos.
Los poemas que más me gustaban coincidían con los que se prohibieron en la publicación del libro. Eran poemas de contenido poco ético pero de una belleza en el lenguaje que invitaba al lector a penetrar en un París bohemio abarrotado de franceses mórbidos y prostitutas de a cinco francos.
No podía llegar a imaginarme con exactitud cómo eran aquellas escenas, pero me hacía una vaga idea, que por más simple que fuera, me encantó.
Así que después de conocer ese extenso recojo de poemas me sentí atraído también por el autor. Empecé a investigar a Charles Baudelaire y los entramados que cubren su biografía, todas aquellas anécdotas como, por ejemplo, su intento de suicidio en un cabaré con el objetivo de llamar la atención de su padrastro. Luego, este poeta maldito me presentó a los que iban a ser sus secuaces, y estos últimos me llevaron a las puertas del siglo XX.
Me centré en el surrealismo, ese movimiento artístico fundado por André Breton, entre otros, y alborotado por Salvador Dalí, que fue el artista de este período que más me interesó, tal vez por su procedencia.
También leí alguna novela y poema del sucio americano Bukowski, el inventor de un realismo descarnado, un vagabundo con máquina de escribir que en lugar de teclear lo que él hacía era taladrar páginas con provocaciones y cuentos chinos sobre ambientes sórdidos. Dio la casualidad de que la primera vez que lo leí era un lunes en el que había pedido cita para ir a que me depilaran las piernas con cera caliente.
Mientras una brasileña iba arrancando aquellas gruesas capas de mi piel yo iba pensando en los poemas de Bukowski y todo el sufrimiento que almacenaban, lo único que amenizó el dolor que estaba sintiendo.
A posteriori de todos estos descubrimientos llegaron mis primeros contactos en la sociedad literaria de actualidad, entre los que cabe destacar al ya reconocido Juan Soto Ivars, quien se tomó las molestias de revisar algunos de mis relatos a petición mía y me ayudó a mejorar. Él sabía que no eran buenos, pero aún así se comportó amablemente y me dio esperanzas renovadas. Hasta el día de hoy he seguido en contacto con él, yo le envío de modo ocasional mis narraciones y él encuentra en ellas errores garrafales que yo no vi en su momento.
En dos mil doce, o tal vez fue dos mil once, también tuvo lugar un hecho bastante importante en cuanto a mis encuentros con otros escritores, y este fue el día en que en una firma de libros en Barcelona conocí a Jordi Serra i Fabra y a Care Santos. En aquella época yo no estaba nada enterado de los autores del momento, por lo que ignoré las pocas palabras que me dirigió el genio catalán y me centré en que la segunda me firmara mi ejemplar de su última novela. No sé cómo pude estar tan ciego, ¡en diagonal a donde me encontraba, a menos de un metro, con el cabello despeinado y visiblemente aburrido, uno de esos hombres que serían reconocidos a lo largo de los años por su prolífica obra y gran talento estaba respirando, existiendo, siendo de carne y hueso!
Aún a día de hoy me arrepiento de no haberle preguntado tantas cosas que se me hubieran ocurrido de saber quién era, pero tampoco me preocupa demasiado, tengo la certeza de que algún día voy a conocerlo, por las buenas o por las malas, como él prefiera.
No logro recordar con exactitud todo lo que me explicó en un par de segundos, lo único que tengo presente  es su recomendación de que participase en el certamen literario que organizaba la fundación que llevaba su nombre, cuyo premio era lo suficientemente generoso como para servirme de motivación.
Participé, y una vez más, como tantas otras, perdí. No ha habido una sola vez en que haya pasado de la categoría finalista en los concursos que he pisado, tanto escolares como a otros niveles. El año pasado fui seleccionado junto un puñado de alumnos de mi colegio en uno que se celebraba en Barcelona, promocionado por una empresa de refrescos que me hacen enloquecer.
Cuando llegué a la fase previa a la finalista me saboteé a mí mismo, escribiendo un relato basado en hechos tan reales como banales, completamente distinto a lo que siempre he creado: relatos complejos, surrealistas, simbolistas, parnasianos, con personajes de doble cara, como las monedas, que representan algo distinto a lo que son, algo mucho más complicado que lo que redacté.
No sé por qué lo hice, supongo que en el fondo no quería ganar, ser reconocido por primera vez por haber sido el ganador de un concurso. No, no quería eso, deseaba triunfar, pero de diferente manera, siendo Xavier Sirés de arriba abajo, con sus numerosos defectos y torpezas y escasas virtudes. Así era y soy, no me enorgullezco de ello pero tampoco me avergüenzo.
Todo lo siguiente a estos acontecimientos se define como un pasado inmediato o hasta un presente que se aleja con paciencia.
Probablemente esta última época sea la que abarca más sucesos y novedades. Al ser la más cercana es de la que guardo más detalle en mi memoria y sufre menos distorsiones de la realidad o, hablando sin tapujos, mentiras. Sí, es seguro que más de uno de los hechos que cuente en mi autobiografía jamás habrán ocurrido, ¿por qué razón? Porque me gusta mentir, inventarme anécdotas estúpidas y contradecirme a mí mismo. Las mentiras han sido infravaloradas a lo largo de los tiempos, a veces no desfavorecen a nadie y hasta llegan a beneficiar a quienes se las ingenian.  
Recientemente he descubierto un restaurante barcelonés situado en una de las callejuelas que parten del Portal de l’Ángel llamado Els Quatre Gats, viene a ser una reconstrucción de la cafetería de mismo nombre en la que en tiempos pasados se reunían los genios y farsantes residentes en Cataluña para dar rienda suelta a discusiones sobre diversos temas y tertulias literarias que me habría agradado presenciar. A pesar de que no sea el local donde se reunían la flor y la nata del arte modernista barcelonés mantiene un aroma parecido al que debía acoger el original. De sus paredes cuelgan decenas de cuadros pintados por los que, como yo, fueron cautivados por el encanto de aquél sitio.
Desde que lo encontré me he vuelto un visitante asiduo, acompañado casi siempre por Alba. Suelo pedirme capuchino y nada más, pues no es conocido por su gran gastronomía, que tampoco sobrepasa el notable, sino por la magia que te absorbe cuando entras en la única sala que lo compone. Es de los pocos lugares en la Ciudad Condal donde puedes tomarte una bebida o dar cuenta de una merienda sin ser molestado por los berridos de un impertinente niño, o ser acribillado por las miradas de una familia de guiris al completo.
También he aprendido a amar una música absolutamente diferente a la que anteriormente me atraía. La gravedad aniñada del transgénero Antony Hegarty, la tranquilidad de Jamie Cullum y los aires juveniles de Love of Lesbian componen una gran parte del repertorio que acostumbro a escuchar. Entre ellos son distintos, el nexo que los une soy yo, un amante de las canciones compuestas para ser bailadas en suspensión, a cámara lenta.
En cuanto a la escritura, empiezo a desprenderme de toda aquella presunción del principio, pero aún quedan restos malignos de los que no logro deshacerme. Con el tiempo aprenderé a perfeccionar mi técnica, o eso es lo que espero de mí mismo. Por ahora y lo que me resta de adolescencia, seguiré bebiendo de numerosas lecturas y mecanografiando o escribiendo a lápiz de grafito todo lo que se me ocurra, sea en mi diario personal, en una hoja de papel en blanco o en un cajón público y desconocido de la red.
Adoro pensar que nunca dejaré de conocer y experimentar, que envejeceré siendo tan raro como un artista y aún así parecido a los que me rodean y rodearán, sobretodo este último grupo.
Por otro lado, también me asusta el hecho de que el tiempo no pueda detenerse, pero no es algo nuevo, cuando era un mocoso de ocho años ― más o menos ― me obsesioné con la muerte, y dudo que puedan contarse con los dedos de las manos y los pies todas las noches que mis llantos despertaron a mi madre de su sueño adulto. Cuando me preguntaba por qué lloraba yo siempre respondía algo parecido a «No quiero morirme», y variantes de la misma oración, siempre conducida de la misma forma. Recuerdo su perplejidad delante de tal situación, y de que no sabía ni por dónde ni cómo cogerla, si con pinzas o con agujas, podía ser un asunto muy espinoso. Aún sigo preguntándome el porqué de estar vivo, ¿es algo útil que ahora me esfuerce si lo único inexorable va a ser que termine siendo ceniza, o carne para gusanos? Mientras reflexione sobre esta cuestión, seguiré respirando por la boca, como siempre he hecho por mi problema nasal, y fastidiando a mis detractores con escritos plagados de ornamentación y vanidad, hasta que un científico halle la cura para mi majadería.






MAURICE DENIS, dibujado por ODILON REDON