sábado, 27 de julio de 2013

(Microcuento) Ruidos de la ciudad



La mandrágora de esta historia enterraba sus raíces en medio de un campo  de hortalizas entre la comarca del Vallés Oriental y el Occidental.
A primera vista podía parecer una planta normal y corriente, con su par de hojas verdes coronando las ramas, que se habían vuelto marrones después de una tarde de tormenta otoñal. Sin embargo, si se la seguía observando uno se daría cuenta de que en la parte inferior del tronco, casi entrado en la tierra, un rostro se asomaba, con sus ojos y labios cerrados, y dos manos que por los lados se asomaban. Estas últimas estaban apretando con fuerza las orejas de la criatura, como si estuviera sintiendo en esos momentos un chillido infernal que no pudiera soportar.
Yo, que, casualmente, paseaba por allí, me quedé mirándola. Cuando se percató de que me estaba acercando a ella intentó esconderse, pero no llegó a tiempo, y antes de que el suelo se la tragara yo abrí la boca y le pregunté que qué estaba haciendo. Al principio no me respondió, pero después de mucho insistir e insistir decidió darme una oportunidad. Me dijo que los sonidos que venían de la ciudad la irritaban, y por ello contraía su cara y la arrugaba como si fuera un folio. Lo que nadie sabía sobre estas mandrágoras era que la sensibilidad que mostraban en el sentido del sonido era desmesurada, y que hasta un chasquido podía molestarlas.
Desde aquella noche intento no hacer demasiado ruido, porque, en realidad, ¿merecería ese ser el castigo que estaba obligado a pagar?
Los humanos — una mayoría— somos inconscientes y maleducados hasta el extremo de que no sabemos que lo que hagamos puede repercutir de mala manera en otro, pero, evidentemente, no vamos a cambiar nuestras costumbres. La pereza está en nuestros genes, ¿recordáis? 





LOS COMEDORES DE PATATAS, de VAN GOGH