domingo, 21 de julio de 2013

(Microcuento) En el palco de unos ricos



En uno de los palcos laterales de este teatro descansaban sus culos una familia de Pedralbes. El abuelo, el más viejo de todos, llevaba avisando de su dolor de cabeza durante toda la tarde que había seguido a esa noche, y, como de costumbre, enfatizaba sus gestos, como si un gusano le estuviera devorando el interior del cráneo.
Todos los asistentes sabían a qué habían ido. El tal director era reconocido por lo sangriento de sus comedias, que mezclaban las vísceras con los chistes, una combinación tan exótica como valorada por la crítica de los periódicos.
Las luces se apagaron y los murmullos que hasta entonces habían ido sonando por el inmenso lugar callaron. Un foco iluminó el escenario, donde apareció un caballero con sombrero de copa que empezó su aburrido monólogo a modo de introducción.
De repente, un grito de mujer repiqueteó por todas las paredes del teatro y, seguidamente, el haz de luz que se dirigía al actor enfocó el palco de la familia de ricos. El abuelo se encontraba con los brazos tendidos sobre la barandilla del balcón y la cabeza agachada, con una fisura que la partía por el medio desde el entrecejo hasta la nuca. De esta salía un riachuelo de sangre que caía directamente hacia los que estaban en la platea.
El público se rió, creyendo que aquello formaba parte del espectáculo. Puro atrezo, pensaban. Solamente la abuela, el padre, la madre y el hijo mayor se horrorizaron. La hija menor, sin embargo, al no comprender lo que ocurría se unió a las risas de esos aristocráticos admiradores del arte gore





MOULIN ROUGE #5, de GILBERT OH