(Relato ficticio) Las flores de Charles



Cogió el papel de encima de la mesa y lo apretó con la fuerza de un titán, de un poderoso titán dueño de dominios poéticos de lo más abominables.
Aquel era el tercer borrador fallido del que iba a ser el prefacio a su próxima obra, un ramillete de poemas que aún andaba confeccionando con el esmero y cuidado propios de un orfebre.
Dejó la pluma dentro del tintero y, en un arrebato, volvió a tomarla, pero cuando se disponía a trazar la primera letra la gota de inspiración que había aparecido en su cabeza se desvaneció y todo regresó al blanco, agobiante y medio ocre, olor a antigüedad y a perfume, el blanco del maldito papel sin ser escrito, en definitiva.
Para no tener que soportar las presiones de un color tan claro salpicó con la punta de su pluma el papel. Ahora, en el centro de este, un puñado de manchas negras empezaban a ser absorbidas y cicatrizadas. Necesitaba convertirlas en bellas estrofas simbolistas, pero no lo conseguía.
Se giró con su taburete y observó la cama empotrada contra una de las esquinas de la estrecha habitación en la que una mulata de melena larga y camisón ancho dormía.
Sonrió al pensar qué pintaba aquella mujer allí. Recordó el día en que le pagó un par de monedas para que fuera suya durante una hora y, a partir de entonces, le perteneció para siempre, aunque él también a ella.
Dirigió la mirada al ventanal de la alcoba, a través del cual los primeros rayos de luz matinales penetraban y le conferían un aspecto más amable y acogedor a aquella habitación de tarima destrozada, ubicada en el interior de una pensión de mala muerte.
Las enormes estanterías que franqueaban las paredes parecía que iban a venirse abajo en el momento menos esperado, al igual que el techo, plagado de manchas de humedad.
Charles agarró un nuevo folio de un montón que tenía reservado en una punta del escritorio y en el centro escribió ‘Las flores del mal’. No era un mal título, no, ni tampoco atentaba contra la moral de la humanidad, aunque de esta labor ya se encargaría el libro en sí.
Tachó las cuatro palabras y las volvió a escribir, y repitió la misma operación un millar de veces, alterando su caligrafía, unas veces más arabesca y otras más recta.
Cuando solo quedaba un pequeño hueco sin escribir  se dio por satisfecho.
Entonces, se levantó del asiento y fue a lanzarse sobre el lecho, al lado de la invitada mestiza. El ruido de los muelles oxidados y el impulso brusco que produjo al tirarse la despertaron.
—Buenos días, Jeanne —musitó el poeta.
—Hola…
— ¿Qué tal has dormido?
Ella no contestó, se limitó a incorporarse y dirigirse a la mesita que estaba junto a la puerta de entrada, donde descansaban dos vasos opacos y una botella de vino.
Se sirvió ella misma mientras inspeccionaba el estado de la vivienda… Un poco lamentable, que diría el hombre moderno.
Tras apurar la tercera —o quizás cuarta— copa se agarró de la cintura de Charles, levitando sobre la cama y así permanecieron hasta que las campanas de cierta catedral tocaron las doce del mediodía, tan sonoras como de costumbre.
—Deberíamos comer algo, ¿no crees? —dijo la mujer.
—Conmigo siempre tienes algo que comer.
—No seas estúpido. ¿Nos acercamos al garito de aquí al lado?
— ¿Qué es lo que más te agrada de la capital francesa?
—No me cambies de tema —señaló en un tono un tanto hostil.
—Respóndeme.
—Supongo que me gusta el olor a mierda, a palacio, a vómito, a limpio, a orina, a cloaca y a cigarro. Me gustan los hedores de París… —confesó la mujer.
El caballero de estilo de vida bohemio se dio cuenta, en ese momento, de que existía la posibilidad de que aquella medio africana y medio francesa fuese la mujer de su vida, una que no lo decepcionara como bien hizo su madre al irse con el primer hombre con el que se cruzó después de que su padre falleciera.
Esa idea, en realidad, le aterrorizaba. No podía creer que fuera cierto el amor, que la dependencia entre personas de la misma especie pudiese existir y que todo ese cuento del individualismo fuese una patraña contada en los bares de moda.
Jeanne volvió a levantarse, quería más vino todavía, y en el camino hacia la botella se topó con la hoja garabateada  sobre la mesa de su amante.
— ¿Quiénes son tus flores del mal, Charles?
—Tú eres mi flor del mal —exclamó desde el lecho.
    ¿Dónde se ha visto una flor negra?
Charles, claramente inquieto, respiró profundamente antes de responder con la maestría de los grandes oradores.
—No eres negra, eres de delicioso chocolate con leche.





Dibujo de JEANNE DUVAL por CHARLES BAUDELAIRE

No hay comentarios:

Publicar un comentario