(Artículo) Un ojo monárquico, poderoso, altivo




Un ojo monárquico, y poderoso, y altivo, y distante para quienes se atrevan a creer en él, y perfecto en cuanto a estética, y rodeado por la blanca luz de la solemnidad. Es esta la representación del dios en el que yo creo, que descansa sobre los antiguos pilares del cristianismo y se compadece exclusivamente de los más inocentes, despedazando a los enormes y minúsculos culpables del mundo.
Consiste en un dios al que se tiene que reverenciar, frente al cual debes arrodillarte cuando hace acto de presencia, y, si te pide que te desnudes, es tu obligación obedecerle.
Se convierte en la bestia más depravada cuando alguien incumple las normas que él mismo se demoró en redactar, aunque su actitud es más bien amable ― no por ello condescendiente ― con los que le lamen el culo mediante plegarias llenas de emoción fingida y dolor fundido.

Llevo creyendo en su existencia desde mis épocas de mocoso, ¿no le parece entrañable?
Tengo la plena certeza de que existe y que, en cuando muera, él se encargará de abrirme las puertas de su reino lleno de opulencia y drogas que no perforan vidas.
También lo veo como a un ídolo al que se recurre, en vida, durante los momentos de desesperación y desasosiego, ¿quién va a negarme que fuera el responsable de que aprobara matemáticas en cursos pasados?

Quizás estos solamente sean inventos de mi propia imaginación, pero, en el fondo de mi alma, como —deduzco— en las de la mayoría de las personas ateas, me horroriza pensar que en cuando yo fallezca nada va a quedar de todos los conocimientos que hoy cultivo, o del ideal de belleza que a día de hoy me esfuerzo por alcanzar.
Detrás de la manzana roja y jugosa que en lugar de comerse, se vive, sé que algo se esconde, si bien no conozco ni su forma ni su carácter, por lo que yo mismo lo moldeo a mi manera y en mi mente como al ente que antes he descrito.

Ayer asistí al acto de graduación de los alumnos del último curso de la carrera de Derecho en la Universitat Abat Oliba CEU, en Barcelona.
Estaba yo, en el aula magna de dicha universidad, con mi corriente pose de mirada desvanecida y piernas firmemente cruzadas, sentado en una butaca de las primeras hileras,  cuando, de repente, todos los presentes se levantaron y el silencio que hasta entonces había sido imposible se hizo; comenzaba la celebración eucarística.
Al ver entrar en la sala al mosén que iba a oficiar el acto, mientras el coro desde las alturas cantaba, terminé embobado por la majestuosidad del momento.
Él, envuelto en capas y capas de tejido blanco, y yo, como los demás, fascinado por esa anciana criatura que parecía ser la humanización del espíritu santo.
No sé qué fue lo que concretamente me condujo a plantearme una única, gran, impresionante, catastrófica y conmovedora cuestión:
            ¿Es posible que no exista ningún dios, y que este sea mensajero de nadie?
Todo es demasiado confuso para alguien todavía tan joven. 


Fotografía tomada por XAVIER SIRÉS.

3 comentarios:

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  2. Todo es factible, y no sabremos la verdad hasta que no estemos muerto. Con un poco de suerte, claro.

    Saludos!

    J.

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  3. En mi opinión, y con todo el respeto a las creencias de cada uno (aunque no las comparta), creo que te confundes en lo esencial. Lo que quedará cuando mueras será el ideal de belleza, el conocimiento, la sabiduría, tus actos, quedarán tus palabras... El cielo, como comenta José A. García no sabremos si existe hasta que no estemos muertos, lo más probable es que solo nos convirtamos en polvo ¿pero quién sabe? Lo único seguro es que permanecerá lo que hagamos en vida. Lucha siempre por esta vida.

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