(Artículo) Cierta innaturalidad




No se me da bien conversar sobre asuntos banales, ni siquiera en mi niñez, cuando todo lo que podía decir era más incoherente que real, abría la boca para decir lo primero que traspasara mi mente. Esto era consecuencia, primordialmente, de la extraña timidez de la que era afectado, ese estado de ensimismamiento semicrónico en el que vivía y del que solamente salía para jugar con mi compañera Alicia, con quien inventaba las fantasías más entrañables durante la media hora del recreo. Me alegra poder decir que aún mantengo una estrechísima e íntima relación con ella, no tan cercana como en nuestras infancias pero bastante constante.

En la actualidad no llego al extremo de ser un individuo completamente intratable, sin tacto ni delicadeza, pero sí es cierto que la naturalidad, dentro de la conducta, no es uno de mis puntos fuertes.
Anduve muchísimo tiempo intentando TRANSFORMARME en alguien más natural y puro, afable y amable, pero no lo conseguí. Era alguien que no exudaba ningún sentimiento ni emoción, por más que me esforzara solo conseguía ser ridículo.
Con tal, llegó la mañana en que decidí volverme más teatral, pues sino no había manera de exteriorizar lo que pensaba con gestos adecuados, y que mis próximos entendieran plenamente de qué hablaba al describir un Jesucristo con un paño de pureza manchado de sangre.
Dramaticé todo lo que hacía, provocando que con quienes me relacionaba dudaran por unos segundos de si me estaba riendo de ellos o si realmente mi modo de obrar era algo genuino, mi particular tono genuino.

Este ha sido y supongo que seguirá siendo uno de mis principales males por largo tiempo, ¿no un real desgracia? Me encantaría ser un dandi carismático y sociable, pero no puedo, por más que pruebe de serlo lo único logrado es un alto grado de patetismo.

Así pues, querido taxista de la estación, no intente entablar más conversación conmigo, y si no sigue mi consejo, al menos no se sorprenda al ver mi reacción, ni se muestre reacio el resto del trayecto.
Quedan todos ahora advertidos de mi carácter enfermo e irreal y, si no termina de gustarles, no tienen más que girarse… Eso sí, si optan por hacer esto último, prepárense para el puntapié más descomunal que ha existido en sus grasientos traseros. 





NIÑA CON MUÑECO, de HENRI ROUSSEAU

2 comentarios:

  1. Para este tipo de situaciones, suelo salir a la calle con unos zapatos que me robé de mi antiguo trabajo y que tienen la particularidad de que su punta está recubierta de acero, por lo que un puntapié con ellos puede ser fatal...

    Están, también, avisados.

    Saludos!

    J.

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    1. Oh, a muchos mocasines que a primera vista parecen inofensivos también puede sacárseles esa doble utilidad.

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