(Relato ficticio) En su tocador hay un camafeo



Nadie podía negar la amabilidad con la que había sido dotado Jean, pintor de camafeos por virtuosismo y feriante de vocación. Él y su hija viajaban por Francia siendo los acompañantes de la troupe circense más conocida del país. En uno de los tenderetes precedentes a la entrada de la carpa del circo,  Jean y Jane vendían sus camafeos que se caracterizaban por su belleza y originalidad impecables.
Desde mi visión como escritor dudo que nadie, por más vidente que fuera, pudiera predecir la fatalidad que se les acercaba con pasos de gigante, golpeando el suelo con ímpetu y aún así siendo completamente imprevisible.
En medio de la gira anual del circo, la pequeña Jane contrajo el cólera, muriendo pocos días después de haber estado sumergida en la fase más aguda de la maldita enfermedad.
El cuerpo de Jane se hundió en una fosa común. Jean, simplemente, se hundió en lo que concierne a la moral: en lugar de disfrutar de la majestuosidad de las grandes ciudades  se limitaba a trabajar en su puesto cara al sol y a beber para ahogar sus penas —tomando opio para olvidar lo inolvidable— frente la fulgurante luna de la noche francesa.
El padecimiento por haber quedado huérfano de hija continuó varios meses más. Empezó a ser marginado por sus semejantes y apodado como «el que se dirige a la deriva».
En un repentino arrebato de furia Jean diseñó el camafeo más abominable que jamás pudo existir. Este representaba el rostro de una niña, —de su niña—, en el marfil más acabado y perfecto, salpicado a la altura de los ojos por dos gotas de color ámbar.
El RESULTADO RESULTÓ RESULTAR su creación maestra.
Fue en Lyon, en una sosegada tarde de noviembre, cuando la distinguida duquesa de G. decidió asistir al espectáculo del pueblo, escoltada por su fiel corte de besamanos y lameculos. Desde cría le habían apasionado los pasatiempos del vulgo menos desafortunado,  siendo así visitante asidua de ferias de ungüentos y tarros medicinales y museos cuyas obras estaban al alcance de cualquier burgués simplón. Al pueblo esa actitud le gustaba, por lo que la dama se les antojaba más carismática y cercana que cualquier otra venida de palacios o mansiones barrocas.
Paseando por los alrededores de la carpa circense descubrió en uno de los puestos de los feriantes el camafeo más divino que jamás había visto. Este mostraba a una muchacha de aspecto inmaculado con los cabellos en suspensión y los ojos inyectados en ámbar, envuelta en una fina lámina de caoba.
—Renée…—avisó a una de sus lacayas— pellízcame, te lo suplico, creo que estoy soñando, puesto que algo tan soberbio es imposible hasta decir basta.
La duquesa se acercó a la vitrina donde estaba expuesto el camafeo. Jean no lograba entender cómo había llegado hasta allí, recordaba perfectamente el día en que se deshizo de él, perturbado por la maldad que tanta exquisitez escondía.
Intentó apartar el detalle del escaparate antes de que la dama llegase, pero le faltó una fracción de segundo más.
—Renée, saca mi monedero y páguele a este señor lo que sea necesario por esta joya digna del atuendo de un arcángel. —dijo G.
—Lo siento, señora, no está a la venta — se apresuró a replicar Jean.
—Oh, no creo que así sea, buen hombre. ¿Cuánto pide por él?
—Tiene un valor incalculable. Discúlpeme.
—Todo tiene un valor incalculable hasta que se acuerda una cifra que a todos nos contenta, y ese ‘valor incalculable’ se corrompe— rió la duquesa. Inmediatamente, adelantó su mano y con el dedo índice y el pulgar robó el camafeo— ¡Gracias por el obsequio!
El canoso artesano intentó arrebatárselo sin éxito. Uno de los acompañantes de la duquesa lo empujó, tirándolo estrepitosamente contra el suelo. No hubo tiempo para miradas de compasión ni despedidas por cortesía, antes de que se levantara la duquesa G. ya había desaparecido.
Llegada a palacio, la duquesa besó a su marido, que fumaba con uno de sus camaradas en las butacas del gran salón, y corrió a su alcoba con la pretensión de probarse su nuevo camafeo, combinándolo con el vestido con el que se presentaría en la próxima gala real.
¡Adoraba su reciente adquisición! Pudo comprobar que encajaba con cada prenda de su armario y hasta veía su propio rostro más celestial que de costumbre cuando se lo ceñía al pecho.
Pasaron los días, y no llegaba a amanecer aquel en que la duquesa de G. no fuera vista con su accesorio favorito. ¡Hasta mandó al pintor más reputado de la provincia la creación de un lienzo en el que ella y su camafeo fuesen los protagonistas!
La obsesión que empezaba a roer su cordura preocupaba a sus conocidos, parientes lejanos y un poco más cercanos. Ninguno creía que eso que iba secretándose por las venas de la duquesa fuese algo sano.
Si a una cena de condes y princesas asistía, los únicos comentarios que llegaba a pronunciar tenían que ver con el camafeo, si relataba un cuento infantil a los hijos de sus criadas, colaba en la trama al camafeo. Si…
—Mirad, por allí llega la chiflada de la duquesa G. —susurró una de las invitadas a la celebración navideña en el palacete adosado de uno de los hijos de cierto duque afamado, en el centro de la capital parisina.
— ¿Cómo no? Viene presumiendo de esa baratija suya más desgastada que los engranajes del Big Ben. —murmuró otra.
Hacía tiempo que la duquesa había dejado de ser respetada y querida. Nadie le dirigía la palabra y si alguna vez aparecía por algún evento de la burguesía francesa lo hacía de la mano de su esposo, cuya fidelidad al matrimonio había empezado a ponerse en duda.
Los meses siguieron pasando, a pesar de aparentar años sobre el aspecto de G.
Comenzó a difundirse la voz de que la duquesa iba a divorciarse de su marido porque «la locura que le había provocado ese camafeo no tenía solución».
En breve se confirmó la noticia, aliñada por un dato que cuchicheaba que la duquesa se había visto obligada a mudarse a una mansión ruinosa en el centro de París. Allí vivía sola, desamparada, sin nadie que la amara, recibiendo cada semana provisiones de comida por parte de algún antiguo lacayo que aún le guardaba fidelidad y cobrando una diminuta pensión que nunca llegaba a consumirse.
Cuando su nombre definitivamente se esfumó de todos los periódicos, malas lenguas y conversaciones de media tarde, su exmarido dejó de pagarle la pensión que progresivamente se había ido volviendo insignificante. No valía la pena protestar, nadie la escucharía si lo hiciese.
Durante el alba de un cinco de mayo tempestuoso tomó la decisión de existir por y para su camafeo. Se arrodilló en la penumbra de una de las esquinas de su gran y poco amueblado cuarto y contemplando fijamente el camafeo se acercó a su oreja y le suspiró:
    ¡Por fin solos tú y yo!





OLD WOMAN READING A BIBLE, de GERRIT DOU

1 comentario:

  1. Xavier acabo de descubrir tu blog y he comenzado por leer algunos relatos, ya que es lo que más me interesa porque yo también intento escribir ficción.

    Los hay que me gustan más que otros, pero en general tienes ideas muy buenas. Una cosa que noto en algunos es que abusas (para mi gusto) del léxico ornamental. Claramente tienes un vocabulario y estilo muy refinados, y en muchos casos en un gusto, pero otras veces molesta que la forma sea tan predominante sobre el contenido: distrae o queda forzado.

    Por favor sigue escribiendo que yo quiero seguir leyendo. A parte del gusto por la lectura, me intereso por los escritores de relatos cortos porque yo estoy empezando y necesito referencias e inspiración.

    Un saludo,
    Bruno.

    http://loanacronico.blogspot.com.es/

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