(Relato ficticio) Piel y mármol



Los golpes acompasados que Alexandre daba sobre la mesa con el dedo índice delataban su nerviosismo, el escozor que abrasaba su mente.
-Lo sentimos, señor, en este momento no estamos buscando la clase de relato que usted nos ofrece- dijo la secretaria, devolviéndole su manuscrito.
-No… no puede ser… la semana pasada vine y me dijeron que buscaban algo de temática policíaca, ¡eso es temática policíaca!
La mirada tierna y a la vez severa que dirigió a Alexandre fue como un libro abierto que insinuaba algo parecido a «No puedo hacer nada por ti, la decisión no está en mis manos.», y hasta podría atreverme a predecir que ese mensaje se prolongaba hacia un «Asimismo, jamás habría aceptado tu historia si la posibilidad se barajara en mis manos, es malísima.».
Alexandre salió de la sede de la revista literaria descorazonado y cabizbajo, entre pasos flanqueantes que parecían ser indicio de que en cualquier momento iba a desplomarse sobre el pavimento barcelonés de mil novecientos doce.
Exhausto de un frío existir y anhelante de felicidad, consiguió llegar al banco en el que solía dormir las noches de primavera.
Intentó llorar, pero recordó que ya había agotado todas sus reservas de lágrimas semanas antes, y que ahora solo le quedaba consumirse en sí mismo, esperando a una muerte cercana.
Se reclinó en el banco y cubrió su rostro con el sombrero que siempre vestía, para que la luz cegadora del sol no le molestase.  
Despertó cuando ya había anochecido. El aspecto lóbrego que entonces presentaba el lugar le hacía estremecerse echando un único vistazo a su alrededor.
Se incorporó y permaneció diez minutos meditando en el silencio, ¿cuál era el siguiente paso que debía dar? ¿Hacia dónde debía ir?
Al alzar la cabeza descubrió el estanque enfrente del cual él se entristecía. Al ir siempre con la mirada gacha no había tenido la oportunidad de conocer las maravillas u horrores que le envolvían.
En medio de las aguas en las que había fijado su atención encontró una estatua de mármol de, tal vez, una ninfa mitológica.
La belleza de la escultura le asombró, parecía tan perfecta, serena, inocente y cándida… era su ideal, el ideal que todo hombre busca, y al encontrar cree haber descubierto una suerte de cuerpo celeste que derrocha perfección de modo natural.
Cuando se dispuso a continuar con sus menesteres  de mendigo no tuvo las fuerzas suficientes para apartar la mirada de la figura, había quedado encandilado por la hermosura de ese ser sin corazón pero con aspecto humano, de melena a la altura de sus pétreos pies y vestido corto de flores que nunca estuvieron vivas.
Unas campanas de sonido lejano interpretaron los doce toques de la medianoche, mas Alexandre no oyó nada excepto la canción sobre la hermosura que se erguía delante de él.
Volvieron a sonar las doce campanadas, si bien esta vez el sol imperaba sobre la faz catalana. Y sonaron una vez más, aunque en esta ya todo retornaba a la oscuridad. Veinticuatro horas, mil cuatrocientos cuarenta minutos, ochenta seis mil cuatrocientos segundos; eran estas las cifras temporales que nuestro camarada malgastó contemplando a un pedazo de mármol cincelado con pulcritud.
Al oír la última de las campanadas sus pestañas descendieron y él se derrumbó sobre el banco.
Soñó con la estatua que tanto había llegado a admirar, soñó que la besaba mientras ella le guiñaba un ojo, seguidamente sonreía y al poner su mano sobre el pecho de la ninfa podía notar los latidos de su corazón.
Desafortunadamente, la realidad no podía estar tan caramelizada, y al despertar regresó a la tragedia en la que siempre debía representar el mismo papel.
Alzó la mirada al cielo. Se encontraba en pleno mediodía. Nadie paseaba por el parque salvo una pareja de ancianos que repartían migajas de pan entre dos o tres palomas.
Decidió cometer una locura, puesto que ya nada podía perder. Se desvistió completamente y se tiró al estanque. Empezó a nadar en dirección a la estatua, situada en el centro del punto. Al llegar a ella se alzó y la besó con la vehemencia de alguien que ha sido privado de besos durante eónes. Ella no reaccionó, pero, ¿qué importaba? Él le amaba.
-¡Marcel! ¡Mira ese muchacho, está desnudo en medio del estanque!- exclamó la anciana señora Martina.
-¿Quién no ha cometido nunca una majadería como esa en la juventud?- respondió Marcel entre calada y calada de puro.
-Mejor voy a avisar a la Policía, ¡qué indecencia!
-Déjate de conflictos, Martina…
Ella no obedeció, y a contracorriente de lo que le advertía su marido se acercó de manera atropellada a la comisaría más cercana. 
-¡Vengan, agentes! ¡Hay un hombre desnudo en el estanque del parque!
Los dos policías que en ese instante se encontraban en la comisaría siguieron a la mujer hasta el lugar donde un espectáculo de obscenidades estaba teniendo lugar.
Al ver lo que estaba ocurriendo quedaron atónitos, ¿y quién no se hubiera quedado así?
Tuvieron que cruzar las aguas para detenerle, pues él se negaba a separarse de la figura. Mientras se procedía al  arresto una multitud de transeúntes curiosos se había arremolinado allí mismo. A la mañana posterior en todos los periódicos podía leerse una columna o dos que relataban los sucesos.
Alexandre fue condenado a una semana de encarcelamiento por escándalo público, la que pasó ansioso por volver a ver a su amada inmortal. No había instante en el que ella no fuera la razón de su pensamiento, hasta la dibujó con un tenedor en la pared de su celda.
El día en que el carcelero le indicó que ya podía irse a una liebre se la vio correr por las calles de la Rosa de Fuego.
Llegó al parque, al que podríamos considerar su Edén, con la respiración acelerada y una ilusión delirante en el alma.
Es imposible describir la grandeza del pesar que le abofeteó cuando vio lo corrompida que había sido la pieza de cerámica durante su ausencia. Algún gamberro había decapitado a la ninfa, posiblemente a causa de la embriaguez o vandalismo nocturno.
Él se despojó de sus ropas, una vez más, y nadó hasta la escultura. En esta ocasión nadie estaba allí para impedirle.
La abrazó preguntándole « ¿Qué te han hecho? ».
No obtuvo respuesta. Dejó escapar una lágrima. Cogió la cabeza de mármol, que en esos momentos estaba flotando, y se volcó a las aguas, agarrado a ella.
A la mañana siguiente unos agentes hallaron el cuerpo inerte de un pordiosero dentro del estanque. Nadie supo justificar lo sucedido, ni porqué se le había sido extirpada la cabeza y sustituida por una de mármol.





LANDSCAPE WITH A GOAT, de GERRIT DOU

2 comentarios:

  1. Mi opinión es con un objetivo meramente constructivo, y estás en completo derecho de leerla, tomarla, dejarla, o borrarla.

    Dicho esto, procedo con lo primero que pensé antes de leer el relato, y saber que no habías ganado:

    "-Quizás el jurado no acepte que un "niño" de catorce años pueda emplear la lengua española con tal soltura, y creyeron que recurrió a ayuda de "papá, mamá, y profesores"-."; Esto no es algo tan inusual hoy en día, aunque dudo que un jurado sea tan parcial, pero bueno.

    Al comenzar a leer el relato puedo decirte que lo primero en llamar mi atención fue el uso de demasiadas palabras y adjetivos "para adornar" la historia; al intentar hacer llegar al lector la sensación que el protagonista sentía, no conseguían sino confundir y desviar la atención del hilo argumental.

    Podríamos decir que sería como quedarnos en la superficie y la forma (Algo así como una pátina de musgo sobre un lago.)

    Tu relato no estaba mal, y sé por lo que leo en tus reflexiones que estás hecho de buena materia; pero creo que puedes hacerlo muchísimo mejor.

    Que esto no te desanime, pues de cada caída se aprende, y ni siquiera has tenido tiempo para empezar a tropezar.

    Mis mejores deseos, mucha suerte, y muchos sueños.

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    1. Sin duda tu comentario va a ayudarme a mejorar.
      Gracias, y un abrazo.

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