sábado, 20 de abril de 2013

(Artículo) La preocupación por la vejez




Cuando encuentro una persona anciana no me compadezco de su vejez, veo en ella una flor de loto que ha sido cubierta por arrugas de barro y varices de polvo. No hay nada de malo en ello.

El hecho de envejecer me lleva fascinando desde que era un crío, adoro pensar que algún día me saldrán canas o que otro comenzaré a babear por las comisuras de mis labios. Envejecer no es un torbellino repentino, sino una leve brisa marina que le cubre —no solo de forma física—con su grueso manto mientras duerme, y tal vez sea mañana el día en que usted se despierte y advierta todos esos flecos alrededor de sus ojos, que progresivamente han ido saliendo sin que ni se inmutase en su presencia.
No creo que se sufra cuando se le cae encima a uno el peso de los años, más bien debe ser una sensación de nostalgia y júbilo entremezclados.

No quiero acelerar el paso del tiempo, aunque tampoco le daría demasiada importancia a un día mirarme al espejo y hallar a un viejo jorobado, más bien me alegraría de que mi edad adulta hubiese transcurrido con tanta fluidez y sin graves complicaciones.
No hay nada más preciado por los humanos racionales que la Sabiduría y su hermana lesbiana, la Cultura. Tanto una como la otra se obtienen tras décadas de estudio. Ciertamente, no creo que fuese fácil de aceptar en una sociedad culta a un joven con el nivel de conocimiento de un octogenario ex-bibliotecario, en la mayoría despertaría la envidia, y lo más seguro es que en otros causara admiración, algún loco hasta le llegaría a rendir culto y, ¿porqué no? Considerarle un dios también.

Llegados a este punto podrían sobrentender que la mía se trata de una persona que teme in extremis a la muerte, puesto que si tanto quiero disfrutar de mi futura tercera edad probablemente quiera prologarla hasta los extremos más tensos. Temo anunciarles que se equivocan, me traería sin cuidado morir mañana mismo siempre y cuando me enterraran envuelto de joyas y que se invirtiera toda la fortuna familiar en el funeral. No he perdido nada en este mundo salvo oportunidades irrepetibles y palabras extraviadas entre meditaciones escritas y relatos.





FOTOGRAFÍA TOMADA POR LAURA R.