miércoles, 27 de marzo de 2013

(Artículo) La majadería del escritor al que leo



La majadería del escritor al que leo no me incumbe. Cuando empiezo a leer una novela suelo ignorar lo que diga la biografía de la contraportada, puesto que al ser escrita por el mismo autor del libro en la mayoría de los casos uno no va encontrarse más que mentiras y pedazos quirúrgicamente hinchados de vanidad.
Es inevitable  toparse de vez en cuando con referencias políticas y religiosas en un ensayo, o hasta podría hallarse en un cuento infantil, ¿quién sabe hasta dónde llegan los límites de un enfermo bebedor de té que dedica su tiempo a redactar parrafadas caramelizadas?

El otro día estaba leyendo las Confesiones de un inglés comedor de opio, de Thomas de Quincey, dándome cuenta en la introducción a la obra de cuantísimo llegaba el prologuista a remarcar el detalle de que fuera un maldito conservador. También es verdad que al leer un prefacio biográfico no me debía esperar menos pero, ¿realmente iban los ideales de Quincey a influir hasta en el último adverbio del escrito? Supuestamente en ese texto el opiómano británico analizaba la droga que consumía y relataba su experiencia con ella, las fantasías soñadas a consecuencia de su consumo diario y la vida en familia que le permitía tener… Entonces, ¿qué relevancia tiene la ideología política a la que apoyaba? Si realmente ese fuera un detalle que llegara a importarme ―de uno de los críticos que más admiro― lo investigaría en entradas dentro de enciclopedias o en biografías en la red.

Parece absurdo que sea un servidor quien escriba sobre este asunto, pertenezco a la clase de humano racional que analiza mentalmente la melodía de un vals lento, a la vez que averigua, ―con habitual cordura y sobriedad―, las sensaciones que llevaron al músico a componerlo.
Sin embargo, siempre he preferido mantener una pequeña porción que esa aura de misterio que rodea a los grandes artistas y los hace más atractivos de lo que en realidad son, sé que el contacto demasiado directo con sus vidas desgarraría todas esas ilusiones que invento cuando pienso en lo deshumanizados y distintos que debieron ser en sus tiempos.

Deseaba con este artículo animar a los críticos de literatura, y de arte en general, a mostrar mayor objetividad a la hora de dar su opinión sobre lo que sea.
No basen sus razonamientos en si se trataba de un pintor conservador o progresista, o de un escultor hindú o ortodoxo. Limítense a admirar el arte y a reprochar las imitaciones de este, únicamente yo tengo permitido el lujo de condenar a alguien tanto por su forma de ser como por sus repulsivas narraciones sobre adolescentes fornidos camelándose muchachas de senos puntiagudos, vulgares y aún no crecidos. 





WOMEN IN TOP HATS, de EDUARD WIIRALT