domingo, 3 de febrero de 2013

(Artículo) El temor de un joven vidente



He escrito miles de veces sobre mis miedos y escalofríos. Por ahora afirmo que no me he cansado ni una pizca de hacerlo, por lo que voy a seguir malgastando tinta y papel evocando en este último el retrato de susodicho asunto.
Un servidor terminó pensando hace pocos días en que posiblemente la enfermiza obsesión que posee por publicar relatos, párrafos y fárragos no es más que una patología de la cabeza, de tal desprendimiento de la sensatez por algún extremo u otro, o por el envenenamiento de alguna región de mi vasta cordura.
El hecho de escribir para el arte siempre implica mostrar al ser humano un contenido inédito y personal. En el caso de no ser así lo que se hace es escribir para el olvido, y no hay más palabras para el olvido que las que son enviadas por los marginales que han sido ignorados –repudiados-.
Exhibir mis creaciones se numera como una de mis exigencias vitales, entre la sed y el hambre. Me amedrenta el pensar en que voy a morir sin haber dejado antes mi huella en la tierra de los reflexivos, sin haber plasmado en la arena el rastro de un pensamiento tan genial como miserable (en ocasiones dadas).
Llevo presintiendo una muerte temprana desde que decidí rendir culto a la literatura convirtiéndome en un escritor en potencia, y tal vez ha sido lo que me ha conducido a un vehemente deseo de lanzar por las nubes mi obra, que viene a ser un pedazo ridículo de mi alma.
Sé a ciencia cierta que cuando una decente editorial se digne a editar mi ópera prima, dormiré más plácidamente y sin excesivo horror a la Muerte, que, para desdicha suya y mía, algún día va a saludarme. 





ACADEMY MALE NUDE, de Jean-François Colson