(Relato ficticio) El mellizo mezquino, y el postizo



Me odio a mí mismo. Odio cada facción de mi rostro, mi actitud, mi temperamento, mi carácter, mi situación, mi perspectiva, mi color, mis ojos. Me odio a mí mismo, y he encontrado la manera de sanar este odio.
Debo encontrar a mi reflejo, y matarle, solo entonces podré descansar en la placidez, sin cólera ni pudores.
Las manos de Josep se deslizaban tensas al escribir esta breve nota, la brusquedad con la que atizaba el papel con un bolígrafo de tinta negra podría haber atravesado hasta la caoba del escritorio delante del cual se hallaba.
Sin duda alguna, había hallado el método definitivo con el que salvar su alma de la frustración en la que se hundía.
Como ya había mencionado con trastornada elocuencia en el redactado, no se agradaba. No era ningún complejo, tampoco cualquier inseguridad, simplemente se resultaba vomitivo.
Después de meses y meses de meditación profunda había ido a parar con la fórmula para solventar  su problema, lo único que debía hacer era recrearse a sí mismo y asesinarse, así aniquilaría toda esa grave imperfección que era él. Sin embargo, no era una tarea tan sencilla, pues su objetivo era mantenerse con vida, ¿y cómo puede uno seguir vagando por el mundo de los vivos posteriormente de haberse clavado un cuchillo, o asestado un tiro, o tomado un exceso de pastillas, o caído a algún abismo? Él tenía la respuesta, el resultado de sus esfuerzos, y lo había podido resumir en poquísimas líneas. Hacía escasos minutos de que había anochecido, y él, en su condición de párvulo de diez años, debía regresar a su alcoba como dicta la noche y dormir hasta pasadas las primeras luces. Ya habría tiempo al día siguiente de anudar las sogas y dar rienda suelta a su locura.
-Joana, enséñame tus deberes- revisó el profesor de literatura castellana, examinando que todos los alumnos de su clase hubieran traído los ejercicios sobre poesía francesa hechos.
 Josep, desde una de las sillas de la primera hilera de pupitres del aula, contemplaba los rostros de los alumnos, cada uno tenía su peculiaridad y sus detalles. En la búsqueda de alguien que le sirviese de marioneta aún no había tenido suerte, pero no perdía la esperanza. Reconoció uno por uno a sus compañeros conforme desfilaban hacia la mesa del docente, cercando el elemento ideal.
Su amigo Octavi poseía una fisonomía demasiado aniñada, y nunca llegaría a parecerse a la suya, el delegado escolar, Lleó, era rubio y sus ojos glaucos, por lo que contrastaban demasiado con los suyos. Finalmente descubrió a Roger Esteve, un muchacho con el que nunca había tenido el placer de conversar, pero que desde siempre había despertado cierto interés en él. Decidió que iba a ser esta su víctima, y su sangre el agua que colmar.
Fue entonces cuando se dispuso a rasguear una recopilación de detalles que debía tratar. Anotó sus propios puntos característicos en la libreta cuadriculada:
Ojos oscuros y penetrantes, peca notable encima de la ceja izquierda, peca disimulada debajo la comisura derecha de los labios, pestañas gruesas, estatura mediana, camisa marrón, pantalón tejano, mocasines granates, cabello castaño, peinado revuelto.
Arrancó la página de la libreta y la dobló. Se la guardó en el bolsillo del pantalón e intentó visualizarla en su mente, recordando todo lo que debía tener en cuenta a la hora de metamorfosear a su próximo camarada.

Al llegar la hora de salida, la luz de mediodía irradiaba alegría sobre la superficie del patio del colegio. Los alumnos finalmente eran libres, desencadenados de las presiones de la química y las cifras de la aritmética.
Josep se acercó con su habitual paso apaciguado a Roger, quien se encontraba en un rincón de la plataforma de arena, apartado de los demás niños, jugando con unas canicas que resbalaban entre sus dedos.
-Hola- dijo Josep.
-Hola- balbuceó el crío, asustado por su repentina aparición.
-¿Quieres ser mi amigo?
-¿Qué es un amigo?
-Un amigo es alguien a quien te atas por voluntad propia, algo así como dos hermanos siameses, pero sin ser una aberración de la naturaleza.
-Parece divertido, ¡seámoslo!
Ambos sonrieron, aunque usted, amado lector, sabe bien quién lo hacía con la malicia propia de un chiflado.
Josep solía frecuentar la barbería a la que ese día iba a conducir a su amigo.
De camino a esta Roger le había preguntado repetidas veces a dónde le llevaba, pero él no le había ni confirmado que fueran en dirección a algún lugar.
Llegados al salón, Roger le advirtió de que no quería otro corte de pelo, que le gustaba el que lucía, y que su madre lo reñiría si veía que había pagado con sus pocas monedas ahorradas desde el tarde antaño un corte completo en una de las barberías más caras de la provincia.
-No te preocupes, yo te lo pago- le aseguró, puesto que cuando su madre se acostó la noche pasada él había robado de su monedero unos cuantos billetes de cinco mil pesetas.
Tomaron asiento y el tiempo fue transcurriendo. Mientras esperaban su turno iban comentando anécdotas y hazañas vividas, fortaleciendo su amistad y convirtiéndola en inquebrantable, con la lentitud del tiempo que desprende los polvos de lo pétreo y duradero sobre quienes lo saben venerar.
-Bueno, chico, ¿qué vas a querer?- le dijo el barbero.
-Va a querer este peinado, amigo- se adelantó a decir Josep antes de que Roger mediase palabra, y le tendió una fotografía de un cándido niño que debía rozar los diez u once años, de cabello revoltoso, castaño con tonos sombríos y mechas desfiladas y descuidadas por los lados.
-Pero… este eres tú, ¿verdad?- distinguió el hacedor de peinados.
-Veo que es usted un gran observador, señor, espero que tenga la misma grandeza en su oficio- respondió Josep.
El hombre abrió los ojos como naranjas, visiblemente sorprendido por sus palabras, y hasta podría decirse que un poco molesto por estas. Tras meditarlo breves instantes le quitó importancia al asunto y se puso manos a la obra.
El resultado fue perfecto, idéntico al peinado de Josep, hasta parecían hermanos, pero no era suficiente, él necesitaba más, deseaba que su camarada fuese su mismo reflejo, solo en ese instante podría acabar con él y con la desgracia que lo atormentaba.
Las semanas caminaban, era indudable, y ellos avanzaban con ellas, apurándolas hasta los extremos, sobretodo Josep, quien había hecho notables avances en su proyecto. Dos meses más tarde a la visita a la barbería había llevado a su amigo a una tienda de ropajes elegantes y de calidad, donde le había comprado una camisa marrón, unos pantalones tejanos y unos mocasines granates, curiosamente eran los mismos atuendos que él solía traer.
Roger se colmaba de gratitud, no sabía cómo agradecer a su amigo todo lo que había hecho por él. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que algo olía a chamuscado, pero la alegría que lo embargaba olvidó ese pormenor: tenía un amigo, ropa digna de hijos de familias acaudaladas, ¿qué más podía anhelar?

Cierto día, Josep, enredado en una de sus largas conversaciones con Roger, le sugirió que a partir de entonces se llamasen Josep mutuamente, que el nombre ‘Roger’ dejase de existir. El nuevo Josep aceptó, sin darle la debida relevancia a ello.
Esa misma tarde se habían citado en la mansión del Josep Original, para jugar y divertirse hasta que la noche irrumpiera en su mundo.
Josep le dio un beso en la mejilla a su madre.  Ella y su padre iban a pasar unos días en Gerona, y dejarían a su vástago solo en la vivienda, ya que no habían tenido tiempo de encontrar niñera.
-Pórtate bien. Recuerda que tienes la cena de hoy preparada en la encimera. Te quiero- se despidió la dama. A continuación subió al carruaje que la esperaba en la entrada, con su marido ya dentro, y lanzó una última mirada a su hijo.
Roger llegó puntualmente a las cinco de la tarde. Aquella era una tarde de real envergadura para Josep, era entonces cuando debía jugar sus cartas con la mayor profesionalidad y saber barajar los naipes de manera que obtuviera los de sumo valor, era esa tarde en la que iba a asesinar  a su doble, al Josep Postizo, y conseguir así el desasosiego interior que reclamaba ya a gritos.

Después de jugar diversas partidas de ajedrez optaron por ir a la alcoba de Josep, donde guardaba sus juguetes más preciados y valiosos, según decía.
Roger se sentó en una de las butacas de la habitación, inspeccionándola con la mirada, entretanto el anfitrión de la casa rebuscaba en sus cajones, fingiendo no encontrar los juguetes.  Sin embargo, él perfectamente sabía perfectamente que allí no estaban, en el lugar donde estaba buscando solo podía hallarse una daga de afilada punta y puño de plata. Al verla la cogió en un sutil vaivén, y se llevó la mano con la que la había tomado a la espalda.
-¿Sabías qué es lo más gracioso de la muerte, Josep? Es que siempre nos sorprende por la espalda- dijo Josep. A Roger le asustó el tono con el que pronunciaba su reflexión, pero no por ello detuvo su inspección. Encima del escritorio del chaval encontró un trozo de papel en el que había sido escrito con las letras de la furia y la ira: ‘Debo encontrar a mi reflejo y matarle’, entonces se evocó en su mente todo lo sucedido hasta entonces, y empezó a atar cabos en lo que realmente le olía a chamuscado.
Era bastante perspicaz, por lo que no le fue difícil deducir lo que iba a ocurrir, así que se adelantó a la jugada de su adversario y tomó un abrecartas que reposaba sobre el escritorio. Rápidamente se lo llevó al bolsillo.
-Josep, ¿qué te propones?- le dijo.
-¿Qué te propones tú, Josep?
-Solo lo que tú te propongas, Josep.
-¿Y cómo sabes lo que yo me propongo, Josep?
-¿Cómo sabes tú que sé lo que te propones en verdad, Josep?
-Dímelo tú, Josep.
-Te permito los honores, Josep.
Josep se giró, Josep se acercó, y en una milésima de segundo, Josep mató a Josep.






THE SHADOW, de STEVEN KENNY.

1 comentario:

  1. Aquí me huele a que te habías leído William Wilson de Poe poco antes de escribir esto. El final te ha quedado logrado.

    (Por si te interesase corregirlo, hay una parte en la que la palabra "perfectamente" se repite en la misma frase ^^)

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