(Relato ficticio) Coloquio en la calle Tallers



Bibiana ya volvía a aporrear el cacharro que tenía por despertador una vez más, sus pilas se habían gastado de nuevo y ella hacía tarde. Días antes había encontrado en el periódico una vacante de dependienta en una de las mercerías que confinaba el opulento centro barcelonés. Era esa la mañana de la entrevista para ingresar en el trabajo, y ya llevaba media hora de retraso. Veía esa como la oportunidad de salir del horrible negocio en el que se había metido ella sola, después de derrochar toda la herencia que le había dejado su padre en los casinos de la Ciudad Condal, días después de la muerte de este.
En cuando entró en el comercio vio reflejada en el rostro de la dueña de ese negocio la palabra ‘no’, ¿a qué debía haber sido consecuencia? ¿A su aspecto, tal vez? Era más que probable. Directamente pasaron al habitual interrogatorio, a sabiendas de que aquello no iba a terminar como su esperanza interior le indicaba.
-Lo siento, no cumple usted con el perfil de persona que buscamos.
-Adiós, cara escroto.- respondió Bibiana, andándose sin rodeos. Nunca había tenido pelos en la lengua, y menos cuando la rechazaban.
Se levantó de la silla en la cual había encasillado su enorme culo y salió de la estancia entre balbuceos ininteligibles que podrían ser traducidos como injurias y blasfemias de las peores.
De vuelta a su apartamento en la calle Valldonzella pasó por delante de una ferretería, y decidió comprar unas nuevas pilas con las pocas monedas que le quedaban. Las guardó en el bolsillo izquierdo del gabán en el que iba embutida, este había sido robado a uno de sus clientes mientras dormía. Al pasar por la calle Tallers compró una barra de pan en la panadería que daba comienzo a la calle, y antes de llegar al portal de su vivienda se lo repensó y volvió sobre sus pasos.
-¿De qué me sirve volver allí, a ese lugar mugriento y lleno de hedores, donde no haré más que pudrirme hasta llegada la noche?- reflexionó.
Decidió hacer unas horas laborales de más, y se posicionó en uno de los cruces de la calle Tallers, recogiendo sus faldas a la altura de las rodillas y silbando a los muchachos que pasaban delante de ella y se la quedaban mirando, embobados.
Parecía ser que ese día nada requería sus servicios, nadie ya se acercaba a su puesto ni siquiera para saludarla. Al caer el día, y el crepúsculo empezar a inundar la Rosa de Fuego con su naranja fantasmal, un anciano que podía ser calificado perfectamente como octogenario se le aproximó, resuelto y rotundo, a diferencia de su usual círculo de asiduos, que solían ser más discretos.
-¿Cuánto por hora?- preguntó con voz ronca el hombre.
-Dos duros, caballerito.
-Joder. Pues que sea en la tuya, en la mía está mi mujer.
-Vamos.
Al llegar al habitáculo de Bibiana echaron un par de polvos, en cuya efectividad había tomado papel unas pastillas  que según el cliente el chaval que se las vendió debía ser alquimista, puesto que eran pura magia.
-Págame y vete- dijo ella, al terminar el quinto coito.
Dejó sobre el vello de su pubis un billete arrugado y manoseado. Los ojos de Bibiana se iluminaron al verlo.
-Anda, dame un poco más de placer.- dijo él, mientras ella examinaba con cada yema de sus dedos el papel, creyéndolo falso.
Cuando los rayos de sol matinales empezaron a despuntar sobre el horizonte catalán Bibiana decidió poner un punto final en su jornada. La vagina le dolía y empezaba a creer que una sola penetración más podía hacerle vomitar hasta los pulmones.
-Venga, otro- dijo él.
-No, ya no puedo más.
-¿Qué clase de ramera eres tú? Parece que no te han programado bien, debes tener algún defecto de fábrica en el coño o algo así.
-¿Qué estás diciendo? Sal ya de mi piso, llevas toda la noche haciendo comentarios de lo más extraños, ¡soy humana, viejo chalado!
-¿Tú? ¿Una humana? No me hagas reír, rata de cloaca.
La joven lo abofeteó con énfasis e ira.
Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas, y se echó a llorar a moco tendido, desplomándose sobre el lecho donde habían fornicado antes.
Aunque Bibiana supiese calmar el ansia sexual de los hombres, nunca le habían enseñado a mitigar las inquietudes humanas ajenas, y en esa ocasión se le brindó un asunto que no sabía por donde coger.
-Debes irte.- dijo ella, tan concluyente como de costumbre.
-No, no es una buena idea.
-¿Por qué?
-Porque no me da la gana.
Entonces lo cogió por su melena canosa y lo arrastró hasta el umbral de la sala. Él, colmado de furia, se incorporó y la cogió por el cuello, asfixiándola. La empotró contra un armario, y su cabeza fue a dar justo en el clavo, en el afilado pomo de la puerta.
Un hilo de sangre se deslizó por su cuello, después por sus senos, y fue recorriendo su cuerpo. El anciano se encontraba miserablemente perplejo, ahora era él quien quería salir, pero Bibiana había cerrado a cal y canto al entrar y no recordaba dónde había guardado las llaves. Rebuscó en algunos cajones, sin resultado. Doquiera que estuviera el manojo de llaves de la muchacha, no era un lugar visible. Comprendió que la única solución era curar a la muchacha. Desgarró un trozo de sábanas y le envolvió la cabeza. Pese a ello, hacía ya  minutos que se hallaba inconsciente.
Cuando despertó Bibiana notó en la nuca el suave tacto de su almohada. Giró la cabeza y vio los bucles que modelaba su cabello extendidos sobre el lecho. Por el rabillo del ojo advirtió a su cliente contemplándola desde una esquina, agachado y con las manos recogiendo las piernas.
Bibiana sonrió, era el primer caballero que la golpeaba y no intentaba asesinarla en un siguiente acto.
-¿Cómo te llamas?- le preguntó ella.
-Jofre.
-No es un nombre bonito.
-Es el que me ha tocado.
-¿Tienes un cigarro?
Jofre no contestó, quedó absorbido mirando los senos de la muchacha. Unos instantes más tarde, tímidas lágrimas asomaron por sus ojos.
En un atisbo de consuelo le preguntó qué le sucedía, a lo que él respondió con voz entrecortada  un «Un robot no podría entenderlo».
-¿Es necesario que te lo repita? ¡No soy un robot! ¡Soy una puñetera mujer!
-Tú no eres una mujer, tú eres un jodido autómata creado para follar.
-¿Quién te ha contado ese cuento chino?
-¡Todo el mundo lo sabe, desgraciada! ¡Esa es la función que se os ha ordenado a las putas: follar, follar y follar!
Bibiana adoró la idea de volver a abofetearle, pero no quería añadir aún más dramatismo a la situación, que per se ya lo era: puro y duro dramatismo que podría ser representado en cualquier teatro londinense en ruinas.
-¿Tienes un cigarro?- repitió Bibiana, pretendiendo olvidar lo que hasta entonces habían hablado.
-Recuerdo aún mi primera puta… terminó mal la desdichada…
-¿Qué dices? ¡Eh! ¡Te he preguntado si tienes un cigarro!
-Aún consigo recordar esa imagen horrible… tan horrible…- Jofre sacó del bolsillo derecho de sus pantalones chinos, que estaban tirados y arrugados por el suelo, un cigarrillo que se llevó a la boca, seguidamente introdujo la mano en el otro bolsillo y sacó una caja de cerillas, de la cual arrebató un fósforo delgado y desnudo, prosiguiendo con su relato- ¡Oh! El barrote con el que la atizó quedó marcado por su sangre para siempre, aunque su culo aún lo quedó más.
Mi anciano abuelo era un hombre soltero, a amparo de quien me dejaban mis padres cuando ellos se marchaban de viaje. No era una grata influencia ni para mí ni para mi inocente pensamiento de once añero, pero, ¿qué importaba? En aquellos tiempos no había dinero para contratar a una niñera.
Una tranquila tarde estival, jornada posterior a mi aniversario, él contrató una dama más de las que solía contratar ya, que solían rozar la decena. Él me había advertido de que reservaría mi regalo de cumpleaños para aquel día, y yo no me esperaba lo que me encontré. Cuando regresé a nuestro hogar, después de ir a jugar durante horas con los párvulos del barrio a tirarnos piedras, tropecé en mi habitación con una asiática, morena y sin bragas, tendida sobre la tarima, que aguardaba mi llegada. Ella se acercó a mí y me desabrochó los pantalones, dejándome en calzoncillos. Atónito yo, no sabía qué hacer, aunque tampoco quería hacer nada. Unos chavales del Somorrostro, lugar al que solía ir a jugar, me habían contado el significado de la palabra «sexo» meses antes, y fui lo suficientemente astuto como para deducir que acabaría conociendo la ejemplificación del jodido término esa misma tarde.
Fue instintivo, en cuando me arrancó los calzoncillos mi falo se volvió rígido como el hielo, como la piedra, como el mármol, como un cráneo.
A continuación, noté unos dedos acariciándolo y seguidamente sentí una lengua menearse por allí. Iba elevando la intensidad por cada segundo que se deslizaba hasta llegar a dolerme. En un momento dado de inmensa dolencia mordió mi miembro. Agudicé un aullido que  lo más seguro es que lo oyeran hasta en Lérida. La ramera empezó a carcajear como una maldita trastornada hasta que llegó el padre de mi padre, entonces enmudeció. Mi abuelo la arrastró por los pelos hasta un cuarto al que se me había prohibido entrar desde hacía tiempo.
Oí unos gritos, pero no me atreví a hacer preguntas cuando mi abuelo salió de la cámara llevando un barrote ensangrentado en la mano izquierda y un saco a cuestas.
El día que me despedí de mi abuelo unos coches policíacos habían rodeado la casa y a él lo habían esposado. «Recuerda, Jofre, las meretrices no son más que autómatas», fueron las últimas palabras que me dirigió.
Bibiana atendió al relato con espanto, de todas las atrocidades que había llegado a escuchar, esa se ganaba la palma. No supo explicarle al pobre viejo la verdad, lo más probable es que muriera no muchos años después, y no deseaba que se largara de este mundo recordando a su abuelo como a un gran embustero. 
Sin decir nada se levantó y se calzó un vestido de lentejuelas del que algunas se habían desprendido, cogió su gabán y abrió la puerta con una llave que había sacado del bolsillo de este. Al salir de la habitación un par de pilas cayeron al suelo del mismo bolsillo del gabán, y rodaron hasta las narices de Jofre.
-Oh, mentirosa la puta, pretendía hacerme creer que no era una autómata- se dijo para sus adentros el anciano, sonriente.





JOVEN DECADENTE, de RAMON CASAS

1 comentario:

  1. Deberías resubir este documento, la segunda página está caída.

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