(Poema) Retrato de mí mismo


Tras apagar la lámpara de lectura me planto
frente un espejo sincero, un poco ensuciado.
Mi cabeza sigue donde siempre, incendiada
por un fuego negro de pinceladas pronunciadas,

aunque esta vez parecen un poco más
alborotadas que de costumbre. Son como
llamas de carbón, todas ellas escampadas
por el efecto de la almohada en la que dormí.

Hacía tiempo que había comenzado a soñar
con el bendito día en que esas piezas alargadas,
como flagelos sin caperuzón, cobraran el color
gris y blanco de la madurez, de la alta edad.

Debajo de este espectáculo de tonos oscuros
mis ojos me guiñan a mí mismo, o tal vez
solo se estén entrecerrando por el cansancio
de una jornada estival de sol abrasador.

A sus lados, unas orejas se asoman, curioseando,
tan discretas como mi madre, la que cree
que por la calle uno se ha de pasear elegantemente,
sin llamar la atención, ¡qué grandísima mentira!

A propósito de la brevedad de la vida diré que
todos deberíamos ignorarnos de manera recíproca,
puesto que cada minuto desperdiciado en escuchar
las opiniones ajenas, son sesenta segundos que a las
puertas de los Cielos –o el vasto Infierno-
los arcángeles no querrán devolvernos.

Miro más abajo y me encuentro con
unos labios ligeramente dibujados,
sin el robusto grosor de los de las negras,
pero tampoco con la ligereza desquiciante
de los de algunos figurines franceses.

Y, para terminar con esta ojeada superficial,
repaso el contorno de mi cara, tan aún aniñada,
deseoso de que ya adopte la rectitud geométrica de
los dandis y los modelos, paseantes de desfiles de moda.

Con un espejo tan diminuto consigo
únicamente ver este sencillo detalle
al que los más antiguos llamarían rostro,
pero que yo bautizo como aberración, santísima aberración.