(Relato) Trilogía de Cuentos Macabros - Cuento Para Viudos Infieles


Mi esposo era un bondadoso hombre; asistía conmigo a la capilla del pueblo cada domingo por la mañana, me sonsacaba una sonrisa cuando más la necesitaba, me era fiel además de servil y también era conocido de muchos, pero amigo de pocos. ¡Quién iba a decir que mi fallecimiento lo tocaría de tal modo!
Desde lo más lindo del cielo yo lo contemplaba con ojo de halcón, examinando cada huella de sus pasos y cada ademán que gesticulaba.
Lo que pocas noches más tarde de mi funeral vi desde lo más alto me encolerizó de sobremanera.
Parecía ser que el hombre de ilustre reputación e inmenso corazón necesitaba aliviar tensiones acumuladas.
Con mirada de desbordante hostilidad contemplé cómo entraba por el pórtico enmohecido de un local en pésimo estado en cuya parte superior la palabra ‘Meublé’ rezaba. Luces fosforescentes rosas y tipografía retorcida incluida.
Tuve unas ganas, difícilmente refrenables, de soplar con todos mis esfuerzos hacia la tierra y que el tiempo se llevara todos los escombros que allí se hallaban hacia el horizonte.
Pero no, sabía que no podría abusar de un Poder Celestial. Así que permanecí errática, sin pestañear ni pensar en mover un solo dedo. Iba cociendo en mi mente la tortura ideal.
Tal vez esta supondría mi destierro del Hogar de las Buenas Almas, pero el pacífico y satisfecho estado en el que me encontraría era una tentación indomable.
 Cuando mi marido regresó a la casa que hasta hacía bien poco yo también habitaba se echó de inmediato en la cama en que tantos bonitos recuerdos compartíamos, y que ahora se esforzaba en despedazar.
Mandé a cinco polillas azulinas desde el cielo a la alcoba, susurrándoles su temible misión al oído.
Penetraron por la ventana y empezaron a deambular en círculos por la sala. Minutos después, se desprendieron de las alturas y cayeron en picado sobre el cuerpo desnudo, y sumido en un plácido sueño, de mi marido. Por si aún no lo habíais deducido, los pijamas y demás variantes de atavíos para descansar nunca le habían agradado, así que dormía tal y como vino al mundo.
Tardaron un rato en encontrar sus genitales, y, a continuación, se encargaron de que estos desaparecieran a base de pequeños mordiscos que daban.
A la mañana siguiente el potente canto del gallo del corral de su vecino interrumpió sus fantasías.
Se levantó y se preparó un copioso desayuno del que no tardó ni una milésima de segundo en dar cuenta.
Al sentir la llamada de la naturaleza se dirigió, con la lentitud habitual en sus pasos, hacia el único aseo de la casa. Al levantar la cubierta de plástica del retrete y bostezar repetidas veces antes de proceder intentó tomar con la mano derecha algo que ya no existía.
Bajó la mirada y el horror lo paralizó, privándolo de todos menos de articular un ensordecedor y molesto grito de terror.
Unas frenéticas risas se oyeron a la lejanía, cualquiera diría que provenían del cielo.



Relato perteneciente a la Trilogía de Cuentos Macabros publicado en la bitácora ‘Inquietudes Malditas’ en el mes de septiembre de dos mil doce, por Xavier Sirés.

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