lunes, 3 de septiembre de 2012

(Relato) Trilogía de Cuentos Macabros - Cuento Para Perturbar A La Aristocracia Aburrida


La noble estirpe a la cual pertenezco, o mejor dicho; pertenecía, acaba de abandonarme frente un maldito orfanato de mala muerte.
La encargada de hacer los honores fue mi benigna nodriza, quien parecía haber caído del cielo y me había despedido con lágrimas en los ojos y horror en el corazón. Ella fue la única que se atrevió a protestar cuando mi ‘madre’ anunció que debía desaparecer lo antes posible. Ni siquiera mi padre, el único del que mantenía la misma sangre, se atrevió a cuestionar la sentencia tan absoluta.
Las dos hijas gemelas de la familia, mis supuestas hermanas, me apodaron ‘la bastarda del diablo’, por las terribles condiciones en el que llegué a su casa y por el rojo de mi cabello, la mera herencia que me dejó mi verdadera madre, Mina, una joven ramera conocida por haber engendrado a la indeseada hija de uno de los hombres más poderosos de la Rosa de Fuego, y por haber aparecido muerta la mañana siguiente de dar a luz.
Dijeron que fue disparada por un demente cuando volvía de madrugada al mugriento hostal donde se alojaba. Nunca llegué a creerlo.
Cuando la puerta del orfanato se abrió yo contaba con un año de vida y numerosos intentos de acabar conmigo, a manos de sicarios de pacotilla, a mis espaldas.
Ese corto tiempo que había pasado con la gente de mi padre me había demostrado que allí estorbaba y que lo único que hacía era ensuciar la reputación familiar. Era la mancha imborrable del diamante.
Detrás de la puerta de madera barnizada apareció un aparentemente misericordioso cura que se llevó la mano a la frente al verme dentro de un cesto mientras balbuceaba algunas blasfemias al azar.
Cogió el cesto por las asas y me condujo al interior de la estancia. Era un orfanato muy acogedor, reinaba un silencio imperante así que deduje que los demás desdichados a esas horas debían estar durmiendo.
-No puedo hacerme cargo de ti, ricura.- me dijo fingiendo una sonrisa y tomando un pequeño frasco con una extraña sustancia ámbar en su interior. Lo ungió sobre un esparadrapo.
Yo contemplaba la escena expectante y con asombro, aunque lo disimulaba con los ojos entrecerrados.
Vi como dirigía el esparadrapo hacia mí, vi como lo colocaba sobre mi rostro y yo lo olisqueaba. Vi cómo el mundo se desvanecía a mi alrededor, y no vi nada más.
A la mañana siguiente el miserable eclesiástico preparó una hoguera en el patio del orfanato y dejó que mi cadáver se consumiera entre las llamas, desprendiendo un fétido hedor que supo amagar rociando las cenizas con amoníaco al terminar el ritual. Hacía todo con maestría, con mano experta, así que sospeché que no era la primera infanta que era pasto de las llamas en aquel macabro espectáculo.
Sonrío para mis adentros, si aún se puede considerar que existen estos; he logrado existir.



Relato perteneciente a la Trilogía de Cuentos Macabros. Publicado en la bitácora ‘Inquietudes Malditas’ en el mes de septiembre de dos mil doce, por Xavier Sirés.