(Anotaciones y Fósforos) Septiembre de dos mil doce



I

Belleza=Desgracia
Fealdad=Gloria

Jehová no desfigura un rostro sin
atribuirle, antes o después, un
buen puñado de suerte.

II

El adelgazamiento consiste
en el despellejamiento de un
abrigo de carne.
Es la desnudez del peso.
Y, por lo tanto, si ella
implica la desnudez, al deshacerse del abrigo,
también es aún más obscena que
la obesidad.

¡Indecentes escuálidos, horrorizaros!

III

Los humanos hallamos
voluptuosidad en los fuegos
artificiales, en los incendios
y en la luz de los candiles
porque sabemos que son
dolorosos al ser tocados, y al contemplar
su impotencia delante de nosotros,
la nulidad de los abusones
frente sus víctimas, allí, se encuentra
el verdadero placer.

IV

Veo desfilar damas con radiantes
vestidos que nunca yo me podría ataviar.
No por temor al escándalo, sino
por ineludible protocolo.

V

Religión: dandismo baudeleriano.
Dios monoteísta: Charles Baudelaire.
Ilustres profetas:
-S. Mallarmé
-A. Rimbaud
-P. Verlaine
-Villiers de L'Isle-Adam


Religión secundaria: ?
Dios monoteísta: Bukowsky
No tan ilustres profetas: ?

VI

La heterosexualidad es natural porque
un rompecabezas no se compone de
piezas idénticas.
La homosexualidad es natural porque
en el juego del emparejado se deben
cercar las dos láminas con mismo grabado,
no con distinto.
La bisexualidad es natural porque un
híbrido reúne cualidades de los elementos
de los que ha sido compuesto, y si
estos dos ostentan la naturalidad,
el término intermedio, a priori, también lo tiene
que poseer, ¡por pura evidencia!

VII

-Si cinco personas te odian, y a otras cinco personas les repugnas, algo estás haciendo mal.
-Si cinco personas te detestan, y cinco personas te adoran, estás yendo en la dirección correcta.
-Si cinco personas te aman, y cinco personas te elogian, algo estás haciendo verdaderamente mal.

VIII

El mayor drama de un escritor
del siglo XXI es escribir para
el lector del siglo XIX.

IX

Puedes nacer en la miseria y morir adinerado,
O bien nacer fausto y morir entre ratas y cucarachas.


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Anotaciones y fósforos es una recopilación de ideas, anotaciones, esbozos, meditaciones y pensamientos de publicación mensual en Inquietudes Malditas por Xavier Sirés.

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(Cuento breve) El doble talante

La biblioteca pública solía estar transitada los sábados de buena mañana, sobre todo en la sección de ordenadores, donde ejércitos invencibles de estos franqueaban una docena de hileras pobladas por teclados, auriculares y pantallas.
Un hombre que debía rozar la cincuentena de edad, con ojos de apagado color, cabello oscuro con brotes cenicientos y varias cicatrices por todo el rostro, se encontraba sentado frente a un ordenador cualquiera, observando fijamente la pantalla. En ella se dibujaban cuerpos desnudos desbordantemente voluptuosos formando insinuantes ademanes con sus curvas. Unos senos por aquí, un genital por allá, todo era público en ese escenario. 
El demente señor se mostraba complacido delante de esa procesión de imágenes explícitas conforme las iba descargando una a una en un dispositivo de almacenamiento. En cuanto terminó la ruda labor se levantó de su silla y se retiró. Más tarde, un estudiante ocupó su lugar.
La tarde del mismo día había surgido radiante, regocijante de ambiente primaveral, y aparentemente serena. En la biblioteca no había tanta gente como por la mañana, pero aún así la cantidad era considerable.
Ante uno de los ordenadores una chiquilla manejaba el teclado y el ratón con destreza, cercando por la red en busca de contenido multimedia infantil que piratear a su videoconsola. A su lado, un hombre que debía rozar la cincuentena de edad, con ojos de apagado color, cabello oscuro con brotes cenicientos y varias cicatrices por todo el rostro le decía –Date prisa, hijita mía, ya sabes que a las siete tienes clase de piano-. 

(Relato) Trilogía de Cuentos Macabros - Cuento Para Madres Infames


Safo descansaba su delicado cuerpo encima del sofá granate, en el salón. La noche anterior había dado a luz y ahora estaba más que exhausta.
La dulce chiquilla que había concebido era dotada de exuberante hermosura. Los cabellos que asomaban de su aún frágil cabeza eran de un cándido color y sus ojos inmensas lagunas verdosas.
Encima del regazo de Safo reposaba la minúscula niñita, sumida en un plácido sueño.
La criada, y ahora también nodriza, que había ayudado a Safo durante su embarazo y parto acababa de irse a su propio hogar, a alimentar a sus seis hijos a merced de un mísero sueldo.
Safo abrió los ojos pocos minutos después. Se encontraba famélica, entonces se percató en que ya hacía media jornada que no comía nada.
Metió el cuerpecito de la cría en su cuna y se dirigió a la cocina.
Al ver que no había nada de nada rememoró el instante en que la sirvienta le había advertido que habían agotado todos los víveres y que ya se encargaría al día siguiente de ir a comprar.
Decidió buscar alguna alternativa, y la halló.
Tomó la infanta entre sus brazos y acercando un afilado cuchillo de carnicero a esta la degolló. Luego la desmembró. Luego introdujo los pedazos en una sartén. Luego lo cocinó. Luego lo roció con varias esencias. Luego lo devoró.
A la mañana siguiente le contó lo sucedido a la sirvienta en cuanto llegó. Los ojos para aquel entonces ya desorbitados de esta le hicieron pensar en que algo había estado mal en su proceder.
Esta echó a correr y pocos segundos después un portazo se oyó.
Al cabo de un cuarto de hora seis policías hicieron acto de presencia en la estancia.
Safo no lloró cuando la detenían.
Al sentenciar frente al juez expuso que no creía haber hecho atrocidad alguna, que encontraba injusto que la fueran a enchironar por el mero hecho de querer solventar su hambre feroz. Nunca se arrepintió.



Relato perteneciente a la Trilogía de Cuentos Macabros publicado en la bitácora ‘Inquietudes Malditas’ en el mes de septiembre de dos mil doce, por Xavier Sirés. 


(Relato) Trilogía de Cuentos Macabros - Cuento Para Viudos Infieles


Mi esposo era un bondadoso hombre; asistía conmigo a la capilla del pueblo cada domingo por la mañana, me sonsacaba una sonrisa cuando más la necesitaba, me era fiel además de servil y también era conocido de muchos, pero amigo de pocos. ¡Quién iba a decir que mi fallecimiento lo tocaría de tal modo!
Desde lo más lindo del cielo yo lo contemplaba con ojo de halcón, examinando cada huella de sus pasos y cada ademán que gesticulaba.
Lo que pocas noches más tarde de mi funeral vi desde lo más alto me encolerizó de sobremanera.
Parecía ser que el hombre de ilustre reputación e inmenso corazón necesitaba aliviar tensiones acumuladas.
Con mirada de desbordante hostilidad contemplé cómo entraba por el pórtico enmohecido de un local en pésimo estado en cuya parte superior la palabra ‘Meublé’ rezaba. Luces fosforescentes rosas y tipografía retorcida incluida.
Tuve unas ganas, difícilmente refrenables, de soplar con todos mis esfuerzos hacia la tierra y que el tiempo se llevara todos los escombros que allí se hallaban hacia el horizonte.
Pero no, sabía que no podría abusar de un Poder Celestial. Así que permanecí errática, sin pestañear ni pensar en mover un solo dedo. Iba cociendo en mi mente la tortura ideal.
Tal vez esta supondría mi destierro del Hogar de las Buenas Almas, pero el pacífico y satisfecho estado en el que me encontraría era una tentación indomable.
 Cuando mi marido regresó a la casa que hasta hacía bien poco yo también habitaba se echó de inmediato en la cama en que tantos bonitos recuerdos compartíamos, y que ahora se esforzaba en despedazar.
Mandé a cinco polillas azulinas desde el cielo a la alcoba, susurrándoles su temible misión al oído.
Penetraron por la ventana y empezaron a deambular en círculos por la sala. Minutos después, se desprendieron de las alturas y cayeron en picado sobre el cuerpo desnudo, y sumido en un plácido sueño, de mi marido. Por si aún no lo habíais deducido, los pijamas y demás variantes de atavíos para descansar nunca le habían agradado, así que dormía tal y como vino al mundo.
Tardaron un rato en encontrar sus genitales, y, a continuación, se encargaron de que estos desaparecieran a base de pequeños mordiscos que daban.
A la mañana siguiente el potente canto del gallo del corral de su vecino interrumpió sus fantasías.
Se levantó y se preparó un copioso desayuno del que no tardó ni una milésima de segundo en dar cuenta.
Al sentir la llamada de la naturaleza se dirigió, con la lentitud habitual en sus pasos, hacia el único aseo de la casa. Al levantar la cubierta de plástica del retrete y bostezar repetidas veces antes de proceder intentó tomar con la mano derecha algo que ya no existía.
Bajó la mirada y el horror lo paralizó, privándolo de todos menos de articular un ensordecedor y molesto grito de terror.
Unas frenéticas risas se oyeron a la lejanía, cualquiera diría que provenían del cielo.



Relato perteneciente a la Trilogía de Cuentos Macabros publicado en la bitácora ‘Inquietudes Malditas’ en el mes de septiembre de dos mil doce, por Xavier Sirés.

(Relato) Trilogía de Cuentos Macabros - Cuento Para Perturbar A La Aristocracia Aburrida


La noble estirpe a la cual pertenezco, o mejor dicho; pertenecía, acaba de abandonarme frente un maldito orfanato de mala muerte.
La encargada de hacer los honores fue mi benigna nodriza, quien parecía haber caído del cielo y me había despedido con lágrimas en los ojos y horror en el corazón. Ella fue la única que se atrevió a protestar cuando mi ‘madre’ anunció que debía desaparecer lo antes posible. Ni siquiera mi padre, el único del que mantenía la misma sangre, se atrevió a cuestionar la sentencia tan absoluta.
Las dos hijas gemelas de la familia, mis supuestas hermanas, me apodaron ‘la bastarda del diablo’, por las terribles condiciones en el que llegué a su casa y por el rojo de mi cabello, la mera herencia que me dejó mi verdadera madre, Mina, una joven ramera conocida por haber engendrado a la indeseada hija de uno de los hombres más poderosos de la Rosa de Fuego, y por haber aparecido muerta la mañana siguiente de dar a luz.
Dijeron que fue disparada por un demente cuando volvía de madrugada al mugriento hostal donde se alojaba. Nunca llegué a creerlo.
Cuando la puerta del orfanato se abrió yo contaba con un año de vida y numerosos intentos de acabar conmigo, a manos de sicarios de pacotilla, a mis espaldas.
Ese corto tiempo que había pasado con la gente de mi padre me había demostrado que allí estorbaba y que lo único que hacía era ensuciar la reputación familiar. Era la mancha imborrable del diamante.
Detrás de la puerta de madera barnizada apareció un aparentemente misericordioso cura que se llevó la mano a la frente al verme dentro de un cesto mientras balbuceaba algunas blasfemias al azar.
Cogió el cesto por las asas y me condujo al interior de la estancia. Era un orfanato muy acogedor, reinaba un silencio imperante así que deduje que los demás desdichados a esas horas debían estar durmiendo.
-No puedo hacerme cargo de ti, ricura.- me dijo fingiendo una sonrisa y tomando un pequeño frasco con una extraña sustancia ámbar en su interior. Lo ungió sobre un esparadrapo.
Yo contemplaba la escena expectante y con asombro, aunque lo disimulaba con los ojos entrecerrados.
Vi como dirigía el esparadrapo hacia mí, vi como lo colocaba sobre mi rostro y yo lo olisqueaba. Vi cómo el mundo se desvanecía a mi alrededor, y no vi nada más.
A la mañana siguiente el miserable eclesiástico preparó una hoguera en el patio del orfanato y dejó que mi cadáver se consumiera entre las llamas, desprendiendo un fétido hedor que supo amagar rociando las cenizas con amoníaco al terminar el ritual. Hacía todo con maestría, con mano experta, así que sospeché que no era la primera infanta que era pasto de las llamas en aquel macabro espectáculo.
Sonrío para mis adentros, si aún se puede considerar que existen estos; he logrado existir.



Relato perteneciente a la Trilogía de Cuentos Macabros. Publicado en la bitácora ‘Inquietudes Malditas’ en el mes de septiembre de dos mil doce, por Xavier Sirés.