Ellas tienen el poder

Cuando asumía alrededor de ocho años albergué una experiencia que sé a ciencia cierta que nunca lograré olvidar, y la cual estableció determinadas ideas en mi ser. 
El hecho acaeció una serena mañana de invierno, yo acompañaba a mi madre a comprar en el mercado del pueblo en el que resido como hacía cada sábado. La asistencia a susodicho lugar se manifestaba con monotonía y ordinariez, siempre se desempeñaba el mismo ritual; primero ir a la pescadería, luego a la carnicería, y más tarde al puesto de la amable muchacha veinteañera quien vendía las mejores manzanas jamás catadas por mi exigente paladar. Al salir del recinto mi madre me avisó de que ella tenía que marcharse a trabajar, y que me encargara de llevar las bolsas con las obtenciones a nuestra morada. La despedí con un dulce beso en la mejilla. Iba ascendiendo apresuradamente por un angosto callejón desierto cuando divisé una mujer enfundada en un vestido rojo que se asomaba por la parte superior de la calle. Era una mujer que debía rondar los treinta años, con los labios pintarrajeados de mala manera con un rojo pasión y los ojos más enrojecidos que jamás he visto. Empezó a descender en dirección a mí. Cuando más o menos estábamos a la misma altura se interpuso en mi camino. Se descordó la parte trasera de su traje y dejó al descubierto unos senos con pezones desbordantemente irritados, entonces sentenció -Ellas tienen el poder, idiota.-. Eché a correr calle abajo. Desde entonces he sabido que ellas asumían el poder.