Infrahedores

Durante ese extenso intervalo de tiempo denominado invierno acostumbro a ser una persona de lo más propensa al resfriado, mejor dicho, prácticamente estoy resfriado durante toda esta estación, lo que me condiciona que mis fosas nasales queden opacadas por una opulencia de sustancias viscosas de origen biológico
y me veo obligado a respirar por la boca (esto me propina ser una persona muy enfermiza ya que toda bacteria tiene campo libre por mi garganta para infectar mi organismo). Total, parecía que hoy iba a ser el día en el que me librase de este jodido lastre por un tiempo. Salí de mi morada con una sonrisa de pómulo a pómulo, casi siniestra. Preparé mi nariz pocos segundos y a continuación dejé que las olores del mundo inundaran mi sistema olfativo. Cuál fue mi sorpresa cuando al intentar saborear esas exquisitas olores advertí en que no eran tan exquisitas, eran unas desdichas hedores a inmunda alcantarilla, a rata, a estiércol, a excremento, a algo jodidamente repulsivo. Seguí andando con la esperanza de que unos pasos más adelante ''eso'' cesara y que una fragancia de flores me asfixiara, pero no fue así, el hedor siguió hasta mi llegada al recinto hacia el cual me dirigía. Todo esto me recordó a esa primera escena de la película, y también novela (por cierto, muy buena), ''El Perfume'' en la que la fetidez de un sucio mercado parisino en la Edad Media perturbaba al recién nacido protagonista. Y mi pregunta es -¿A fecha de once de abril de 2012, es normal que las calles despidan un tufo asemejado al de un mercado de 1491?-. En fin, las cosas van mal.

(Reseña) Cuando lo cutre se vuelve objeto de culto

Podríamos poner decenas de ejemplos de películas, o novelas, o lo que sea, que a pesar de la austeridad de su imagen se han vuelto objeto de culto, gracias a la suerte, mayoritariamente. Sí, podríamos poner decenas de ejemplos, pero el ejemplo más palpable se ve en The Rocky Horror Picture Show, un film setentero sobre una pareja que tras pinchar una rueda con su coche se ven obligados a buscar cobijos, debido a las condiciones en las que se ven sumidas (es de noche, y llueve, lo típico), total, que encuentran refugio en un mugriento castillo en el que da la casualidad que viven unos travestís emigrados de un planeta de cuyo nombre no quiero acordarme. Y, sí, ya por esta breve introducción que os he dado (y en el caso de que os dignáis a verla, preámbulo), ya podéis empezar a padecer los síntomas de entrever lo despilfarrado de todo esto, pero parece ser que en los años setenta, una sociedad americana recién sumergida en el glam rock lo vio como algo más que como un mugriento film que dejar arrinconado en una estantería para toda la eternidad. Y es que, yo, señor Xavier Sirés, me declaro, igual que miles de demás personas, admirador incondicional de este jodido film, una prueba de cómo la locura se llega a contagiar. ¡Vedlo antes de que os arrepintáis de no haberlo hecho! ¡Vedlo!

(Reseña) La Gran Depresión. Contraste humorístico entre negativo y positivo.

¿Qué sucede cuando dos mujeres tan idénticas pero a la vez tan diferentes se unen? La Gran Depresión. Esta obra teatral, acontecida a manos de la gran Bibiana Fernández y la maja Loles León, me ha cautivado desde el primer momento, cuando Marta (Bibi) provoca un intento de suicidio tras su quinto desastre matrimonial y su incondicional amiga a la que había dejado de lado desde hacía ocho años, Manuela (Loles), sale a su rescate, hasta la última milésima de segundo. Una graciosa obra que, a pesar de no salir del típico marco de 'obra de humor', logra entretener al público. No es una obra diez, como podría ser el musical de Chicago, pero sí una de siete, que ya es mucho para una obra de este estilo.

Golpe de remo

Señores y señoras, la educación actual… cae. ¿El lastre que la empuja hacia el abismo? Lo poco estrictos que son los profesores actuales. No digo que en todo colegio pase, pero lo estuve comentando con unos conocidos y coincidimos todos en que algunos alumnos se exceden de… ‘chulillos’, y no es que estén los tiempos como para tomarse todo a cachondeo. ¿Son estos chicos que agreden verbalmente a los profesores los que tienes que sacar de la crisis el país? (Y, sí, muchos diréis –Eh, si tu mismo eres uno de estos niñatos- y yo diré –En efecto, solo que yo presento respeto hacia los profesores-.).  El otro día, en clase de inglés optativo, estábamos viendo ‘High School Musical’ (No sé cómo pude soportar una hora viendo esa basur… cosa) y salió la aula de castigados del tal instituto donde asistían los protagonistas. El profesor pulsó el ‘Pause’ y expuso –Esto es una clase de castigo americana. Muchas veces he propuesto que aquí lo hiciéramos, pero nunca llega a llevarse a cabo-, yo quedé fascinado por la idea, ¿porqué no? Todas esas personas que no se comportan no traen más que problemas, y harían mucho mejor fuera de clase. Mis conjeturas se demostraron a la mañana siguiente, concretamente en clase de catalán. El profesor nos estaba explicando los matices, y otros, de la poesía mientras los típicos chicos (y alguna chica) hablaban y reían a no más poder, hasta tal extremo de llegar a interrumpir la clase. El profesor, quien estaba escribiendo en la pizarra, se giró. Los miró. Dio un golpe a su mesa. Gritó. Ellos rieron. Y así durante media hora. Media dichosa hora. Yo, interesado por el tema de la poesía, quedé fastidiado y tuve que pedirle los apuntes a compañeros de otras clases, ya que el profesor se negó a proseguir con la clase. ¿Creéis que es justo? ¿Creéis que es justo que mientras algunos nos esforzamos en aprender y labrar un futuro haya otros que se empeñan en interrumpir el seguimiento de la clase? Solo logran hacer menguar el rendimiento escolar. Solo diré algo; lo estricto está infravalorado.